A través de mí

Prefacio

Soy un chico como cualquier otro, tengo apenas veintiún años, pero a veces me siento como si tuviera ochenta y fuera un viejo comatoso. Lo tengo todo, pero, aun así, sigo sintiéndome vacío. Llevo una vida vacía, llena de amigos vacíos y fiestas vacías. En mi vida todo es hueco. He intentado llenar esos huecos con miles de actividades que siguen pareciéndose a un pozo sin fondo. Sé tocar la guitarra a la perfección y he intentado miles de veces escribir una buena rola, ¿pero que podría salir de alguien que está prácticamente muerto? “Oda al vacío” la hubiese llamado de haber podido escribir tan solo diez líneas, pero en aquella hoja no había ni siquiera una palabra.

Me miro en el espejo antes de dirigirme hacia la Universidad, en donde estoy estudiando la carrera que mi padre eligió por mí. Hubiese deseado discutir, pero un muerto viviente solo sigue las corrientes. Dos años más y sería el abogado muerto viviente más prominente de la historia, igual que mi padre que vive consagrado a su trabajo, tanto, que a veces olvida que tiene un hijo.

Mi madre es italiana y nos abandonó muchos años atrás, seguramente se dio cuenta de que la coexistencia con dos muertos vivientes le estaba absorbiendo la vida y mejor pegó la media vuelta. No la culpo, mi padre siempre ha sido un hombre frío y distante. Pero yo, aún sigo extrañándole, ella era dulce y quizá si aún estuviera aquí yo sería diferente y no sentiría este vacío que me carcome vivo.

Me miro de nuevo en el espejo antes de salir y me encuentro con el reflejo de alguien que no conozco. Supongo que podríamos decir que soy el muerto viviente más atractivo de toda la historia de los muertos vivientes, tengo grandes ojos negros con espesas pestañas heredados de mi madre, una perfecta nariz italiana heredada del abuelo materno y boca carnosa heredada de la abuela paterna. Un rostro muy bonito, como decían mis amigas. Buena estatura y figura atlética, pero mis ojos están vacíos, mi nariz no aprecia ninguno de los buenos aromas y a mi boca todo le sabe igual. ¿Y para qué demonios me sirve el cuerpo atlético y la buena estatura? A mí todo me sigue pareciendo una bobada. Estoy harto de los estándares de belleza de este mundo, quizá porque, aunque esté rodeado de esta, nunca he sabido apreciarla.

Me decido al fin a poner un pie fuera de casa e inmediatamente la Nana Rosa corre a mi encuentro, pregunta si voy a irme de nuevo sin desayunar. Le regalo la más dulce de mis sonrisas, si es que puede llamársele sonrisa a esa mueca burda y acerco su cuerpo redondo al mío, la beso en la mejilla y le dejo saber que comeré algo en la cafetería de la Universidad, ella me mira enfadada y murmura algo acerca de la comida basura. Sigo con la estúpida mueca burda sobre mi cara, pero la Nana Rosa no se traga el cuento y se pierde de mi vista.

Antes de que me suba al auto, me entrega una bolsa de papel con algo dentro. La abro y me encuentro con un sándwich, una manzana y un botecito de yogurt.

—Pero Nana… Voy a parecer un estúpido andando por media facultad con mi bolsita de lunch.

—Ya pareces un estúpido de cualquier manera la mayoría de veces.

 

Sonrío de nuevo y abro la puerta del auto, la pongo sobre el asiento contiguo y le prometo que lo comeré. La Nana me mira alejarme complacida. Me prometo que al dia siguiente me levantaré más temprano para tomar el desayuno en casa, no quiero que el incidente de la bolsita vuelva a repetirse. Quizá un muerto viviente no debería preocuparse por tonterías como esa, pero aun así tengo una imagen que me gustaría conservar.

 

Mientras atravieso la ciudad a ciento veinte kilómetros por hora, me pregunto cuál es esa imagen, yo mismo la percibo un poco borrosa. Me repito que lo tengo todo, pero siempre tengo la sensación de que me olvido de algo.

 

Me bajo del auto con esa sensación de pesadez en las piernas y por pura curiosidad voy a la oficina de la Universidad y recojo un folleto de la carrera de Filosofía y Letras. Siempre quise ser escritor, pero mi padre piensa que esa carrera solo la estudian los vagos.

 

Tengo un examen de leyes a primera hora y apenas he estudiado nada, pero ya nada de eso me importa, estoy decidido a cambiar de carrera. Por supuesto sé que me faltara el valor para decírselo a mi padre, pero ¿qué puedo hacer? No quiero vivir para ser tan solo un muerto viviente. Estoy cansado de fingir ser quien no soy, quiero ser yo mismo, el problema es que no sé cómo hacerlo. Estoy tan acostumbrado a llevar esta máscara que no sé cómo deshacerme de ella.

 

Presento el examen solo por rutina, sé que no obtendré un buen resultado y lo cierto es que ya no me importa, esta misma tarde presentaré mi solicitud para el cambio de carrera y sé que es la mejor decisión que he tomado en años. No será fácil volver a comenzar, pero de alguna manera sé que voy a lograrlo.

 

Al terminar el examen, salgo por la puerta y me dirijo a la cafetería, pido un café bien cargado y me siento a comer mi sándwich. Al poco rato mis amigos se me unen y se burlan de mi lunch. Hago caso omiso y sigo comiendo, el sándwich me sabe a gloria.

 

—¿En verdad vas a presentar examen para Filosofía? —pregunta Sebastián sorprendido.

—Si, voy a hacerlo —respondo seguro.

—¿Vas a tirar tres años de leyes por la borda? —pregunta Axel sorprendido.

—Sin duda —le digo con la boca llena.

—Tu padre pondrá el grito en el cielo —asegura Sebastián al mismo tiempo que se lleva una pieza de pizza grasosa a la boca.

—No pienso decírselo. Al menos por el momento.

—Te vas a meter en un lío, hermano —dice Axel que tiene la boca llena de empanada, pero no le importa, ni siquiera ha hecho el intento de esconder el bocado.

—No puedo seguir pretendiendo ser lo que mi padre espera que sea.

—Un lío bien gordo —asegura, aún con la boca llena.

—Lo sé.

 Sin duda ambos tienen razón y comienzo a pensar en lo que me espera en casa. Sé que si mi madre estuviera aún conmigo me apoyaría. He pensado mil veces en ir a buscarla, pero me falta el valor.



Aletor

Editado: 30.05.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar