Ryder
El golpe hizo que el tipo se estrellara contra una de las mesas.
Las botellas vacías cayeron al piso entre gritos, vidrio roto y música demasiado fuerte. Las luces rojizas del bar clandestino parpadeaban sobre el humo suspendido en el aire mientras varias personas retrocedían para apartarse de la pelea.
Perfecto.
Otra noche de mierda.
El tipo intentó levantarse tambaleándose, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano.
—¿Eso es todo, Knight? —escupió con una sonrisa torcida.
Mala decisión.
La rabia me atravesó el pecho antes siquiera de pensar.
Me lancé hacia él y mi puño impactó directo contra su mandíbula. El dolor me recorrió los nudillos de inmediato, seco y punzante, pero apenas lo registré. El tipo volvió a caer contra varias sillas metálicas mientras alguien silbaba desde el fondo del local como si aquello fuera parte del espectáculo.
—¡Ryder, ya basta! —gruñó Mason sujetándome del brazo.
Me solté de un tirón.
—Se lo buscó.
—Sí, y tú estás actuando como un maldito animal.
Respiraba rápido.
La adrenalina seguía ardiendo debajo de la piel.
El otro imbécil soltó una carcajada desde el suelo.
—Tu noviecita debería verte ahora, Knight.
Eso bastó.
Volví a avanzar hacia él, pero Mason se atravesó antes.
—Ni se te ocurra.
—Muévete.
—No.
Le sostuve la mirada con la mandíbula apretada.
Mason señaló mis manos.
—Mírate los nudillos, idiota.
Bajé apenas la vista.
La piel sobre los dedos estaba abierta y varias gotas de sangre caían lentamente hasta el suelo.
Genial.
Mason soltó aire cansado y pasó una mano por su cabello.
—Te juro que un día voy a dejar de sacarte de estos lugares.
Tomé mi chaqueta del respaldo de una silla sin responderle y caminé hacia la salida trasera del bar.
Necesitaba aire.
Necesitaba dejar de escuchar gente.
El frío de la madrugada golpeó directo contra mi cara apenas crucé la puerta metálica. La calle estaba húmeda por la lluvia reciente y las luces de neón se reflejaban sobre el pavimento oscuro. Varias motocicletas permanecían estacionadas junto al callejón y el sonido lejano de la ciudad apenas alcanzaba ese lugar.
Apoyé ambas manos contra la pared respirando hondo.
No sirvió de mucho.
La rabia seguía ahí, pesada e incómoda, como si algo me estuviera apretando el pecho desde dentro.
Escuché la puerta abrirse detrás de mí.
—Te ves horrible.
Giré inmediatamente.
Scarlett estaba parada bajo la luz amarilla del callejón con los brazos cruzados y expresión molesta. Llevaba una sudadera gris enorme que le cubría parte de las manos y el cabello recogido de cualquier manera, aunque varias hebras oscuras escapaban alrededor de su rostro por culpa del viento.
Parpadeé confundido.
—¿Qué haces aquí?
—Mason me llamó.
Perfecto.
Lo iba a matar.
Scarlett avanzó unos pasos observándome de arriba abajo.
Y ahí noté cómo cambiaba su expresión.
Primero molestia.
Después preocupación.
Sus ojos se detuvieron en mi boca.
En el golpe del pómulo.
En mis manos.
—Ryder… —murmuró más bajo.
Me aparté de la pared como si eso ayudara.
—Estoy bien.
Ella soltó una risa incrédula.
—Ajá. Se nota muchísimo.
Intentó acercarse más, pero retrocedí por reflejo.
Scarlett frunció el ceño al instante.
—¿En serio vas a actuar como si no tuvieras la cara rota, Ryder?
—No es para tanto.
—Tienes sangre en la camiseta.
Bajé la vista.
Cierto.
Una mancha oscura seguía extendida cerca del cuello.
—No es mía.
—Eso tampoco ayuda.
Mason apareció detrás de Scarlett unos segundos después.
—Bueno, como ya dejó de intentar destruir gente, me voy antes de convertirme en daño colateral.
Lo miré mal.
—Traidor.
—Sí, sí. Buenas noches.
Y desapareció sin esperar respuesta.
Scarlett volvió a enfocarse en mí apenas quedamos solos.
La música seguía retumbando amortiguada desde el interior del bar mientras el viento frío recorría el callejón.
Ella cruzó los brazos otra vez.
—¿Por qué me mentiste hoy?
Entrecerré los ojos.
—¿Qué?
—En la academia. Tus nudillos. El golpe en la cara. Dijiste que fue entrenamiento.
Ah.
Aparté la vista hacia la calle.
—Porque no tenía ganas de explicarlo.
—Entonces preferiste mentirme.
La forma en que dijo eso hizo que volviera a mirarla.
No sonaba furiosa.
Sonaba decepcionada.
Y eso me golpeó peor de lo que esperaba.
—Scarlett…
—No, en serio. ¿Qué esperabas? ¿Que creyera que alguien termina así practicando karate?
Solté una risa seca.
—No sería la primera vez.
Ella negó lentamente con la cabeza.
—Tú dices eso sobre todo. Sobre las peleas. Sobre terminar lastimado. Como si fuera normal salir sangrando de un bar.
Me pasé una mano por la mandíbula.
—Estoy acostumbrado.
Scarlett sostuvo mi mirada varios segundos.
—Ese es exactamente el problema.
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros.
Un auto pasó al final de la calle levantando agua del pavimento mojado.
Me apoyé otra vez contra la pared intentando ignorar el dolor de las manos.
—Un tipo empezó a hablar basura y ya.
—¿Y eso automáticamente significa que tienes que romperle la cara?
—A veces sí.
Scarlett abrió los ojos con incredulidad.
—Dios, eres imposible.
—Tú sigues aquí.
La frase salió antes de pensarla demasiado.
Ella se quedó quieta un segundo.
Sus dedos se tensaron alrededor de la correa de la mochila y sus ojos subieron lentamente hasta los míos.
Maldición.
Scarlett apartó la mirada primero.
—Ven acá.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?