Renata salió del pasillo con el corazón golpeando como tambor.
Paula regresó a la recepción con la cara más nerviosa que Renata hubiera visto.
Ella, en cambio, tenía una sola misión:
Avisarle a Gabriel. Ya.
Porque si había un traidor en el piso 12…
entonces Gabriel estaba rodeado.
Y ella también.
Renata caminó rápido hacia la oficina del inversionista, mirando a todos lados con paranoia nueva. Cada empleado, cada puerta, cada esquina le parecía sospechosa.
Cuando llegó al pasillo, sintió la tensión más densa que nunca. Todo estaba demasiado silencioso.
Demasiado.
Renata levantó la mano para tocar la puerta de Gabriel… pero se detuvo.
Se escuchaban voces adentro.
Voces.
Dos.
Masculinas.
Una era la de Gabriel.
Seria, controlada.
La otra… no la reconoció.
Renata dio un paso atrás instintivamente. No quería escuchar a escondidas… pero la puerta tenía un ligero espacio y las voces salían claras.
Y entonces escuchó la frase que la congeló:
—…te dije que no volvieras a comunicarte conmigo aquí. No es seguro.
Renata se pegó a la pared.
La voz del hombre desconocido respondió:
—Ya no hay “seguro”, Blake. Todo está moviéndose. Harrington está usando a la chica. Sabes que eso significa que alguien de tu lado habló de más.
Renata llevó una mano a su boca para no soltar un grito.
¿“La chica”?
¿Ella?
Gabriel respondió, en un tono que Renata nunca le había oído:
—No fue ella. No pudo ser ella.
—Blake —dijo el desconocido, cansado—. A veces los accidentes son la mejor tapadera.
Renata sintió como si le clavaran una aguja en el pecho.
¿Lo estaban acusando de confiar en ella?
¿O de que ella fuera la filtradora?
Gabriel habló de nuevo, más duro:
—Si Renata hubiera filtrado algo, yo lo sabría.
—¿De verdad? —preguntó el desconocido—. Apenas la conoces.
—La conozco lo suficiente para saber que no miente bien.
—Y eso la hace peligrosa.
Renata tragó saliva con fuerza.
¿Peligrosa?
¿Ella?
El desconocido siguió:
—Escucha. Dentro del hotel alguien está colaborando con Harrington. Alguien con acceso profundo. Y alguien que sabe que estás… protegiendo a tu asistente.
Renata sintió que la cara se le calentaba.
¿Gabriel había admitido eso?
El desconocido continuó:
—Si sigues mostrando interés por ella, la van a usar como presión. Y sabes que no dudarán.
—No voy a dejarla sola —respondió Gabriel con voz firme.
—Y por eso… —la voz del desconocido se volvió más fría— …estás cometiendo un error.
Renata retrocedió un paso involuntario y golpeó levemente la pared.
Un sonido pequeño.
Muy pequeño.
Pero suficiente.
Silencio total dentro de la oficina.
Renata apretó los ojos.
No.
No.
No.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba Gabriel.
Serio.
Alerta.
Y con los ojos clavados en ella como si acabara de descubrir algo importante.
—Valverde —dijo, lento—. ¿Qué haces aquí?
Renata abrió la boca, pero su voz tembló.
—Yo… venía a hablar con usted.
Gabriel la observó un largo segundo.
Ella no se movió.
No respiró.
Él dio un paso hacia ella.
—¿Cuánto escuchaste?
Renata sintió un nudo en la garganta.
—Lo suficiente —admitió, bajando la mirada.
Gabriel cerró la puerta detrás de él, saliendo al pasillo para quedar frente a ella.
El hombre desconocido quedó dentro.
Renata no sabía quién era, pero sintió su mirada desde la sombra.
Gabriel habló bajo:
—Valverde… esto que escuchaste no debía llegar a ti.
Renata respiró profundo, sintiendo las palabras atoradas.
—¿Hay un traidor en el hotel?
Gabriel la miró con una mezcla de frustración, cansancio… y preocupación genuina.
—Sí.
Renata apretó los puños.
—¿Y están intentando culparme para destruirlo a usted?
—Sí.
Renata levantó la barbilla.
—¿Y ese hombre quién es?
—Él no es tu problema.
—Pues parece que sí —respondió ella.
Gabriel la observó con una intensidad que la hizo tragar duro.
—Valverde… si vas a seguir trabajando conmigo, necesito que entiendas algo.
Renata levantó los ojos.
—¿Qué cosa?
Él se inclinó un poco hacia ella, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para dejarla sin aire.