Asistente por Accidente

CAPÍTULO 9 — La visita que no pedí (ni quería)

Renata estaba en la sala de descanso del piso 12, respirando dentro de una taza de té como si el vapor pudiera expulsar el estrés de su cuerpo.

El fraude.

Los periodistas.

Su nombre metido en una investigación.

Gabriel diciéndole que la estaba protegiendo.

Todo era demasiado.

—Esto no puede empeorar —susurró.

Obviamente, lo empeoró.

Porque cuando salió de la sala, vio a un hombre que no pertenecía al hotel.

Traje gris.

Carpeta negra.

Mirada afilada.

Sonrisa de tiburón.

Lo peor: estaba justo frente a la oficina de Gabriel.

Renata sintió el estómago caerle al piso.

—Buenas tardes —dijo él, mirándola—. ¿Renata Valverde?

Renata pensó decir que no, que se llamaba Federica o Petunia o cualquier tontería, pero su nombre estaba colgado en el gafete del uniforme.

—… sí —respondió, con voz pequeña.

El hombre sonrió.

—Soy Thomas Griever, asesor de relaciones corporativas de Harrington Holdings.

Renata abrió la boca.

—¿Harrington…? ¿La misma Harrington que quiere demandar al señor Blake?

—Esa misma —respondió él, como si estuviera orgulloso.

Renata retrocedió un paso.

—Yo no tengo nada que hablar con usted —dijo, firme.

—Al contrario —respondió Thomas, avanzando un poco—. Tenemos mucho que hablar.

Renata levantó la mano como si detuviera tráfico.

—No, no, no. ¡Yo no tengo nada que ver con sus informes! Apenas llevo dos días trabajando aquí. Ni siquiera he aprendido a usar bien el correo corporativo.

—Lo sabemos —respondió Thomas—. Precisamente por eso estoy aquí.

Renata frunció el ceño.

—¿Perdón?

Thomas abrió su carpeta y sacó una hoja.

—Su nombre aparece en el registro digital como “contacto recurrente” del señor Blake durante el año del informe. Eso… genera dudas.

Renata sintió un ataque de pánico subiendo por la garganta.

—¡Pero eso es falso! Yo ni conocía a Gabriel… digo, al señor Blake. ¡Ni sabía que existía!

Thomas la observó como si evaluara una pieza de ajedrez.

—Sé que no estaba vinculada. Por eso quiero ofrecerle algo.

Renata apretó la mandíbula.

—No quiero nada.

—Es un trato muy sencillo —respondió él, ignorando su tono—. Si usted declara que Gabriel Blake la contactó antes de su contratación, podremos usarlo para abrir una investigación completa sobre él.

Renata lo miró horrorizada.

—¿Qué? ¿Me está pidiendo que mienta?

—Le estoy pidiendo que coopere —corrigió él.

Renata dio un paso atrás.

—¿Y si no quiero “cooperar”?

—Entonces —Thomas ajustó su corbata—, Harrington asumirá que usted forma parte de la red que Blake creó para ocultar su implicación en el fraude.

Renata sintió que el aire se le iba.

—¡Pero no hay ninguna red!

—Eso lo dirá un juez —dijo Thomas, calmado.

Renata sintió un zumbido en los oídos. Esto ya no era un chisme corporativo. Esto era una amenaza. Directa. Limpia. Fría.

Thomas guardó la hoja en la carpeta.

—Piénselo, señorita Valverde. Su carrera es corta. Su reputación, aún más. Está en una posición… delicada.

Renata lo vio girarse para marcharse.

Y ahí entró Gabriel.

La puerta de su oficina se abrió de golpe y él salió con un tono que nunca antes había usado.

—Griever.

Thomas sonrió como si hubiera estado esperando justo eso.

—Blake. Qué coincidencia.

Renata se hizo a un lado. No quería estar entre dos tiburones.

Gabriel caminó hasta quedar frente a Thomas, metro y medio de pura tensión.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Gabriel, con la voz baja.

Thomas sonrió.

—Solo una visita de cortesía. Le explicaba a su asistente los beneficios de… colaborar.

Gabriel apretó los dientes.

—No vuelvas a dirigirte a ella.

—¿La estás protegiendo? —preguntó Thomas, disfrutando cada segundo.

—La estoy manteniendo fuera de algo que no le pertenece.

—Oh, pero ya le pertenece —dijo Thomas, divertido—. Harrington va a incluir su nombre en la investigación si ella no se alinea.

Renata sintió que el corazón le latía en la garganta.

Gabriel dio un paso adelante.

—Si tocan a mi asistente, aunque sea por accidente, les juro que—

—¿Qué? —interrumpió Thomas, burlón—. ¿Nos vas a demandar? ¿Nos vas a intimidar? ¿O vas a hacer lo que siempre evitas? ¿Pelear?

Renata podía sentir la furia contenida en Gabriel.

Pero él no explotó.

No gritó.

No amenazó.

Solo dijo, con un tono tan frío que Renata se estremeció:

—Tómatelo como quieras. Pero si vuelves a acercarte a ella, aunque sea para respirar en su dirección, vas a necesitar más abogados de los que tienes.




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