Allí mismo, en el recreo, Matteo, Luca y Dante se vieron entre ellos para luego ver a Alessandra directamente a los ojos. Asintiendo con la mirada, se dieron la mano en un pacto silencioso, una unión que se sentía más fuerte que cualquier contrato exclusivo, era confianza. Alessandra sintió que el nudo de su garganta se aflojaba un poco, al menos hasta que sonó el timbre de salida…
Cuando terminaron las clases de este mismo día, Alessandra cruzó el portón de la escuela y el aire de la tarde le pareció más pesado de lo normal. Y ahí estaba él.
Joon-ho estaba apoyado contra un árbol, a unos metros de la salida, solo, con las manos metidas en sus bolsillos y los hombros alzados, mirando hacia un sector de árboles… Haciendo tiempo. Cuando la vió salir, se despegó del tronco y caminó directamente hacia ella, ignorando las miradas curiosas de los demás alumnos.
—¿Te puedo acompañar a tu casa? —preguntó él. No era una orden, pero tampoco sonaba como un favor. Era algo intermedio, algo cargado de una tensión que Alessandra podía sentir vibrando en el suelo. Ella lo había entendido como una urgencia, pero un grupo de chicas que pasaba al costado, susurró y chillaron de “ternura” al oírlo decirle que quiere acompañarla… y alguna que otra chica también se puso celosa.
Luego de observarlo y buscarlo todo el día, Alessandra se había dado cuenta que aquél chico tímido que conocía con aparatos en los dientes y súper simpático, ya no existía vagando por el colegio, ahora el aura que él tenía era distinta. Joon-ho generaba suspiros de grupos enteros de amigas al verlo pasar, susurros que hablaban sobre su hermosa voz corrían por todo el colegio y muchas miradas de jóvenes enamoradas lo seguían. No parecía tener mucha relación con mujeres, Ales no lo vió interactuar con ninguna mujer a solas… solo con grupos de amigas que parecían desearlo todas. Por alguna razón ese aura de “inalcanzable” era lo que mantenía a todas las mujeres con la mirada puesta en su nuca.
Aquello le llamó bastante la atención, se había dado cuenta que en cierto aspecto, el chico dulce se había vuelto popular… pero nunca antes se había percatado de eso. Solo ahora, que tenía a un grupo de chicas susurrando a sus espaldas, sacando conclusiones del por qué quiere acompañarla a ELLA (quien no es nadie) a su casa.
Antes de que ella pudiera abrir la boca, Matteo se interpuso, poniéndose frente a Ales con los hombros tensos. —No te corresponde, flaco. No se va a volver sola con vos ni loco.— se planta decidido.
Joon-ho ni siquiera miró a Matteo. Sus ojos estaban fijos en Alessandra, esperando una respuesta, con esa profundidad oscura que parecía leerle el alma.
—Está bien, Lambar —dijo Ales, poniendo una mano en el brazo de su amigo para calmarlo—. De verdad. Está todo bien. Vayan ustedes, yo los alcanzo después.— los tres chicos asienten con la cabeza, lo vieron como una decisión fija y precisamente habían dicho que ellos iban a estar acompañando cualquier decisión que ella elija.
Matteo la miró con desconfianza, buscó la aprobación de Luca, que solo asintió con amargura, y así cedieron. Alessandra se quedó sola frente al heredero del imperio que amenazaba con destruir a su familia y el séquito de sus admiradoras clavándole la mirada en su nuca.
—Caminemos —dijo ella, empezando a moverse hacia la peatonal.
Joon-ho se puso a su lado, manteniendo una distancia prudencial pero lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir el calor de su presencia. El silencio entre los dos no era incómodo; era un silencio de guerra, uno que guardaba demasiadas palabras bajo la superficie, esperando el momento exacto para estallar. Uno que escondía un par de confesiones, que escondía información valiosa para el otro.
El camino desde la escuela hasta la calle peatonal nunca le había parecido tan largo a Alessandra. Viamonte se extendía ante ellos como un tablero de ajedrez donde cada paso pesaba. Joon-ho caminaba a su lado, manteniendo una distancia que era técnica y emocional a la vez, observando a la gente que los miraba, decidido a no hablar en ningún momento justamente por eso, las miradas sobre aquella conversación no le convenía para nada. No hablaban. El único sonido era el rítmico chocar de las suelas de sus zapatillas contra el asfalto y el murmullo lejano del viento entre los pinos.
Ales lo observaba de reojo. Joon-ho caminaba con las manos en los bolsillos de su pantalón de vestir, con la vista fija en un punto inexistente del horizonte. Su perfil, recortado contra el sol de la tarde, era de una perfección irritante. Ella esperaba que él rompiera el silencio con una amenaza o una advertencia, pero el silencio de Joon-ho era su arma más afilada.
—¿Era en serio que solo me querías acompañar a mi casa? —soltó Alessandra finalmente, cuando cruzaron la plaza principal. Vacilando un poco la situación ya que no había ninguna alerta de peligro. Joon-ho solo revoleó los ojos y suspiró, continuando caminando como si ella no hubiera dicho nada. — Ah...— Ales cae en cuenta que no lo entiende tanto como ella creía. — Entonces te ablandaste.—
En este momento Ales se estaba relajando más de la cuenta, empezó a ser ella misma, lo empezó a tratar como trata a Matteo cuando se enoja con ella o cuando ella quiere pelearlo a propósito. Con tranquilidad, con una sonrisa involuntaria y utilizando sarcasmo en sus palabras.
Joon-ho se gira para mirarla a los ojos, como si su mirada se hubiera clavado en la frente de ella, — Pensé que querías hablar de negocios conmigo pero...— sonríe con dulzura y empieza el sarcasmo. — No esperaba que seas un chico dulce que solo se preocupa por mi seguridad al llegar a mi casa un día tan común y corriente...— mira hacia el cielo. — como lo es hoy.— baja la mirada en un suspiro relajado.
Joon-ho mantiene un silencio horrible. Sin contestarle. Mirándola desde arriba hacia abajo, dejándola en ridículo. Ella borra su sonrisa del rostro. Él cree que ella realmente no se toma en serio las cosas, lo llena de odio la cantidad de problemas que su padre hizo que cargue en su espalda y ella lo vacila, allí parada enfrente de él, tan ligera de espalda y con una sonrisa extremadamente… dulce. Sus ojos se llenan de rabia, no logra hacerse amigo de la idea de que su contrincante tenga tan poco peso. Pero lo que no sabe es que justamente ella tiene poco peso porque… no le queda nada que perder.