Renata entró a la oficina detrás de Gabriel con pasos cortos, como si el piso fuera lava.
Apenas él cerró la puerta, ella explotó:
—¿Cómo que no puedo estar sola en el edificio? ¿Qué es esto? ¿Una película de acción? ¿Un secuestro corporativo?
Gabriel se quitó el saco con movimientos tensos.
—Valverde, Harrington no juega limpio. Si creen que eres un punto débil, van a usarlo.
Renata lo miró, incrédula.
—¡¿Un punto débil?! Señor Blake, yo gano menos que una taza de café de este hotel. No soy un punto débil. Soy… ¡un intermedio administrativo humano!
Gabriel se masajeó la sien, cansado.
—No se trata de dinero. Se trata de control.
—¿Control de qué? ¡Si yo no sé nada!
—Ese es el problema —respondió él.
Renata se hundió en la silla.
—No entiendo nada, Gabriel.
Él se quedó quieto.
Por un segundo, solo un segundo, dejó caer la máscara de perfección.
—Harrington quiere destruir mi credibilidad —dijo, despacio—. Y cualquier persona que pueda negarlo… se vuelve un objetivo.
Renata tardó en procesarlo.
—¿Me está diciendo que podría estar en peligro… por trabajar con usted?
—No físicamente —respondió él, rápido—. Pero profesionalmente, sí. Legalmente, también.
Renata sintió un nudo en el estómago.
Ella solo quería un trabajo.
Un salario.
Un día normal sin derramar café sobre un millonario.
Y ahora estaba en una guerra entre dos gigantes corporativos con demasiados secretos.
—Entonces… —Renata respiró hondo— …tengo que renunciar.
Gabriel levantó la mirada tan rápido que ella se sorprendió.
—No.
—¿Cómo que no?
—No puedes renunciar ahora.
Renata lo miró, confundida y molesta.
—¿Ah, no? Señor Blake, con todo respeto, mi vida no vale ser arrastrada a un escándalo financiero internacional.
—Si renuncias ahora, Harrington pensará que lo hiciste porque tienes algo que ocultar. Y te usarán para respaldar su acusación.
—¿O sea que si me quedo estoy mal, y si me voy estoy peor?
—Exacto.
Renata golpeó la mesa con la mano abierta.
—¡Odio esta empresa!
Gabriel suspiró, pero se acercó unos pasos.
Era la primera vez que él se colocaba tan cerca sin tener un tono de jefe. Sin sarcasmo. Sin armadura.
—Valverde —dijo, firme pero más suave—. No te pedí que esto pasara.
—Lo sé —respondió ella, bajando la voz.
—Y no voy a dejar que te destruyan por algo en lo que no tienes nada que ver.
Renata lo miró, intentando entender.
—¿Por qué?
—Porque tengo responsabilidad sobre lo que provocó esta situación —dijo él, sin apartar la mirada—. Y porque no voy a permitir que te conviertas en daño colateral.
Renata sintió un pequeño temblor en el pecho. No de miedo. Algo más difícil de admitir.
Silencio.
Un silencio que pesó.
Un silencio que se sintió más íntimo de lo que debería.
Hasta que Renata se removió, incómoda.
—Entonces… ¿qué hago?
—Sigues trabajando conmigo —dijo él—. Cerca de mí. Donde pueda protegerte.
—¿Protegerme de qué?
—De ellos. De su estrategia. De su intención de usar cualquier detalle para destruirnos a ambos.
Renata abrió los ojos.
—¿A ambos?
—Sí —respondió él, directo—. A partir de hoy, ya no van solo por mí.
Renata tragó saliva.
—Entonces… —dijo ella, con voz pequeña— …¿estamos juntos en esto?
—Sí, Valverde —respondió Gabriel—. Nos guste o no… estamos juntos en esto.
Ella se quedó sin palabras.
Él también.
Un segundo después, el teléfono de Gabriel vibró. Ambos saltaron del susto.
Gabriel tomó el teléfono, vio la pantalla… y Renata sintió que el hielo le recorría el cuerpo.
Era un mensaje anónimo.
Solo decía:
“Sabemos quién es ella.
Esto apenas empieza.”
Renata sintió cómo se le tensaba cada músculo.
Gabriel apretó el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Valverde… —dijo él sin apartar la vista del mensaje—. Necesito que confíes en mí.
Renata lo miró directo a los ojos.
—No sé si puedo —admitió ella.
Gabriel respiró profundo.
—No tienes otra opción.
Yo tampoco.
Y ahí, sin quererlo, sin provocarlo…
la alianza entre Renata y Gabriel se volvió oficial.