Renata nunca había visto a Gabriel tan serio.
No frío.
No distante.
Serio.
Como si alguien hubiera apagado todas las luces internas que lo mantenían estable.
Ella tragó saliva.
—¿Está seguro de que no cometió fraude, señor Blake? —preguntó, intentando mantener voz firme.
Él respondió sin dudar:
—Absolutamente.
Renata sabía que él podía ser arrogante, sarcástico, controlador… pero mentiroso no.
Algo más estaba pasando. Algo grande.
—Entonces, ¿por qué Harrington lo acusaría? —preguntó ella.
—Porque es más fácil destruir a un hombre que enfrentarlo directamente —respondió él, apoyándose en el escritorio—. Y tengo algo que ellos quieren.
—¿El… proyecto? —aventuró Renata.
Gabriel la miró con sorpresa por un segundo.
—No hable de eso aquí —dijo, bajando el tono.
Renata alzó las manos.
—No hablo, no pregunto, no existo. Entendido.
Pero antes de que Gabriel respondiera, su teléfono vibró otra vez.
Renata observó cómo él lo tomaba con fastidio —claramente esperaba malas noticias—, pero al ver el nombre en la pantalla, el ceño se le frunció.
“Medios Global News”
Renata frunció los labios.
—¿Periodistas?
—Sí.
—¿Otra filtración?
—Posiblemente.
Gabriel contestó, pero en altavoz, como si ya no le quedaran energías para ocultar nada.
—Blake al habla.
—Señor Blake —dijo una voz masculina—. Somos de Global News. Necesitamos confirmar información sobre la investigación corporativa que ha salido a la luz esta mañana.
—No voy a responder a eso —replicó Gabriel.
—Perfecto. Entonces pido una declaración sobre Renata Valverde.
Renata se congeló.
—¿Cómo? —preguntó Gabriel, con un filo peligroso en la voz.
—Renata Valverde —repitió el periodista—. Su asistente. Su nombre apareció vinculado indirectamente en la filtración. Necesitamos confirmar su participación en—
—Deténgase ahí —interrumpió Gabriel—. Ella no tiene absolutamente nada que ver.
—Entonces ¿confirma que no trabajó con usted durante el periodo del informe?
—Conf—
Renata le arrebató el teléfono sin planearlo.
—¡NO CONFIRMA NADA! —dijo ella, casi gritando.
El periodista pareció sorprendido.
—¿Señorita Valverde? ¿Puede dar una declaración?
—Sí. Mi declaración es: déjenme en paz, yo solo llegué aquí ayer, me tropiezo mucho, hago café terrible y no sé nada de nada. ¿Contento?
El periodista guardó silencio.
—Publicaremos que usted niega—
—Publique lo que quiera, pero no me meta en un escándalo que no sé ni pronunciar —dijo Renata, colgando.
Gabriel la observó, atónito.
—¿Por qué hizo eso, Valverde?
—Porque me estaban mencionando en una noticia de fraude internacional, señor. ¡Fraude! Yo apenas sé usar la impresora.
Gabriel se llevó una mano a la frente.
—No debió contestar.
—Pues usted tampoco iba a defenderme bien —respondió Renata—. Estaba a un segundo de decir “sí, confirmo” como si yo fuera cómplice. ¿Qué le pasa?
Él la miró con la paciencia completamente agotada.
—Valverde… no todos los periodistas buscan la verdad.
—Y no todas las asistentes somos invisibles —respondió ella.
Silencio.
De repente, Gabriel volvió a su computadora y empezó a escribir frenéticamente. Renata esperó, mordiéndose la uña.
Después de un minuto, él habló:
—Renata —dijo sin mirarla—. La filtración menciona tu nombre.
—… ¿Qué? ¿Cómo que menciona mi nombre? —preguntó ella con un salto en la voz.
Gabriel finalmente se giró hacia Renata y la vio directo.
—Alguien insertó tu nombre en la base de datos de comunicaciones del hotel. Apareces como contacto frecuente durante el periodo del informe.
Renata sintió cómo se le helaba la piel.
—Pero… yo no estaba aquí. Yo ni trabajaba en esta empresa. Ni lo conocía a usted.
—Lo sé —respondió él—. Ese es el problema.
Renata apoyó las manos en la mesa.
—¿Me están implicando en un fraude?
—Indirectamente —confirmó Gabriel.
Renata abrió los ojos gigantescos.
—¡Indirectamente mis botas! ¡Esto es meterme en una bomba y esperar que sonría!
Gabriel se levantó despacio, firme, controlado.
—Voy a aclararlo —dijo él.
—¿Cómo? —Renata se cruzó de brazos.
—Hablando con los abogados y limpiando tu nombre dentro del sistema.
—¿Y si Harrington sigue metiéndome en eso?
—No lo permitiré —respondió él, sin dudar.
Renata lo miró fijamente.
Era la primera vez que él le daba una respuesta que no sonaba mecánica.