Renata pasó dos horas más en la oficina con el corazón a media marcha, tratando de concentrarse, pero cada vez que miraba el teléfono de Gabriel, recordaba el mensaje anónimo:
“Sabemos quién es ella.
Esto apenas empieza.”
Le temblaban un poco las manos.
No lo admitía, pero ese mensaje sí la había golpeado.
Aun así, siguió revisando agendas, documentos y correos como si su vida dependiera de ello.
A veces, sentir que estás haciendo algo es la única forma de no colapsar.
Cuando el reloj marcó las 5:15 p.m., Gabriel finalmente habló:
—Valverde, puedes retirarte por hoy.
Renata levantó la mirada, sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí —respondió él—. Pero llama un taxi. No quiero que camines sola afuera.
Renata arqueó una ceja.
—¿Me está “escoltando” a mi taxi?
—Es por seguridad —dijo él, sin mirarla.
—Claro —respondió Renata—. Seguridad. No porque soy “un punto débil”.
—No dije eso.
Renata le dedicó una sonrisa sarcástica y salió de la oficina.
En el pasillo, Paula la estaba esperando.
Renata frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí?
—Te estaba buscando —respondió Paula con tono bajo, casi susurrado.
Renata ladeó la cabeza.
—¿Por qué estás hablando así?
—Porque no quiero que nos escuchen.
Renata sintió un escalofrío.
—Paula… ¿qué pasa?
—Tengo que decirte algo —dijo ella, mirando a todos lados—. Algo que no puedo decir en voz alta dentro del hotel.
Renata se enderezó, alerta.
—¿Qué cosa?
—No aquí —Paula tomó a Renata del brazo—. Ven.
Renata fue arrastrada hasta el área del personal, un pasillo escondido detrás de la cocina. Allí, Paula cerró la puerta con seguro.
—Ok —susurró Renata—. Ahora sí me estás asustando.
—Como debe ser —dijo Paula, nerviosa—. Porque tú ya estás en peligro.
Renata retrocedió.
—¿Peligro? ¿PERO DE QUÉ HABLAS?
—Baja la voz —pidió Paula.
Renata respiró hondo.
—Paula… explícamelo YA.
Paula tragó saliva, temblándole un poco la mano.
—Sé que Harrington está metido en lo del informe —empezó Paula—. Y sé que están atacando a Gabriel. Eso es obvio.
—Sí —dijo Renata—. Ya me di cuenta.
Paula se acercó más.
—Pero lo que no sabes… es que hay alguien dentro del hotel que está ayudándolos.
Renata sintió que el piso se movía.
—¿Qué?
—Alguien de aquí adentro —confirmó Paula—. Alguien que tiene acceso al sistema. Alguien que pudo haber metido tu nombre en la base de datos.
Renata se cubrió la boca.
—No… no puede ser.
—Renata —susurró Paula—. No fue un error. No fue un hackeo al azar. Fue alguien del personal.
Renata se apoyó contra la pared.
Esto era demasiado.
—¿Estás segura? —preguntó.
—No al cien por ciento… pero sí al suficiente para decírtelo. Y hay más.
Renata apretó los dientes.
—Dilo.
—Esa persona… no está del lado de Gabriel.
Renata sintió un escalofrío subirle por la espalda.
—¿Quién? —preguntó, con la garganta seca.
—No lo sé todavía —respondió Paula—. Pero sé que es alguien con acceso a servidores, registros internos, y… —tragó duro— …a información personal de cada empleado.
Renata abrió los ojos.
No podía ser.
No debía ser.
Paula tomó aire un segundo.
—Y Renata… alguien preguntó específicamente por ti esta mañana.
Renata sintió que el corazón se le hundía.
—¿Quién?
Paula miró al piso, nerviosa.
—No lo vi. Pero escuché cómo decían tu nombre. Preguntaron tu horario, tu rol, tu puesto… y tu dirección.
Renata sintió una presión en el pecho.
—¿Mi… dirección?
—Sí —dijo Paula—. Y cuando me acerqué, se callaron.
Renata retrocedió un paso, la respiración acelerada.
—Paula… ¿quién demonios me está buscando?
—No lo sé —susurró ella—. Pero si Harrington quiere usar tu nombre para hundir a Gabriel… también pueden querer usar tu vida fuera de aquí para presionarlo.
Renata apretó los puños.
—Paula… necesito que me digas la verdad.
—Te la estoy diciendo —respondió ella—. Ten cuidado. No confíes en nadie que no sea Blake.
—¿En Blake? —Renata abrió los ojos, sorprendida—. ¿En serio?
—Sí —Paula asintió—. Él puede ser todo lo arrogante y frío del universo… pero no es una mala persona. Y no quiere que te pase nada.
Renata bajó la mirada.
¿Confiar en Gabriel?
¿En serio?