Ryder
El mensaje de Scarlett llevaba más de veinte minutos abierto en mi pantalla.
“¿Puedes entrenar hoy?”
Nada más.
Sin insultos.
Sin sarcasmo.
Sin uno de esos comentarios afilados que normalmente usaba conmigo.
Y eso era exactamente lo raro.
Porque Scarlett Vale no pedía compañía.
Mucho menos a mí.
El mensaje había llegado casi tres horas después de la exhibición en las canchas. Después de las fotos. Después de Luca.
Y después de que Scarlett comenzara a actuar diferente.
Había intentado disimularlo durante el resto de la tarde.
Pero la conocía lo suficiente para notar pequeños cambios.
La manera en que evitó mirarme demasiado tiempo.
Cómo respondió distraída durante el entrenamiento grupal.
El instante exacto en que dejó de discutir conmigo por cualquier estupidez.
Y, honestamente… prefería cuando quería golpearme.
Porque esto otro parecía peor.
Apoyé el teléfono sobre el asiento de la motocicleta mientras observaba el campus casi vacío. Las últimas luces del atardecer teñían de naranja los edificios de Blackwood, y el viento movía suavemente las banderas colocadas cerca de las canchas deportivas.
Scarlett no me había escrito porque quisiera entrenar.
Me había escrito porque necesitaba despejar la cabeza.
Y por alguna razón, había decidido hacerlo conmigo.
Solté aire antes de entrar al edificio deportivo.
El aire fresco de la noche desapareció apenas crucé las puertas del gimnasio. El lugar conservaba ese aroma característico de los entrenamientos largos: lona desgastada, vendas húmedas y madera pulida por años de práctica. Desde el fondo del pasillo llegaban golpes constantes contra los sacos de impacto, acompañados por el rechinar metálico de las cadenas.
Seguí el sonido hasta el gimnasio auxiliar.
Y ahí la encontré.
Sola.
Descalza sobre el tatami oscuro, con el uniforme blanco ligeramente desacomodado después de horas de entrenamiento. Varias hebras de cabello escapaban de su coleta alrededor del rostro mientras descargaba golpes contra el saco con una intensidad que hacía vibrar las cadenas suspendidas del techo.
Ni siquiera notó que entré.
Su puño impactó otra vez contra el saco.
Después una patada lateral.
Luego un giro rápido acompañado por otro golpe directo.
Rabia.
Eso era lo que estaba descargando ahí.
Me quité las zapatillas en la entrada antes de subir al tatami y me apoyé contra una de las columnas observándola unos segundos.
—Ese saco no hizo nada para merecer esto.
Scarlett se detuvo apenas.
Giró hacia mí respirando agitada.
Y aunque intentó mantener una expresión indiferente, noté el cansancio en sus ojos.
—Llegaste tarde.
Una sonrisa pequeña apareció en mi rostro.
—Tú me escribiste hace veinticinco minutos.
—Exactamente.
Solté una risa por la nariz antes de acercarme.
Ella tomó una botella de agua del suelo y bebió un poco, evitando mirarme directamente.
Ahí estaba otra vez.
Esa distancia rara.
Como si estuviera pensando demasiado cada palabra antes de decirla.
Tomé las vendas negras de mi bolso.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Mentira.
Scarlett cerró la botella con más fuerza de la necesaria.
—¿Por qué todos creen que pueden leerme tan fácil?
—Porque haces esa cosa rara con el ceño cuando te enfadas.
Scarlett levantó la vista de inmediato.
—¿Qué cosa rara?
Una sonrisa pequeña apareció en mi rostro.
—Aprietas la mandíbula y después frunces el ceño como si quisieras matar a alguien.
Scarlett frunció el ceño automáticamente apenas terminé de hablar.
—No hago eso.
—Lo estás haciendo ahora mismo.
Abrió la boca para discutir… pero terminó cerrándola otra vez.
Y eso solo empeoró mi risa.
Ella rodó los ojos antes de caminar hacia el centro del tatami.
—¿Vas a entrenar o solo viniste a fastidiarme?
Me quité la chaqueta del dojo y la dejé sobre una banca.
—Las dos cosas.
Scarlett levantó la guardia primero.
Sus movimientos eran rápidos.
Precisos.
Sin adornos innecesarios.
Ella nunca peleaba intentando verse impresionante.
Peleaba para ganar.
Ataqué primero con un kizami-zuki.
Scarlett esquivó hacia un lado y respondió con un golpe al torso.
Bloqueé justo a tiempo.
Retrocedí apenas.
—Sigues dejando abierto el costado izquierdo —comentó.
—Sigues hablando demasiado.
Ella lanzó una patada circular hacia mi cabeza.
La detuve con el antebrazo.
Scarlett aprovechó el impulso para girar y barrer mis piernas.
Casi terminé en el piso.
—Mierda —solté recuperando el equilibrio.
Por primera vez en toda la noche, sonrió de verdad.
Y maldición.
Eso me desconcentró más de lo que debería.
Seguimos moviéndonos alrededor del tatami.
Golpes.
Bloqueos.
Respiraciones agitadas.
El sonido de nuestros pies deslizándose sobre la superficie acolchada llenaba el gimnasio.
Entonces ella volvió a distraerse.
Lo noté porque bajó la guardia apenas un segundo.
Aproveché el momento y sujeté su muñeca antes de inmovilizarla contra mi pecho.
Scarlett soltó una exclamación molesta.
—Eso fue trampa.
—Eso fue karate.
Intentó soltarse, pero terminé sosteniendo ambas muñecas mientras ella me fulminaba con la mirada.
Estábamos demasiado cerca.
Otra vez.
Podía sentir su respiración golpeando mi cuello.
El aroma suave de su shampoo mezclado con el esfuerzo del entrenamiento.
Y sus ojos…
Maldición.
Nunca había notado cuántos tonos distintos de verde tenían hasta ahora.
Ella fue la primera en apartar la mirada.
—Sigues haciendo eso.
Fruncí el ceño.
—¿Hacer qué?