Una hija para el senador

Capítulo 4

Valentina


 

Despierto cuando el sol se filtra por el agujero que tiene mi cortina. La propuesta de aceptar el trabajo del senador Ramírez ha estado rondando por mi cabeza desde ayer. Hoy es el día donde comenzaré una nueva etapa.


 

Decido no demorarlo más y cojo mi teléfono. Marcando el número del senador, siento una mezcla de emoción y nervios. La llamada se establece, y mientras espero que conteste, repaso mentalmente lo que quiero expresar.


 

—Bueno, buenos días, senador. Soy Valentina. Espero no haberlo despertado.


 

—Buenos días, Valentina. No, no me has despertado. ¿Cómo estás? —suena tan cordial como siempre.


 

—Estoy bien, gracias. Quería informarle que he decidido aceptar la oportunidad de trabajar a su lado.


 

—Esa es una excelente noticia, Valentina. Estoy emocionado de tenerte en el equipo. ¿Cómo te sientes al respecto?


 

—Estoy emocionada y agradecida por esta oportunidad, senador. Sé que será un cambio significativo, pero estoy lista para enfrentarlo.


 

El día se presenta con una mezcla de emoción y anticipación mientras comienzo a prepararme para este nuevo capítulo en mi vida. El acuerdo de trabajar en la casa del senador Ramírez ha transformado mi rutina diaria, y hoy es el primer día en este camino desconocido.


 

Mientras me arreglo, no puedo evitar sentir una ligera ansiedad mezclada con emoción. La imagen de Sofía jugando a mi lado mientras selecciono mi atuendo para el día es reconfortante. Ambas nos arreglamos, listas para enfrentar esta nueva jornada.


 

Cuando salgo de casa con Sofía en brazos, mi sorpresa es palpable al ver el auto del senador estacionado afuera. La imponente presencia del vehículo contrasta con la modestia de nuestra vecindad.


 

Sofía, curiosa, señala hacia el auto, y le explico de manera simple que nos llevará a un nuevo lugar donde trabajaré. La seguridad de sus ojos me brinda fuerza para seguir adelante.


 

El conductor del senador, un hombre amable con una actitud conversadora, inicia una charla que acompaña nuestro trayecto hacia la casa del senador Ramírez.


 

—Buenos días, Valentina. ¿Cómo ha sido tu día hasta ahora?


 

—Buenos días. Ha sido un día diferente, lleno de cambios. Estoy un poco nerviosa, pero emocionada —admito.


 

—Entiendo. Cambios siempre generan ese cóctel de emociones. ¿Cómo te sientes acerca de empezar a trabajar en la casa del senador?


 

—Es un paso grande, pero estoy lista para enfrentarlo. Quiero brindar lo mejor de mí en esta oportunidad.


 

A medida que avanzamos, la conversación se torna una mezcla de detalles personales y comentarios sobre el día. El conductor comparte anécdotas sobre su trabajo, y yo le cuento un poco más sobre mi vida y mi hija Sofía.


 

—¿Cómo se llama tu hija?


 

—Se llama Sofía. Es mi razón de ser, mi pequeño motor para enfrentar cada día.


 

La limusina se desliza con gracia por la entrada majestuosa de la mansión del senador Ramírez. Cuando el vehículo se detiene, mi sorpresa se intensifica al ver al propio senador esperándonos en la puerta principal.


 

—¡Valentina, bienvenida! Estoy encantado de que hayas llegado —sonríe.


 

—Gracias, senador. No esperaba verlo aquí.


 

El conductor abre la puerta, y salgo de la limusina con Sofía en brazos. La imponente presencia de la mansión me deja sin aliento, y la calidez en la sonrisa del senador alivia cualquier nerviosismo que pueda haber sentido.


 

—Quería recibirte personalmente en tu primer día. Espero que te sientas cómoda aquí —dice de manera gentil.


 

—Es un gesto muy amable, senador. Estoy lista para comenzar.


 

El senador nos guía hacia la entrada, donde una bienvenida formal se convierte en la puerta de entrada hacia esta nueva etapa. La grandiosidad de la mansión contrasta con la sencillez de mi vida pasada, pero la determinación y la esperanza en mi corazón son más fuertes que nunca.


 

Sofía, curiosa, observa el entorno con ojos llenos de asombro mientras nos dirigimos hacia el interior. Mientras cruzamos el umbral, sé que este día marca el inicio de una colaboración que, aunque llena de desafíos, también promete oportunidades y crecimiento.


 

Sofía, con sus ojos curiosos, observa al senador mientras él se acerca. De repente, extiende sus pequeños brazos hacia él, una acción que me toma por sorpresa.


 

—¡Hola, Sofía! ¿Quieres venir conmigo?


 

Sin dudarlo, el senador carga a Sofía en sus brazos. La expresión de asombro en el rostro de mi hija se mezcla con la calidez en la mirada del senador.


 

—Es una niña hermosa, Valentina. Tiene tus ojos.


 

—Gracias, senador. Sofía, parece que te has hecho un nuevo amigo —digo con algo de pena.


 

—Estoy encantado de tenerlas aquí, Valentina. Sofía es una adición encantadora a esta casa.


 

El senador, con delicadeza, sugiere dejar a Sofía al cuidado de la niñera para poder dirigirnos a su oficina. La propuesta plantea un equilibrio entre las responsabilidades parentales y las tareas laborales.


 

—Valentina, para que puedas concentrarte en tus responsabilidades aquí, sería bueno dejar a Sofía con la niñera. ¿Te sientes cómoda con eso?


 

—Sí, entiendo. Si está bien cuidada, puedo dejarla al cuidado de la niñera mientras trabajamos.


 

El senador indica a uno de los empleados de la mansión, y pronto la niñera se acerca para recibir a Sofía con una sonrisa amable. Aunque me siento un poco aprehensiva al separarme de mi hija, confío en que estará en buenas manos.




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