Alessandra entró a su casa flotando. El sabor de la pasta de la Nonna todavía estaba en su paladar, pero era la sensación de la mano de Luca sobre la suya lo que le hacía cosquillas en el estómago. Basilio, que estaba terminando de cerrar las cuentas en la mesa del comedor, levantó la vista y la observó por encima de sus anteojos. Intercambió una mirada rápida con la mamá de Ales, quien se acercaba a él con un mate en la mano.
—¿Y esa cara, piccola? —preguntó Basilio con una voz cargada de una ternura burlona— ¿Hay algo que el viejo no sabe?— dice curioso.
Alessandra no respondió. Se quedó ahí parada, con la mirada perdida en algún punto de la pared, inevitablemente no podía parar de compararlos. Lo que Luca le hacía sentir era familiar, no era nada nuevo, lo que Joon-ho la hacía sentir era... distinto.
—Dejala, Basilio —rió su madre, dándole un empujoncito afectuoso a su marido—. Andá a dormir, hija, que mañana hay mucho que hacer.—
Ales asintió mecánicamente, les dio un beso rápido y subió a su cuarto. Se desplomó en la cama sin siquiera prender la luz, aún perdida en sus pensamientos. Luca la hacía sonreír, era como un abrazo cálido... Joon-ho la hacía sentir calor interior, era como un choque eléctrico.
El sábado, Ales se despertó temprano, impulsada por esa energía de quien tiene un plan entre manos. Se vistió rápido y fué al bar; necesitaba acomodar un par de cables y luces que habían quedado desprolijos después de sacar todo a la calle. Caminaba por la vereda, disfrutando del silencio matutino, hasta que al pasar frente a la salida gastronómica del Neon-Seoul, una voz áspera la obligó a fundirse contra la pared.
Era el señor Goryeo. Hablaba en un tono bajo, pero cargado de un veneno que atravesaba el aire.
—...deja de perder el tiempo en el piano, Joon-ho —decía el hombre, y Ales pudo imaginar su expresión de mármol. El señor Goryeo suspira al no obtener respuesta. — Igual despreocupate... Solo tengo que esperar a que todo esto se te caiga encima... Ahí si vendrás a pedir que te de una mano, verdad?— dice completamente ofendido, pero al seguir sin obtener respuesta, lo agarra del buzo negro y con fuerza lo empuja contra la pared. Ales se tapa la boca, sorprendida de que su propio padre sea violento con él. — Ni se te ocurra volver a decirme que no me meta. Yo hago y deshago cuando me da la gana. ¿Entendiste?— Le dice en tono de amenaza.
— Si. — contesta Joon-ho con la mirada baja.
— Ya llegará el día que seas útil. No te preocupes. — le dice, mientras lo suelta y le acomoda la ropa.
Alessandra contuvo el aliento, con el corazón martilleándole en los oídos. Esperó escuchar un grito de contestación, una defensa, algo. Pero Joon-ho no respondió. El silencio de él fue lo que más le dolió; era el silencio de alguien que ya se había acostumbrado a que le pisotearan los sueños. Ales apretó los dientes y continuó su camino hacia el bar, sintiendo una mezcla de lástima y una rabia que no sabía dónde guardar. Ella sabía que esa relación padre-hijo no era buena, pero no podía imaginarlo, su familia siempre fue tan buena y comprensiva con ella.
Entró a Mangiamo e intentó calmarse enfocándose en el trabajo. Se arrodilló detrás del escenario improvisado para revisar las conexiones, pero cuando tomó el manojo de cables, se quedó helada. No era un desgaste natural. Los cables de alimentación de los parlantes principales estaban cortados con una precisión quirúrgica, hechos pedazos con la malicia de quien sabe exactamente qué está rompiendo.
No se lo esperaba, en qué momento sucedió? Ayer pudieron tocar tranquilos, pero es verdad que con la emoción de cantarle a la Nonna, se olvidaron de guardar todo después y todo quedó conectado hasta que cerraron el bar... Cualquiera pudo cortar los cables, solo que ellos no se habían percatado de estar alertas.
Agarró las llaves del bar y salió disparada hacia la ferretería que estaba a un par de cuadras. Al cruzar el umbral hacia la calle, casi choca de frente con Joon-ho, que estaba apoyado contra la pared de su local, observándola con una sorpresa que intentó ocultar tras una máscara de sarcasmo. —¿Te quedaste a dormir ahí, Grimaldi? —preguntó él, con una ceja alzada—. ¿Tanto miedo tenés de que haga algo que no querés dejar el lugar solito?— comenta divertido.
A ella le sorprendió que él actúe con tanta naturalidad luego de lo que le pasó con le padre. Alessandra lo miró fijo, todavía con la imagen del señor Goryeo humillándolo fresca en la cabeza. Pero no iba a ser suave con él.
—No, pero... pasó algo curioso —dijo ella, balanceando las llaves en su mano. El plan de que una posible seducción haga que gire en foco de la guerra era a lo que ella apuntaba, esperaba distraerlo y que no desee aplicar métodos de su padre en eso. — Parece que aparecieron ratoncitos de cobre en mi local. Unos con dientes muy afilados que cortan cables en línea recta. ¿En tu bar también tienen de esos? Debe ser una plaga, no?— dice divertida.
Joon-ho entendió perfectamente la indirecta. —Ni idea —le contestó, cortante, antes de darse la vuelta y desaparecer en la penumbra del Neon-Seoul con una sonrisa de malicia entre los dientes.
Ales fue a la ferretería, compró los repuestos y volvió al trote. Al llegar, se encontró con Basilio abriendo las persianas metálicas. Su padre la saludó con una sonrisa genuina, sorprendido de verla madrugando con los cables nuevos bajo el brazo.
—¡Esa es mi hija! —exclamó Basilio, dándole un beso en la frente—. Vamos, ayudame con esto que hoy es sábado y va a venir bastante gente.—
Ambos pasaron la mañana acondicionando el lugar, probando las luces y limpiando cada rincón con una alegría que contrastaba con el frío del edificio de enfrente.
Cuando cayó la noche y las luces de Viamonte empezaron a encenderse, Alessandra salió a la vereda con un cartel de tiza que ella misma había decorado con colores vibrantes. Lo apoyó con fuerza sobre el adoquín, asegurándose de que fuera visible desde la entrada del Neon-Seoul.