A la mañana siguiente, Renata llegó al hotel a las 7:45 a.m., decidida a demostrar que podía tener un día libre de caos.
Spoiler: no podía.
Apenas cruzó el lobby, Paula la detuvo con los ojos muy abiertos.
—¿Ya viste las noticias?
—No. ¿Qué pasó ahora? —preguntó Renata, con miedo genuino.
—El video.
—¿Otra vez?
—Renata… estás en el top 3 de tendencias nacionales.
Renata sintió que el alma se le escurría por los zapatos.
—¿Top qué?
—Tres. T-R-E-S. La gente te ama. O te odia. O ambas. Ya sabes cómo es Internet.
Renata se llevó una mano a la cara.
—No, no, no. Yo solo quiero trabajar, cobrar y no arruinar la economía del país con un café.
Pero ya no había tiempo para lamentarse.
El ascensor se abrió con un ding elegante y Renata entró. Piso 12. Oficina de Gabriel Blake.
Mientras subía, su mente repetía:
“No digas nada estúpido. No tropieces. No dañes nada. No digas nada estúpido. No trop—”
Las puertas se abrieron.
Gabriel estaba allí, revisando documentos, impecable, como si hubiera sido fabricado por una empresa que producía hombres intimidantes.
—Buenos días, señor Blake —dijo Renata, intentando sonar profesional.
Gabriel levantó la mirada.
—Llega dos minutos antes. Me agrada eso.
Renata sintió un pequeño alivio… que duró exactamente seis segundos.
—Pero su cabello está desordenado. Arregles eso —añadió él.
Renata parpadeó, ofendida.
—¿Perdón?
—Está desordenado —repitió él, sin emoción—. Me distrae.
Renata se cruzó de brazos.
—¿Distrae su concentración?
—Distrae la estética de la oficina.
Renata respiró profundo para evitar usar una silla como arma contundente.
—¿Alguna instrucción para hoy, señor Blake? —dijo, con la mandíbula tensa.
—Sí —respondió él, entregándole una carpeta gruesa—. Tenemos una reunión clave a las nueve. Quiero que revise esto en veinte minutos.
Renata abrió la carpeta.
Eran ocho contratos con letra tan pequeña que parecía escrita por hormigas con talento.
—¿Veinte minutos? —preguntó.
—Diecinueve —respondió él, mirando el reloj.
Renata se sentó, lista para luchar por su vida.
Pero entonces…
tocaron la puerta.
—Adelante —dijo Gabriel.
Entró una mujer despampanante: cabello perfecto, vestido de marca, perfume caro antes incluso de verla.
—Gabriel —dijo ella, con voz sedosa.
Renata tragó saliva.
Ah, maravilloso. La ex. Tenía cara de ex. O de futura enemiga. O de ambas.
Gabriel levantó la vista.
—Vanessa. No esperaba verte.
Vanessa sonrió con una confianza que irritó instantáneamente a Renata.
—Pasé a saludar… y a preguntar quién es ella.
Renata sintió tres miradas sobre sí:
—La de Vanessa: analizando para destruir.
—La de Gabriel: indiferente.
—La de Renata: “Dios, trágame viva”.
—Mi nueva asistente —respondió él.
Vanessa rió.
—¿Tú tienes asistente? Qué raro… tú odias depender de alguien.
Renata sintió el golpe indirecto con claridad.
Gabriel respondió con calma:
—Renata es competente.
Renata abrió los ojos.
¿Competente? ¿Él acababa de decir eso?
Gabriel la miró de reojo.
O lo dijo sin pensar… o estaba mintiendo para fastidiar a Vanessa.
Vanessa caminó hasta quedar a un metro de Renata.
—¿Y estás acostumbrada a trabajar bajo presión? —preguntó con tono venenoso.
—No —respondió Renata, sincera—. Pero sobrevivo. Es mi superpoder.
Gabriel ocultó una sonrisa.
Pequeña, pero REAL.
Vanessa la miró como si fuera un insecto.
—Qué adorable —dijo con sarcasmo—. Te deseo suerte. La vas a necesitar.
Renata quería responder algo inteligente, pero Gabriel habló antes:
—Vanessa, tengo trabajo. Puedes retirarte.
La mujer sonrió de lado, claramente molesta, y salió sin decir adiós.
Cuando la puerta se cerró, Renata soltó el aire.
—¿Esa era su exnovia? —preguntó antes de pensarlo.
Gabriel se detuvo un segundo demasiado largo.
—No es asunto suyo —respondió finalmente.
Renata abrió las manos.
—Lo pregunté por cortesía. La energía… era intensa.
—Concéntrese en los contratos, por favor.
Renata frunció los labios.
Claramente había tocado un nervio.
Pero antes de volver a los contratos, Renata notó algo extraño:
Gabriel seguía mirando la puerta por donde Vanessa había salido…