Acordes de pasta y soju

La otra cara

El trayecto desde aquel callejón donde charló con Alessandra hasta la residencia de los Kang no era solo una cuestión de cuadras; era un viaje entre dos universos paralelos. A medida que Joon-ho se alejaba de la zona céntrica, el ruido de las persianas metálicas y el aroma a cocina familiar se desvanecía, reemplazado por muros altos cubiertos de hiedra y cámaras de seguridad que giraban con un siseo casi imperceptible al detectar su paso.

Joon-ho caminaba con las manos enterradas en los bolsillos, todavía sintiendo el rastro del calor de Alessandra cerca de su oído. Sus palabras —"Me gusta que esto sea entre los dos"— se repetían en su mente como una canción rayada. Estaba desconcertado. En su mundo, una amenaza de la Alianza Goryeo significaba sumisión, llanto o una mudanza apresurada a mitad de la noche. Pero ella se había reído. Se había plantado con ese descaro casi suicida y le había mostrado una cicatriz como si fuera una medalla de guerra.

Él siempre había creído que Alessandra era una niña malcriada, una caprichosa que jugaba a ser rebelde porque tenía una red de contención que la sostenía. Pensaba que era una desagradecida por exponer a su padre, un hombre que a simple vista parecía la definición de la bondad, a un peligro tan real. Pero ahora, mientras cruzaba el umbral de su propia casa, una duda corrosiva empezaba a instalarse en su pecho. Alessandra no buscaba el peligro por capricho; buscaba el peso de la responsabilidad para que su padre pudiera, por fin, soltarlo.

Era un concepto que a Joon-ho le resultaba dolorosamente ajeno. Se había sorprendido mucho, normalmente suele juzgar bastante a las personas y nunca se equivoca en eso, pero con Alessandra era distinto. Le parecía que Alessandra era una niña inmadura, al tener una familia tan cariñosa, dudaba muchísimo que sea una persona con problemas reales, pero ahora tiene demasiada curiosidad por ella porque en cierto aspecto, le demostró que no era lo que él esperaba.

Ahora un poco se lamenta, realmente esperaba que ella fuese una chica inmadura y torpe, así, acabarla iba a ser mucho más sencillo. Ahora debía ingeniar un plan para destruir a una persona que no sabe cómo se comportará.

Se detuvo frente a la pesada puerta de madera oscura de su casa. La propiedad era una pieza de arquitectura coreana moderna trasplantada al corazón de Argentina: líneas rectas, piedra gris y ventanales que no dejaban ver nada hacia adentro, pero que lo vigilaban todo hacia afuera. Al apoyar la palma en el sensor biométrico, la cerradura electrónica dio un clic metálico que resonó en el silencio de la calle.

El interior olía a cera de muebles cara y a ese vacío que solo el dinero puede comprar. No había fotos familiares en las paredes, solo arte abstracto y jarrones de cerámica que costaban más que el bar de los Grimaldi completo.

Desde el despacho principal, llegaron los gritos. Que ante la tranquilidad visual de la estructura vacía… resonaba demasiado.

Su padre, el señor Kang, hablaba en coreano. No era una conversación; era una ejecución verbal. Joon-ho reconoció el tono: era el mismo que usaba cuando un cargamento se retrasaba o cuando alguien desafiaba su autoridad en el pueblo. El idioma, áspero y rítmico, cortaba el aire del vestíbulo. Joon-ho cerró los ojos un segundo, deseando poder ser invisible, pero el hambre y la ansiedad lo empujaron hacia la cocina. Ese sentimiento de peso en sus piernas al llegar a su casa, era algo cotidiano, las cosas solían pesar menos cuando estaba afuera o en el bar tocando el piano.

La cocina era un laboratorio de acero inoxidable y mármol blanco. Todo estaba en su lugar, brillante, sin una sola mancha de vida. Joon-ho agarró una manzana de un frutero de cristal que parecía más una pieza de museo que un recipiente. Le dio un mordisco, sintiendo la acidez en la boca, y se dio la vuelta para encarar las escaleras hacia la seguridad de su cuarto.

—¿Caminando, Joon-ho?—

La voz de su padre lo interceptó como un latigazo. El señor Kang estaba de pie bajo el marco de la puerta del despacho, guardando su teléfono en el bolsillo del saco. Su traje no tenía ni una sola arruga, y su mirada era un escáner que buscaba cualquier falla en la postura de su hijo.

—Sí —respondió Joon-ho, manteniendo la voz lo más plana posible. Frenando su caminar para direccionar su cuerpo ante su padre y no hacer alusión a una posible falta de respeto.

—La moto no está en el garaje. Te vi salir hoy en ella. ¿Por qué volviste a pie? —preguntó el hombre, acercándose con pasos lentos y pesados. El control excesivo que ejercía sobre Joon-ho no era una sugerencia; era una asfixia diaria. Sabía a qué hora salía, por dónde caminaba y, probablemente, cuántas veces respiraba por minuto.

Joon-ho suspiró, dejando la manzana sobre la mesada. Nunca buscaba mentirle, solo esperaba que tal vez pueda ocultar cosas sin necesidad de dar explicaciones, pero nunca sucedió.

—Tuve que hablar con la chica Grimaldi, era necesario.— intentó sonar como si tuviera todo perfectamente controlado y calculado para el éxito. Su padre no aceptaba menos.

Las cejas del señor Kang se elevaron apenas un milímetro. Un gesto de desprecio contenido. —¿Hablar? Ya les di una advertencia. El siguiente paso no requiere palabras, Joon-ho. Requiere resultados.— Intenta dar lecciones siempre. Cada palabra que sale de su boca es una dirección, ni siquiera tiene un atisbo de recomendación, solo manda.

—Ya tengo todo organizado, padre —contestó con seguridad Joon-ho, dando un paso adelante. Sus manos le temblaban levemente, pero mantuvo la barbilla en alto—. Alessandra... ella cree que esto es un duelo entre nosotros. No creo que se lo esté tomando en serio y me voy a aprovechar de eso. Sé lo que tengo que hacer, me lo enseñaste vos. — Intenta acudir al orgullo de su padre. — Ahora solo queda que confíes en que yo puedo destruir a “Mangiamo” solo.— dice con la cabeza en alto. — Dejame demostrarte que puedo manejar el bar y los intereses de la Alianza sin necesidad de... tu preocupación.—



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En el texto hay: mafia, coreano, enemiestolovers

Editado: 09.05.2026

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