Renata pasó el resto de la mañana tratando de verse ocupada mientras evitaba que alguien la reconociera como “la del café volador”.
No funcionó.
Cada vez que levantaba la mirada, alguien pasaba y murmuraba:
—Esa es.
—La del video.
—Pobre hombre.
—Pobre camisa.
Renata respiró profundo.
“Resiste”, se repetía. “Aguanta hasta mañana… si sobrevives al día”.
A la 1:00 p.m. su celular corporativo sonó con un mensaje que casi le causó un micro infarto.
G. Blake: Reunión. Oficina 12B. Ahora.
Renata sintió que se le congelaba la sangre.
Paula, desde la recepción, le chismeó:
—¿Ese es el nuevo inversionista?
—Sí —respondió Renata, casi sin voz.
—¿Y te está llamando a su oficina?
—Sí.
—¿Sola?
—Parece que sí.
Paula abrió los ojos. —Amiga… que Dios te acompañe.
Renata solo pudo asentir.
La oficina 12B era todo lo que Renata NO necesitaba: silenciosa, elegante, intimidante.
Gabriel Blake estaba de espaldas, mirando por la ventana, traje impecable, postura perfecta. Parecía una pintura cara.
—Pase —dijo sin volverse.
Renata tragó saliva y entró.
—Señor Blake… yo quería disculparme por lo de la mañ—
—No. —La interrumpió. —No estoy aquí por su disculpa.
Renata parpadeó. No sabía si eso era bueno o malo.
Gabriel se giró hacia ella con la calma de un hombre que no teme a nada… ni a nadie. Sus ojos eran fríos, analíticos, como si la estuviera desmenuzando psicológicamente.
—Quiero que sea mi asistente.
Renata se aclaró la garganta.
—Sí, la gerente me lo mencionó, pero… ¿por qué yo?
Gabriel entrelazó las manos sobre el escritorio.
—Porque usted es… —la observó un segundo más— …honesta.
Renata casi se atraganta con su propio aire.
—¿Honesta? Señor, yo le lancé un café.
—Precisamente —respondió él—. La mayoría de la gente me teme. Usted me atacó con una bebida caliente antes de decir buenos días. Me intriga.
Renata abrió la boca, luego la cerró. No sabía si sentirse insultada o halagada.
—Además —continuó él, sin emoción alguna—, necesito a alguien que no trate de impresionarme. Usted ya falló en eso rotundamente.
Renata lo miró, indignada.
—Eso no fue un intento de impresionarlo. Fue… torpeza pura.
—Exacto. —Gabriel sonrió, una sonrisa leve pero peligrosa—. Y la torpeza no se puede fingir. Confío más en los accidentes que en las personas.
Había algo inquietante en la lógica del hombre.
—Bien, señor Blake —dijo Renata con voz tensa—. ¿Cuáles serían mis responsabilidades?
Él la observó un segundo más, como si evaluara cada microexpresión.
—Organizar mi agenda. Manejar mis comunicaciones. Acompañarme a reuniones clave. Viajar conmigo cuando sea necesario.
Renata sintió un vacío en el estómago.
—¿Viajar?
—A menudo.
Renata respiró hondo.
—Señor Blake, no sé si soy la candidata ideal.
—No lo es —confirmó él sin pestañear—. Pero le di la orden a la gerente. Empieza mañana.
Renata frunció el ceño.
—¿Eso fue… un halago?
—No —respondió él con total naturalidad—. Fue un recordatorio.
Antes de que Renata pudiera contestar, él añadió:
—Y arregle su imagen pública. El video sigue creciendo. La gente ya está haciendo memes.
Renata se llevó una mano a la frente.
—¿Memes?
—Muchos.
Gabriel tomó su tablet, giró la pantalla hacia ella y Renata casi se desplomó:
Ella, congelada en el aire, café volando…
y el texto:
“Cuando dices que quieres un trabajo estable pero el universo dice: ¡JA!”
Renata quiso llorar. O renunciar. O incendiar Internet.
—Mañana a las 8:00 a.m. —dijo Gabriel—. No llegue tarde.
Renata salió de la oficina tambaleándose.
Un nuevo trabajo. Un jefe intimidante. Memes. Viajes.
¿Algo más?
Sí. Algo que apenas empezaba a sospechar:
Ese hombre no solo iba a complicarle la vida… iba a trastocarla por completo.