Renata logró superar los contratos en treinta y dos minutos, lo cual, considerando su estado emocional, era un récord digno de ser reconocido por la humanidad.
Pero ni bien levantó la cabeza, Gabriel estaba parado frente a ella.
—Valverde —dijo, serio—. Tenemos un cambio de planes.
Renata cerró los ojos un segundo.
Claro. Porque su vida no podía tener un momento de paz.
—¿Qué tipo de cambio? —preguntó, resignada.
Gabriel dejó su teléfono sobre el escritorio.
La pantalla mostraba una notificación:
Mensaje nuevo de Vanessa.
Renata tragó saliva.
—¿Quiere que salga para que usted—
—No —la interrumpió Gabriel.
Renata se tensó.
Gabriel deslizó la pantalla y abrió el mensaje. Renata vio cómo la expresión de él se endurecía.
“Necesito verte. Es urgente. No acepto un no.”
Renata no era psicóloga, pero eso olía a manipulación emocional mezclada con perfume caro.
Gabriel respiró hondo, como si esa sola frase le drenara la energía.
—Valverde, la reunión de esta tarde… la haremos fuera del hotel.
—¿Fuera?
—Sí. Y usted me acompañará. Necesito que tome notas. Y que no… —la miró fijamente— …hable a menos que sea necesario.
Renata levantó la mano.
—Perdón, ¿y eso qué tiene que ver con Vanessa?
—Todo —respondió él, guardando el teléfono.
Renata sintió una alarma interna.
No le gustaba el tono.
No le gustaba la palabra “todo”.
Y menos que la incluyeran en ese “todo”.
Pero Gabriel ya avanzaba hacia la puerta.
—Traiga su libreta —ordenó.
—¿Vamos a una reunión o a una batalla campal? —susurró Renata.
—En su caso, ambas —respondió él sin voltearse.
Renata lo siguió, intentando entender por qué la vida, Dios, el destino y quizá el café la habían empujado a esta situación absurda.
Diez minutos después, estaban en el estacionamiento del hotel.
Gabriel abrió la puerta del auto con total naturalidad. Renata, sin embargo, se congeló.
—¿Este es su carro? —preguntó.
—Sí —respondió él.
—Es… —buscó la palabra correcta— …caro.
—Eso dicen.
Renata se acomodó en el asiento mientras Gabriel arrancaba sin dudar.
—Señor Blake —dijo ella, mirando la calle—, solo para saber… ¿qué clase de reunión es esta?
—Una reunión con Vanessa —dijo, seco.
Renata tragó aire.
—¿Solo ustedes dos?
—Usted estará conmigo —respondió él.
Renata parpadeó.
—¿Para qué?
—Para evitar que diga algo que no debo.
—¿Y usted suele decir cosas que no debe?
—Solo cuando Vanessa está cerca —respondió él, sin emoción.
Renata frunció el ceño.
Ese hombre no hablaba mucho…
pero cuando lo hacía, dejaba caer bombas emocionales sin parpadear.
Llegaron a un café elegante.
Vanessa ya estaba ahí. Sentada. Piernas cruzadas. Perfecta, como si hubiera sido esculpida por alguien con demasiado tiempo libre.
Cuando los vio entrar, arqueó una ceja.
—Qué sorpresa. Trajiste acompañante.
Renata sintió que le clavaban una mirada que podría derretir metal.
Gabriel no se inmutó.
—Ella es mi asistente. Está trabajando.
Vanessa apoyó el codo en la mesa, observándolo con algo entre nostalgia… y estrategia.
—¿“Trabajando”? —repitió con tono dulce—. ¿O protegiéndote de mí?
Renata abrió lentamente su libreta para disimular lo incómoda que estaba.
Gabriel respondió, directo:
—Ambas.
Vanessa sonrió… pero no era una sonrisa amable. Era una sonrisa de alguien que acababa de recibir un reto.
—Gabriel, vine porque necesitamos hablar —dijo ella—. Tú y yo solos.
Renata tragó saliva. Era una invitación obvia para echarla.
Gabriel, sin embargo, no cedió.
—Lo que tengas que decir, puedes decirlo aquí.
El silencio que siguió fue tenso. Muy tenso.
Vanessa entrecerró los ojos.
—Muy bien —dijo finalmente—. Vine porque el hotel no es tu único problema, Gabriel. Y si no me escuchas ahora… te vas a arrepentir.
Renata levantó la mirada.
Eso no sonaba a drama romántico.
Eso sonaba a amenaza.
Gabriel apoyó los codos sobre la mesa.
—Habla.
Pero Vanessa no habló.
En cambio, sacó su teléfono, lo puso sobre la mesa, giró la pantalla hacia Gabriel y dijo:
—Explícame… esto.
Renata no podía ver la pantalla, pero vio cómo la expresión de Gabriel —esa máscara perfecta, fría, impenetrable— se resquebrajaba por primera vez.
Por un segundo.
Solo uno.