Amortensia (en proceso)

Autor: Amy Attias / Añadido: 15.02.18, 16:24:28

Agua.

Densa y dulce. Sentía sus extremidades mecerse al vaivén de las ondas.

A través de sus parpados podía notar la débil luz del sol que lograba atravesar la cristalina superficie.

No sabía con exactitud donde se encontraba, se negaba a abrir los ojos. Pero el sabor le decía de no se hallaba en el mar. No era salado, ni amargo, que te provocaba escupir. Tampoco en un río, ni arroyo, puesto que no sabía a tierra. Mucho menos a una piscina con su cloro.

Era como si alguien hubiera llenado un vaso mitad agua, mitad azúcar, y la hubiera arrojado en su interior.

Podía sentir como su propio peso iba jalándola hacia abajo, lentamente, al ritmo de su respiración. Con cada exhalación se hundía un poco más.

Podría nadar hasta la superficie tranquilamente, sacar la cabeza y respirar aire fresco. Podría. Pero no lo hacía.

Sus pulmones no se llenaban de agua. Había aire allá abajo. Aire que olía a musgo, a flores podridas, a algas… a demasiadas cosas; pero al menos era respirable. No sentía la necesidad de salir.

Sentía una serenidad indescriptible mientras su cuerpo seguía cayendo.

Sentía como con cada exhalación sus preocupaciones se iban, flotando hacia la superficie en pequeñas burbujas.

“¿Podría quedarme aquí para siempre?”

Una voz en el fondo de su cabeza le decía que no.

¿Por qué?

La voz no tenía una respuesta para eso.

¿Por qué?

¿Por qué?

¿Por qué?

Sentía que gritaba pero su boca permanecía cerrada igual que sus ojos.

¿Por qué?

¿Por qué no?

“Despierta”

Dos cuencas negras como el carbón, abriéndose paso a través de los molestos rayos del sol que entraban por la ventana.

En aquel lugar se sentía como el final del invierno mezclándose con la primavera. Aquí era pleno verano.

“¿Aquí?”

Se encontraba en una habitación modesta, blanca, un armario, un escritorio, y una mesilla junto a la cama. La ventana era en realidad una puerta corredera que daba a un diminuto balcón.

Hacía calor.

La ropa de dormir, blanca y suave, se pegaba a su cuerpo por el sudor; igual que el platinado cabello se pegaba a su cuello y espalda.

Demasiado calor.

Se fue incorporando lentamente en la cama, desplazando o tirando fuera de esta, a los pequeños seres que le hacían compañía al dormir.

Atajo a una que estaba a punto de caer, la subió hasta su rostro y soplo ligeramente sobre ella. La pequeña criatura restregó su diminuta cara contra su mejilla, para posteriormente desaparecer en una llamarada azul. Dejándole la punta de los dedos ligeramente quemadas.

El resto de sus invitados huyo atravesando la puerta del balcón.

Observo la vacía habitación antes de desplomarse de nueva cuenta sobre la cama.

¿Cuánto más podría continuar así?

¿Por qué había tenido que tomar esa decisión?

“Ya no tiene caso lamentarse”.

Un par de golpes llamaron a la puerta en el momento en el que sus ojos volvían a cerrarse.

Se levanto con pesadez de la cama, y se dirigió a la puerta con una muda de ropa limpia materializándose en su mano.

Al abrir se encontró a una joven, tal vez menor que ella, al menos en apariencia. Largo cabello rubio, vestido negro y delantal blanco. Una de las sirvientas. Delailah.

Le sonrió cálidamente, realizando una pequeña reverencia.

Inclino la cabeza a modo de saludo. Se deslizo por un costado en dirección al oeste del caserón.

No necesitaba que Delailah le guiara hasta allá. No importa que tanto cambiara aquella edificación con cada estación. Había estado yendo durante años, tal vez durante décadas. Conocía cada patrón de cambio, cada pequeña anomalía quedaba registrada para ella.

Entro al baño con el vapor del agua de la tina golpeándole en el rostro. En el agua flotaban ya hierbas y raíces medicinales. Ya la habían preparado para ella.

Se despojo de la ropa de dormir frente al espejo, observando cómo su blanca y pálida piel, llena de cicatrices, magulladuras, cortes recientes aun sangrantes; se mostraba ante ella.

Surcos negros cubrían bajo sus ojos, su cabello se hallaba enmarañado y sucio, el caía en ligeras ondas por la espalda y hombros.

Todo resultado de apenas unas semanas de entrenamiento.

“He estado peor antes”.

Se sumergió en la cálida agua de la tina hasta los hombros, sintiendo como la energía de las hierbas poco a poco cerraba y borraba sus heridas.

Cerró los ojos intentando relajarse.

Recordando aquella agua de su sueño.

Borrando de su conciencia por un segundo, donde se encontraba.

¿Hasta cuándo podría seguir así?

“Ya no tiene caso lamentarse”.

La casa volvía a inundarse de pequeños seres cuando salió del baño. Algunos se pegaban a su falda, a su suéter, o intentaban trepar por sus botas y medias.

Le sacaban una pequeña sonrisa.

Con el paso de los años les había cogido un extraño cariño a todos aquellos que se acercaban a ella. Al menos la acompañaban, la hacían menos miserable tal vez.

Clarice, la otra sirvienta de la casa, le recibió con una sonrisa cuando entro en el comedor. La mesa ya se hallaba puesta, y la comida caliente inundaba la estancia de un magnifico olor.

Cazuela de patatas al horno, guarniciones de tomates y hierbas, carne cocinada en jugo de naranjas, omelets y tartas de pan.

Adoraba que tras años de convivencia, las sirvientas ya conocieran su necesidad de comer exageradamente en el desayuno. Necesitaba energía para entrenar, y su cuerpo con el paso del tiempo le iba exigiendo más alimentación.

