Un hombre famoso dijo una vez: "nosotros creamos a nuestros propios demonios"...quién lo dijo?, eso que significa? no importa, yo lo dije, pero otra persona hace años había formulado esa frase la cual no eh podido entender su mismo significado.. tal vez la más adelante.. ok.. hay que comenzar desde el principio.
12 de octubre de 1936, una fecha memorable que me será difícil olvidar, estaba solo, en un bistro en el Sena, el tiramisú era delicioso y recién me había independizado en mi departamento, y... aunque mis amigos ya tenían esposas, yo nunca lo pensé como una buena idea, además, yo nunca compartiría mi tiramisú con nadie en la vida.
Mis certezas se desmoronaron cuando el mundo se detuvo en seco contra un hombro ajeno. El impacto me obligó a retroceder, pero antes de que pudiera protestar por mi postre, el aroma de su perfume —una mezcla de jazmín y lluvia— me llenó los pulmones. Al levantar la vista, me encontré con unos ojos que parecían conocer todos mis secretos.
—Disculpa, estás bien? estoy un poco apresurada —dijo ella, que al parecer era mesera.
—No te preocupes —alcancé a decir, pero ella ya se alejaba con prisas, perdiéndose tras las puertas batientes de la cocina.
Me agaché para recoger lo que el choque había reclamado: era su brazalete. La cadena de plata con su tono verde esmeralda, se había quebrado limpiamente, quedando inerte en mi mano. Me puse en pie de un salto, ignorando mi postre, y empujé las puertas dobles.
El caos de la cocina me recibió con un golpe de calor, vapor de agua y el repique de sartenes. Recorrí con la mirada cada rincón, buscando aquel delantal negro y el aroma a vainilla que me había embriagado un segundo antes. Pregunté a los cocineros, esquivé camareros con bandejas imposibles y salí de nuevo al salón, rodeando el restaurante con el corazón acelerado.
Pero la chica del brazalete roto se había esfumado, dejando solo el brillo de aquello que había perdido, en mi mano.
Regresé al bistró por mi desayuno con el corazón latiendo a un ritmo distinto. Ella estaba allí. Sentí un impulso de valor y me dije a mí mismo: «Aprovecharé ahora que no veo a esos gruñones cocineros por aquí».
—¿Por qué estás hablando solo? —preguntó ella de repente, apareciendo como un fantasma encantador.
Me puse rígido.
—S-solo pensaba en voz alta... —respondí con una punzada de vergüenza. No era consciente de que mis pensamientos tenían tanto volumen—. No sabía que se escuchaba.
Ella soltó una pequeña sonrisa que iluminó su rostro cansado por el turno.
—¿Vas a pedir algo, "hombre pensante"? —bromeó, cruzándose de brazos.
Era el momento. Saqué el objeto de mi bolsillo y lo puse sobre el mostrador.
—Escucha, creo que esto es tuyo.
Ella abrió mucho los ojos al ver la plata brillando bajo las luces del local.
—¡Vaya! Qué buen regalo —soltó con una risita discreta—, aunque ahora mismo no estoy buscando a nadie, si es lo que intentas.
—Esto se te cayó ayer cuando chocamos —le aclaré de inmediato, sintiendo mis mejillas arder—. ¿No lo recuerdas?
Ella tomó el brazalete y lo examinó, casi riéndose de su propia distracción.
—Es que recién lo compré y todavía no me acostumbro a llevarlo puesto. Soy un desastre, lo admito.
—Me alegra que lo hayas recuperado —le dije con sinceridad, bajando el tono de voz—. Al fin y al cabo, parece que te pertenece.
Ella se quedó mirándome un segundo más de lo necesario, con una curiosidad nueva en los ojos.
—¿Y con quién tengo el gusto de hablar?
—Soy Gabriel. Gabriel Moreau.
—Bueno, Gabriel, es un gusto. Me llamo Made...
Pero antes de que pudiera terminar, un grito ronco rompió el encanto. Un chef de aspecto severo y mirada de pocos amigos —quien después descubriría que no solo era el dueño, sino el padre de la chica— la llamó al orden desde la cocina.
Su nombre es Madeleine. Madeleine Beaumont. Y verla allí, bajo la mirada de su padre, me recordó a Shakespeare: «El amor de los jóvenes no está en el corazón, sino en los ojos». Y mis ojos, desde luego, no querían estar en ningún otro lugar.
Regresé al bistró unos días después, adelantando mi reloj para llegar antes de lo habitual. Entre mis balances como contador y mis trazos de diseñador gráfico a medio tiempo, mi mente siempre encontraba un hueco para volver a aquel lugar. Pedí un café negro, buscando algo amargo que equilibrara mis nervios, cuando ella se materializó junto a mi mesa.
—¡Hola, señor pensante! O debería decir... Gabriel, ¿verdad? —dijo con una chispa de complicidad—. Mira, quería pedirte disculpas por mi padre. Está muy tenso con las noticias de la guerra. Y como recompensa por el mal rato... ¡tará!
