La Muda

Autor: Amaru Castela / Añadido: 16.02.18, 06:39:45

 

La luna burbujea en el pavimento, hierve en los muros y paredes. De golpe un viento frió aclara el paisaje, la casa vieja en medio de edificios nuevos. Es mi casa.
Por fin llego, atravieso el inmenso portón negro, el pequeño patio reluce frente a mí, al subir la grada de la estancia, por el filo de mi ojo, cruza una sombra. Meto presuroso las llaves y busco mi departamento.

 

Varias noches después, las calles se volvieron lúgubres y tenebrosas, me parecía encontrar puertas ocultas y senderos misteriosos entre las sombras y vacíos de la oscuridad.

 

En mi propio cuarto se mantuvo la sensación de que alguien me vigilaba. Una vez, dentro del espejo de mi cómoda me precio ver la figura de una mujer que se escondía rápidamente.
Esta casa ha sido mi ruina, mi mujer se fue con mi tierna hija y estoy a punto de perder el trabajo. Como si ya fuera parte de este siniestro ambiente.

 

Volví muy tarde una noche y al cerrar la puerta de la estancia, la sombra de un hombre muy alto y corpulento, cruzo apresurado hacia  el garaje. Salí a ver de quien se trataba y volví a verlo curvar la esquina. Lo seguí pero la oscuridad, hacia atrás de la casa, era tan densa que me detuvo el miedo.

 

Un domingo desolado lo vi,  cruzamos frente a frente y lo reconocí, su rostro furioso y fruncido, Sejas espesas y blancas. Un viejo sombrero y abrigo oscuro. Pasó empujándome y se metió a una pequeña panadería. Yo entre cinco segundos tras de él; no estaba, no había nadie, hasta que una pequeña niña salía a atenderme:
- Buenos días, que le doy.
- ¿mija, donde esta el señor que entro antes que yo?
- aquí no hay nadie más que mi papá y yo.

 

Salio un joven panadero de la trastienda, extrañado por la conversación.

 

Llegue a casa desconcertado, sabia que ese hombre era la sombra de la otra noche. Mientras caminaba se oscurecía el día  tristemente.

 

Me dirigí directamente al garaje, las piedras eran inmensas, los cimientos. Tras el patio del garaje descendía una veredilla hacia el fondo, cubierta de un moho resbaloso que bajaba del inmenso muro que oscurecía todo; la temperatura se mostró en mi aliento; hacia mucho frío.
Llegue a la parte posterior de la casa, solo había una imagen religiosa con un pequeño foco verde en medio de la pared.

 

La oscuridad era intensa, ya debajo del foco; de la pared parecía salir una fría corriente de viento; ¡era una puerta¡ tan negra, tan oculta.
Me inclino para ver hacia adentro cuando una alargada cabeza avanza hacia mi, es una mujer joven; su desencajada boca se abre mientras estira su mano.

 

Los vacíos hoyos en sus ojos me miran, un mudo gemido me estremece mientras me tiro hacia atrás. Ella avanza hacia mí con pasos desarmados, como si sus piernas fueran palos mal amarrados. Por fin logro correr y me voy de allí.

 

Al siguiente día fui a sacar mis cosas para mudarme. Un anciano jardinero me miraba desde la vereda de en frente. Me senté en una grada junto a él y sin pedirle explicación me dijo:

 

“Esa era la casa del viejo Bonifaz, ahora es del ingeniero, pobre, ¿lo ha visto Usted?, esta tan seco, tan chupado. Tan neurótico por cuidar su casa, la mínima mancha le altera.
Originalmente, la casa era linda, llena de flores y niños, llena de alegría, luego llego Bonifaz, él la heredo.
Vivía solo, ya era un viejo cuando le trajeron una niña muda, enfermita.
Bonifaz la maltrataba y abusaba de ella, la mataba de hambre, pero la niña así creció.

 

Un día al viejo ambicioso le vinieron a ofrecer unos negocios, unas tierras en el Oriente; el sin pensarlo se fue y dejo a la chiquilla enserada en su cuarto, allá debajo de la casa, con víveres para dos semanas, aunque el viejo dijo que regresaría en una.
La muchacha se comió todo en menos de tres días.
Como la gente del negocio, lo que quería era aprovecharse de Bonifaz, le pusieron una mujer apenas llego, ella lo mantuvo entretenido y borracho por casi un mes. Cuando se dio cuenta y regreso ; después de mes y medio; ya era demasiado tarde.

 

La pequeña mudita había muerto, en las gradas que salen de su cuarto, gimiendo de hambre y con la mano extendida hacia la puerta, había muerto.
El viejo sello el cuarto para que nadie se enterase, pero los gemidos y lamentos en las noches no le dejaron en paz; una noche de luna lo encontraron en el garaje destrozado él cráneo. Se había dado golpes contra la pared hasta morir”.

 

El jardinero se levanta y se va, yo permanezco allí por más tiempo, lleno de pena, lleno de tristeza.

 

Volví a los dos días con la policía; al romper los muros hallaron los despojos, la mano extendida y un gemido en el rostro. Lo único malo es que cada vez que por allí pasa mi bus, veo al viejo Bonifaz, en la esquina de la Cueroy Caicedo con la Versalles. Furioso, maldiciéndome, con su sombrero oscuro y su abrigo viejo.

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