El sol de la tarde pegaba de lleno sobre el asfalto cuando Joon-ho llegó al lugar donde, el día anterior, había dejado su moto para acompañar a Alessandra. Ver el vehículo ahí, solo, le recordó la caminata del día previo y la extraña sensación de desprotección que le había quedado en el pecho. Mientras se acomodaba el casco y ajustaba los guantes de cuero, una sombra se proyectó sobre el tanque de combustible.
—¿Te enojaste conmigo, Joon-ho? —preguntó Yuna, apareciendo a su lado con esa elegancia perfecta que parecía nunca despeinarse.
Joon-ho suspiró, cerrando el broche del casco con un clic seco. —No, Yuna. No me enojé —respondió él, con la voz apagada por la visera.
—Bueno... porque nos vemos esta noche, ¿no? —insistió ella, buscando su mirada—. En el Neon-Seoul.— Pide una confirmación con algo de desesperación.
Joon-ho asintió. —Sí. Hoy te necesito temprano. Vienen unos hombres de negocios de Capital a cerrar un trato con mi padre. Necesitamos música de fondo que sea... impecable. Nada de errores.— informa el detalle del acuerdo del que antes ya había hablado con Yuna y sus padres, quienes dieron su aprobación.
Yuna sonrió, ensanchando su gesto con una satisfacción evidente. —Música de verdad, entonces. No te preocupes, no te voy a fallar.—
A pocos metros, Alessandra pasaba caminando con Matteo y Luca. Se detuvo un segundo, fingiendo que buscaba algo en su mochila para observar la escena. Vio a Joon-ho sobre la moto, imponente y distante, y a Yuna parada demasiado cerca de él. Entonces, algo rompió el protocolo de años: Yuna se inclinó y, por primera vez, le dio un beso en la mejilla a Joon-ho.
Fue un gesto corto, pero cargado de intención. Alessandra sintió un pinchazo de irritación que no supo clasificar, y Joon-ho se quedó rígido, descolocado por el descaro de Yuna frente a todos, algo que ella jamás haría. Pero no supo catalogar el por qué de ese cambio de comportamiento. Tal vez si será que su intento por tener una conversación más profunda con ella, hizo algún cambio... Sin decir una palabra, él se colocó el casco y bajó la visera, encendió el motor con un rugido y salió de ahí, dejando una estela de ruido pero un silencio incómodo entre las miradas de las chicas.
La noche en el Neon-Seoul era el cuadro perfecto de la sobriedad coreana. Joon-ho se había encargado de cada detalle; seteó los parlantes y realizó la prueba de sonido dos veces, obsesionado con que el blues no tuviera ni un solo acople. Cuando llegó Yuna, él soltó un suspiro de alivio. Ella estaba vestida con un conjunto elegante y conservador, en tonos oscuros que no gritaban, sino que susurraban clase y no tenía ningúna intención de llamar la atención. Era exactamente lo que el ambiente necesitaba.
Empezaron a tocar. Él en el piano, ella con su voz cristalina y técnica perfecta. En la mesa principal, el señor Kang hablaba con tres hombres de traje gris, tipos de la ciudad que manejaban presupuestos que Alessandra ni siquiera podía imaginar. El murmullo de los negocios se mezclaba con la música suave, creando una burbuja de control absoluto.
Finalmente, los hombres se dieron la mano con el señor Kang. El trato estaba cerrado. El padre de Joon-ho se puso de pie y, antes de retirarse, le dedicó a su hijo un breve asentimiento con la cabeza. Era lo más parecido a un "buen trabajo" que Joon-ho recibiría jamás.
Pero en cuanto el señor Kang cruzó la puerta y los hombres se quedaron disfrutando de sus whiskys en la barra, la burbuja estalló.
Un estruendo disruptivo, cargado de bajos que hicieron vibrar las botellas de la barra, rebotó contra los ventanales del Neon-Seoul. Joon-ho se frenó en seco a mitad de una nota. El sonido venía de afuera, de la calle, y era algo que nunca, en sus diecisiete años, había escuchado en el barrio.
Se paró desesperado del escenario y salió a la vereda, con Yuna siguiéndolo de cerca.
Frente a ellos, Alessandra estaba parada sobre la pickup de su padre, rodeada de parlantes gigantes, con Matteo y Luca con guitarras criollas. Sonaba "Dolce - Cazzu" a todo volumen. Ales estaba vestida con un vestido rojo al cuerpo, tenía el micrófono en la mano y bailaba con una seducción y diversión contagiosa, cantando con un descaro que atraía a la gente como polillas a la luz.
— Te creí... y yo no doy más de una oportunidad...— Comienza Ales a cantar el corrido mexicano con elegancia. — Ojala te dure eso de aparentar...—lo señala directamente a Joon-ho, quien la mira anonadado. —Mujeres bonitas. Ninguna real. — dice con malicia, observando directamente a Yuna con la cabeza de costado, como si tuviera lástima.
—¿Qué es esta falta de respeto? —chilló Yuna en su oído, escandalizada.
Pero los hombres de negocios, que ya tenían el alcohol aflojándoles las corbatas, no pensaban lo mismo. Salieron del Neon-Seoul atraídos por el ritmo, riendo y moviendo la cabeza al compás del corrido mexicano. En menos de un minuto, los clientes que Joon-ho tanto se había esforzado por retener cruzaron la calle para ver el espectáculo callejero de la "pibita del frente". —Yo también, Yo también sé cómo portarme mal...— continúa cantando Ales, haciendo que el resto la aliente y celebre.
Joon-ho se quedó helado, observando a Alessandra. Ella estaba radiante, sudando bajo las luces de la calle, dueña absoluta del caos que acababa de crear. Al verlo salir, Ales le clavó la mirada y le dedicó una estrofa con una sonrisa triunfal, como diciendo: "Bienvenido a mi terreno".— Me voy pero antes me voy a... vengar.—
Joon-ho sintió la sangre hervir. Ya no era solo una competencia; era un sabotaje público. Aquella frase que sintió como un tiro al cielo, lo hizo entender que ella no tenía nada que perder, que iba a darlo todo por ese enfrentamiento, que ya se había imaginado toda la situación de "irse" y de "perder" ante él, pero que iba a darlo todo para dejarle en claro que sabe muy bien cómo luchar por lo que quiere. Joon-ho sonrió y sacó su teléfono con calma, marcando un número que tenía grabado en la memoria.