Puso frente a mi plato un pie de limón. Mi peor pesadilla.
—Tuve que probarlo yo misma para asegurarme de que fuera un regalo digno —añadió con una sonrisa radiante—. ¿Te gusta? Lo hice yo.
—Mmm... me encanta. Te ha quedado... increíble —mentí, sintiendo cómo el ácido me perforaba el paladar.
Detesto el limón. Considero el pie de limón una abominación, una mezcla psicópata de acidez y azúcar que nunca debió existir. Pero allí estaba yo, tragando cada bocado como un mártir del romance, sufriendo a cambio de verla sonreír.
—¡Me alegra tanto! —exclamó—. ¿Quieres otra porción para llevar?
—No, no, gracias. Con esta he tenido suficiente, de verdad —respondí rápido, quizás demasiado.
Su expresión cambió de pronto. El brillo en sus ojos se apagó, sustituido por una sombra de inquietud.
—Oye... ¿crees que esta guerra se volverá más peligrosa? —susurró—. Tengo miedo de que esto llegue a mayores.
—Espero que no —dije, tratando de sonar convincente aunque el nudo en mi estómago decía lo contrario—. Pero el simple hecho de estar en ella ya es preocupante. Debo irme, Madeleine, termino tarde en el trabajo.
—Está bien. ¡Adiós, Gabriel! Vuelve pronto.
Al terminar mi jornada, la ansiedad me llevó a casa de mis padres. Papá siempre hablaba de alistarse, de servir a su país, y quería arrastrarme con él a las trincheras. Al entrar, solo estaba mi madre. Al acercarme, noté una mancha amarillenta y violácea en su hombro.
—Mamá, ¿qué te pasó ahí? —pregunté, sintiendo que la sangre se me helaba.
—Me golpeé con algo, hijo, no es nada —respondió ella, desviando la mirada con una torpeza nerviosa.
—Fue él, ¿verdad? Fue mi padre.
—Hijo, no... él sería incapaz...
En ese instante, la puerta se abrió de golpe. Mi padre entró con el rostro encendido. Al verlo, una náusea física me recorrió el cuerpo; mi instinto me gritaba que algo estaba a punto de romperse.
—Hola, padre —dije, tratando de mantener la calma.
Él me barrió con una mirada cargada de desprecio.
—¿No deberías estar ya en el frente?.
—No lo obligues —intervino mi madre con voz trémula—. Si no quiere ir, no está obligado.
—¡No te metas, mujer! —gritó él, cruzándole la cara con una bofetada seca—. ¡No le digas nada! Él tiene que ir y servir a su país, ¡como el buen londinense que debe ser!
—¡Padre, por favor, no le pegues! —exclamé interponiéndome.
Sentí el impacto de su mano en mi propia mejilla antes de que pudiera terminar.
—¡Te debería dar vergüenza! —rugió—. No sirves para este país. ¡Vete de mi casa!
—Está bien —respondí, con un hilo de voz pero con los puños cerrados—. Me voy. Pero no vuelvas a ponerle una mano encima a mi madre. Te lo prohíbo.
Salí de allí con lo puesto, cargando una preocupación por ella que pesaba más que cualquier mochila y que, esa noche, me arrebató el sueño por completo.
Al día siguiente, el aire en el bistró se sentía pesado. Madeleine me confesó, con la mirada baja, que su padre también la presionaba para alistarse como mensajera en el ejército. Apenas pude concentrarme; mi mente estaba en casa de mi madre. Trabajé a contrarreloj y corrí hacia ella.
Al llegar, la ausencia de mi padre me recibió como un silencio inquietante. Mi madre, al verme, palideció.
—¡No deberías estar aquí! —exclamó con la voz rota por el miedo—. Tu padre enloquecerá si te encuentra.
Me dolió el alma. ¿Por qué las cosas tenían que ser así? ¿Por qué el hogar se sentía como una zona de guerra antes de que empezara la verdadera batalla? Sobre la mesa descansaba un sobre oficial: una carta de aceptación para el frente. Me quedé helado. Oficialmente, aún no estábamos al cien por ciento en guerra con los alemanes, pero aquel papel parecía un heraldo de la muerte, un adelanto de lo inevitable.
Mientras intentaba procesar el peso de mi destino, la puerta se abrió. Mi padre entró tambaleándose, envuelto en un hedor a alcohol que inundó la estancia. Me miró con ojos inyectados en sangre y una voz ronca que apenas era humana.
—Así que lo convenciste... —le siseó a mi madre—. Lo convenciste de no servir a su país. Las personas como ustedes son escoria... traidores.
De pronto, el tiempo se detuvo. Metió la mano en su chaqueta y sacó un arma. El cañón brilló bajo la luz mortecina de la cocina.
—Eres una mujer inservible —dijo, apuntándola—. Si no puedes impulsar a esta familia ni a la nación, entonces... ¡ya no me sirves!
