Alessandra se despertó con la sensación de que un desfile de tambores mal afinados marchaba dentro de su cráneo. La luz que se filtraba por las persianas de su cuarto era una aguja fría que le perforaba los ojos. Se quedó inmóvil, mirando el techo, intentando reconstruir las piezas de la noche anterior. Recordaba el calor de la fogata, el sabor amargo de la cerveza, la mezcla en su estómago junto al vodka, el estruendo de la pelea entre los grupos... y el veneno en la mirada de Joon-ho besando a otra.
—Hijo de... —susurró, cerrando los ojos con fuerza al recordar a Joon-ho besando a esa chica frente a ella. Ese recuerdo sí estaba nítido, quemando como ácido.
Se levantó con esfuerzo, se lavó la cara con agua helada y bajó a desayunar. Sus padres la miraron con una mezcla de sospecha y diversión, pero Ales no tenía energía para fingir. Tomó un té amargo y salió hacia el colegio, caminando con la pesadez de quien lleva piedras en los bolsillos.
Al cruzar el portón de entrada al colegio, lo vio. Luca estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión que Ales no supo descifrar. Sus ojos la buscaron con una ansiedad contenida que la dejó en alerta.
—Hola, Ales —dijo él, interceptándola antes de que llegara al salón.
—Hola, Luca. Perdón por la cara, siento que me pasó un camión por encima —respondió ella, intentando sonreír.
Luca no se rió. La tomó suavemente del brazo y la guió hacia un rincón apartado del patio, lejos del bullicio de los otros estudiantes.
—¿Te acordás de algo de lo que pasó anoche? —preguntó él, con la voz baja y tensa. La curiosidad le ganaba a la intención de ser sutil.
Ales frunció el ceño, haciendo memoria entre la niebla mental.
—Me acuerdo de la pelea... de que los amigos de Joon-ho se plantaron con Matteo. Y me acuerdo de él... de Joon-ho besando a… una chica. ¿Pasó algo más?— preguntó algo ingenua y el rostro de Luca cambió drásticamente. Luca guardó silencio. Sus ojos recorrieron el rostro de Ales buscando una chispa de reconocimiento, pero solo encontró confusión genuina.
—¿Nada más? ¿No recordás... "algún" beso? —insistió Luca, con una esperanza que se desmoronaba en tiempo real.
—Te dije, el de Joon-ho —respondió ella, un poco irritada por la insistencia—. Fue un asco verlo. ¿Por qué me preguntás esto, Luca?— ella sigue sin entender su insistencia, algo en él no le cierra del todo.
Él se quedó mudo. La comprensión lo golpeó como un mazazo: ella lo había besado solo como una reacción visceral a Joon-ho, y para colmo, ni siquiera lo recordaba. El silencio de Luca fue pesado, definitivo.
—No, por nada. Solo quería saber qué tanto te afectó el alcohol —mintió él, dándose la vuelta—. Vamos a clase.— dió como indicación, pero su mirada ya no tenía el brillo de curiosidad, ni las ganas de seguir indagando en aquella noche.
Se sintió un poco usado. Sintió que perdió el tiempo, ilusionandose.
Durante el resto del día, Luca fue una sombra. Evitaba su mirada, respondía con monosílabos y, a la salida, desapareció rápidamente con la excusa de que "necesitaba pensar". Ales se quedó en la vereda, mirando cómo su amigo se alejaba, sintiendo que un hilo invisible se había tensado hasta casi cortarse.
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Para Luca, las últimas doce horas habían sido un torbellino de gloria y miseria. Mientras pedaleaba sin rumbo, su mente lo devolvía una y otra vez al resplandor de la fogata.
Recordaba el momento exacto. Ales se le había acercado de improvisto, con los ojos encendidos por una rabia que no era para él, pero que lo envolvió por completo. Antes de que pudiera reaccionar, ella le había empujado la botella de cerveza de la mano. El ruido del vidrio chocando contra el suelo todavía resonaba en su mente, y luego había besado.
No fue un beso tímido. Fue apasionado, desesperado, cargado de una urgencia que le erizó la piel desde la nuca hasta los talones. Luca no entendió el porqué, no entendió qué había disparado ese impulso, pero no le importó. Cerró los ojos y se dejó llevar, gozando de la suavidad de sus labios y del aroma a libertad que ella desprendía. Por unos segundos, el mundo desapareció. Solo estaban ellos dos bajo las estrellas de Viamonte.
Pero el hechizo se rompió rápido. Al separarse, notó cómo la mirada de Ales se desviaba hacia un costado, buscando a alguien en la oscuridad. Inmediatamente después, sus piernas cedieron y cayó de rodillas sobre el pasto, completamente sobrepasada por el alcohol.
Luca creyó que por culpa del alcohol ella se había animado a romper aquella tensión que venían teniendo entre los dos y darle aquel primer beso que hace poco le había confesado que nunca había dado.
—¡Ales! —exclamó él, levantándola con cuidado. Ella pesaba menos de lo que imaginaba, o quizás era la adrenalina lo que lo hacía sentirse fuerte. El beso que ella le regaló le devolvió una alegría que hace mucho no sentía. Un sentimiento precioso de sentirse… deseado. Un sentimiento de validez hacia todo aquel jugueteo previo que venían teniendo, hacia aquel coqueteo que hacía que su estómago de un vuelco.
Le dio un vaso de agua que alguien le pasó, pero ella ya no hablaba. Tenía la mirada perdida, las mejillas encendidas y lo único que repetía, como un mantra, era que quería irse a su casa. A Luca, le daba mucha ternura sus mejillas enrojecidas y su mirada perdida. Pero dudó de aquel primer beso, desde que ella no le pudo articular ninguna otra palabra, él dudó de que hubiera sido… honesto. Luca la cargó en el asiento de atrás de su bicicleta, sosteniéndola con un brazo mientras maniobraba con el otro, rogando al cielo que no se cayera.
Llegaron a la casa de los Grimaldi. Luca entró con un sigilo de ladrón, cargándola por las escaleras mientras evitaba cada tabla del piso que crujía. El corazón le latía tan fuerte que temía despertar a Basilio. Al dejarla sobre la cama, en la penumbra de su cuarto, ella lo tomó de la mano.