Delailah entro al comedor con una nota, y se la dejo a su lado una vez se hubiera sentado.

Era parte de su maestro.

Practica cancelada. Llegaré para la cena.

Dejo la nota en el mismo lugar donde la habían colocado.

Ingirió el primer y amargo trago de café de aquella mañana mientras sentía la energía flotando a su alrededor. Renovándola y aliviándola.

Sentía el relajar de sus músculos ante cada bocado de comida. El cómo se destensaba su cuerpo ante cada pequeño roce de sus “vecinos” con sus brazos y piernas.

Sentía su cuerpo reuniendo las energías que ya no gastaría aquel día, pero que su cuerpo rogaba y clamaba cada día al despertar.

Sus pequeños amigos llenaban sus pulmones de magia con cada inhalación.

La sensación de algo peludo y cálido se enredo alrededor de su brazo. Un hada, del largo de su antebrazo, enrollando en este su cola, similar a la de un zorro. Tenía orejas largas que le caían a cada lado de su cara, patas como de animal cubiertas de pelaje que llagaba hasta su pecho, piel ligeramente morena, ojos grandes y cafés, y pequeños colmillos que sobresalían con su sonrisa.

Un espíritu. Un familiar. Su familiar.

Dirigió uno de los pedazos de su comida recién cortada hacia la boca del pequeño. Icarus la acepto gustoso, soltando su brazo y dando giros en el aire mientras tragaba.

Sonrió ante la actitud de su espíritu.

- Kaya, Kaya, ¿podemos leer un cuento?

Icarus la observaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Asintió mientras ingería su último bocado de desayuno. Se levanto de la mesa mientras limpiaba sus labios y le hacía una inclinación hacia Clarice, quien le sonrió.

Ambos se dirigieron al estudio esquivando a los pequeños que se cruzaban en su camino.

El estudio era la habitación más grande de la casa. Viejo. Repleto de bibliotecas, libros amontonados hasta en el suelo, y lámparas que se encendían al flotar Icarus sobre ellas.

Ella se recostó en uno de los viejos sillones que se hallaban a la esquina de la habitación, con visita hacia la ventana, mientras esperaba pacientemente a que su familiar escogiera el cuento a leer.

Parecía meditarlo detenidamente ante cada de la estantería, descartando aquellos libros cuyo lomo fuera de un color que no le gustaba, o cuyo título no entendiera. Cual niño eligiendo un juguete. A la final escogió uno de tapa vieja, cuero teñido en purpura, con un titulo gastado.

“El conejo de la luna”.

Kaya empezó a leer mientras Icarus se posaba en la coronilla de sus cabellos.

Leyó uno, dos, tres y cinco libros. Se saltaron la hora del almuerzo. Afuera el cielo se oscurecía, y dentro de la habitación la luz de las lámparas se hacía más intensa.

La hora de la cena se acercaba, y su maestro aun no llegaba.

En el comedor una cantidad de comida mayor que el desayuno, aguardaba caliente e humeante.

Todo transcurrió entre los verdaderos cuatro ocupantes de la casa, sin señal del dueño de aquella casa.

Cuando termino se dirigió a la sala de estar, donde Delailah hacía crepitar el fuego, y Clarice se instalaban en uno de los sofás a coser.

Kaya e Icarus se sentaron cerca del fuego.

Observando cómo las llamas consumían lentamente los trozos de madera. No supo cuanto tiempo estuvieron así.

Fue consciente del sonido de la puerta principal al abrir, de los pasos dirigiéndose hasta aquel lugar de la casa, de Clarice y Delailah dejando sus actividades para realizar su acostumbrada reverencia, y de la mano que se posaba en sus cabellos para otorgarles una pequeña caricia, que le hizo despegar la vista del fuego, hacia el hombre que se hallaba junto a ella.

Alto, de tez ligeramente morena, ojos fríos y azules cómo dos cubos de hielo e inexpresivos, cabellos negros que empezaban a mostrarse blancos por la edad, barba perfectamente recortada y peinada. Y un traje tan oscuro e inmaculado como la noche.

Su maestro.

Eliab Arley.

- ¿Haz descansado debidamente?

Respondió con un leve asentimiento de cabeza. Icarus se escondía bajo su suéter.

Tras su maestro se hallaba otro hombre.

Casi tan alto como su maestro. De piel tan blanca como la de ella, cabello negro cortado pulcramente, rostro apuesto cubierto por una muy ligera barba, ojos grises como el acero, contextura media. Vestía un traje similar a Eliab, pero en lugar de la noche, parecía evocar el negro pelaje de un lobo.

Su pesada mirada se hallaba fija en la de ella.

Acero contra carbón.

- Este chico es Owain Griffin, nuestro nuevo compañero.

Sintió como su corazón le dio un repentino golpe en el pecho ante aquellas palabras.

El chico hizo una ligera reverencia hacia ella.

Podía sentir como una sonrisa se iba formando en su rostro. Se coloco de pie, con Icarus saliendo de su escondite. Tomo los extremos de su falda, y realizo una pequeña reverencia en respuesta.

Mientras su sonrisa iba haciéndose más grande.

- Mucho gusto.

Comentarios:

Todos los hilos de discusión: 2

soledad 15.02.2018, 18:53:07

Muy bueno

Юлия Риа 15.02.2018, 17:45:40

Hola! Me gustó el inicio. Sin embargo las letras son chiquitas y es incómodo para leer. Capaz sería mejor empezar a publicar el texto en el modo "novelas". Te parece? Allí puedes agregar nuevas partes y/o editar las que ya has publicado. Es bien útil. Mucha suerte e inspiración!

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