En ese instante, algo en mi interior se rompió. La furia me encendió la sangre y, por primera vez en mi vida, descargué un golpe con todas mis fuerzas contra su rostro. Por un segundo olvidé que era mi padre; solo era un monstruo que amenazaba lo único que yo amaba.
Lo estampé contra la pared, le arrebaté el arma y se la puse contra el pecho. Mi ira me había cegado por completo.
—¡YA BASTA! —le grité, mientras él jadeaba—. ¡No te atrevas a tocarla! Si no puedes entender que su salud es lo primero, que ella es lo más importante de este mundo... entonces la única escoria aquí eres tú.
Le sostuve la mirada hasta que vi cómo su rabia se convertía en miedo.
—Iré a la guerra —sentencié con voz gélida—, pero me da lástima que no seas capaz de entender lo que realmente importa en la vida.
Mi padre, desarmado y humillado, no pudo hacer más que llorar. Se marchó de la casa sin decir una sola palabra.
La mañana de mi partida, el ambiente era distinto. Mi padre me observaba desde el umbral; su mirada ya no era de desprecio, sino de algo parecido al remordimiento. Mi madre me aseguró al oído que él estaba más calmado, que le había pedido perdón y que cuidaría de ella. No me alivió del todo, pero me dio la paz necesaria para dar el primer paso hacia el frente.
Antes de marcharme, corrí al bistró, pero el lugar se sentía vacío sin ella. Su padre, con una mirada más suave, me explicó que Madeleine se había torcido gravemente el tobillo y que, por ahora, el ejército tendría que esperar por su mensajera. Me dio su dirección y no perdí un segundo.
Cuando abrió la puerta de su apartamento, apoyada en unas muletas de madera, su sonrisa fue el único sol que vi ese día.
—¡Gabriel! Qué sorpresa, pasa. ¿Quieres un café? —preguntó con esa energía que desafiaba a su propia herida.
—¿Vas a hacer café con esas muletas? —reí, negando con la cabeza—. De verdad que cada día me sorprendes más. Déjame a mí, por favor. Esta vez yo te lo prepararé a ti.
—¿En serio, Gabriel? ¿Sabes usar «esa cosa»? —bromeó ella, señalando la cafetera.
—Oye, eso me ofende. Claro que sé hacer un buen café.
Cuando estuvo listo, se lo serví como si fuera el tesoro más preciado. Ella tomó un sorbo y abrió mucho los ojos.
—¡Vaya! Creo que te quedó mejor que el mío. Yo suelo esperar media hora a que hierva... ¿se hace así, no? —soltó una carcajada que me rompió el corazón, sabiendo lo que venía después.
—¿Media hora? Eso no me lo esperaba —sonreí, pero mi gesto se desvaneció rápido—. Madeleine... he venido porque tengo que decirte que me voy. Me voy a la guerra. Hoy mismo.
El silencio que siguió fue asfixiante. Sus ojos se empañaron al instante.
—¿En serio? —susurró.
—Sí... pero antes quiero decirte que eres la mejor persona que he conocido. Te valoro más de lo que puedo expresar. Hemos estado juntos este tiempo y... Madeleine, ¿tú querrías...?
—¡SÍ! —exclamó ella antes de que terminara, con las lágrimas rodando por sus mejillas.
—¿Qué? ¿Si quieres casar...?
—¡Sí! Acepto, Gabriel Moreau. Acepto casarme contigo.
—Pero, ¿cómo lo hacemos? Me voy en unas horas —dije, desesperado.
Madeleine miró a su alrededor y sus ojos se iluminaron. Tomó una vieja agenda de notas y, con una habilidad sorprendente, arrancó los aros metálicos de la encuadernación. Los moldeó con sus manos hasta que parecieron dos anillos rústicos, pero perfectos.
—Estos serán nuestros anillos. Y cuando vuelvas, nos casaremos de forma oficial.
Allí mismo, en la intimidad de su pequeño salón, nos juramos amor eterno. Fue nuestra ceremonia secreta, nuestra victoria contra el destino. Antes de cruzar la puerta, ella me tomó de la mano.
—Gabriel... prométeme una cosa. Si sobrevivimos a esto, quiero que tengamos un baile. Un baile de verdad.
—No te preocupes —le aseguré, besando su frente—. Tenemos un baile pendiente.
Me despedí de ella y de mis padres con el alma en un hilo. Al subir al transporte militar, rodeado de desconocidos con uniformes impecables y rostros aterrorizados, busqué un poco de humanidad. Intenté entablar conversación, hacer algún amigo que silenciara el ruido del miedo en mi cabeza. Estaba logrando conectar con un chico a mi lado cuando el mundo decidió estallar.
—¡MALDICIÓN, HAY UNA GRANADA EN EL VEHÍCULO! ¡SALGAN DE AQUÍ...!
No hubo tiempo para nada más. Un rugido ensordecedor lo borró todo. El metal crujió, el fuego lo inundó todo y la oscuridad me reclamó antes de que pudiera recordar el sabor del café de Madeleine.