Asistente por Accidente

CAPÍTULO 14 — La puerta entreabierta

El ascensor subía lento.

Demasiado lento.

Renata apretó los dientes, sintiendo cómo el miedo le apretaba la espalda, como si alguien estuviera parado detrás de ella respirando en silencio.

Cuando las puertas se abrieron en el piso 12, el pasillo estaba completamente vacío.

Demasiado vacío.

No se escuchaban teclados, ni pasos, ni teléfonos.

Ni siquiera la recepcionista estaba en su puesto.

Renata tragó saliva.

—Excelente —susurró—. El ambiente perfecto para morir en un edificio corporativo. Muy estético todo.

Caminó con cautela, mirando cada esquina. El aire se sentía distinto. Denso. Como si algo hubiera pasado minutos antes.

Y entonces lo vio.

La puerta de la oficina de Gabriel.

Entreabierta.

Renata sintió cómo se le paralizaban los hombros.

Gabriel JAMÁS dejaba esa puerta abierta. Ni medio centímetro. Ni por accidente.

Algo estaba mal.

Muy mal.

Renata respiró hondo, acercándose.

El corazón le latía tan fuerte que podía escucharlo en los oídos.

—Señor Blake… —susurró— ¿está ahí?

No hubo respuesta.

Renata empujó la puerta con la punta de los dedos… y la escena la golpeó como un balde de agua helada.

La oficina era un desastre.

Papeles en el piso.

La silla caída.

Un vaso roto junto al escritorio.

La laptop de Gabriel abierta… y completamente apagada, como si alguien la hubiese forzado.

Renata sintió que la sangre le bajaba al piso.

—No… no… no…

Entró despacio, temblando.

—¿Gabriel? —dijo con la voz cortada—. ¿Está aquí?

Y entonces lo escuchó.

Un ruido.

Un golpe suave.

Un sonido apagado desde la parte interna de la oficina, donde estaba la puerta del archivo privado.

Renata giró la cabeza, helada.

—¿Gabriel?

Se acercó.

Un paso.

Otro.

Otro.

Las luces parecían parpadear.

O quizá eran sus ojos.

Cuando llegó frente a la puerta del archivo, notó algo que la dejó sin aire:

La cerradura estaba forzada.

Alguien había entrado.

Alguien había roto la seguridad.

Renata levantó la mano, temblando, y empujó la puerta.

Se abrió lentamente…

Y ahí estaba él.

Gabriel Blake.

En el suelo.

No inconsciente… pero claramente mal.

Apoyado contra un estante de metal, respiración agitada, una pequeña herida en la ceja, el saco tirado en el piso y la camisa desabotonada del cuello como si hubiese estado forcejeando.

Renata se cubrió la boca.

—¡Gabriel!

Corrió hacia él.

—¿Qué pasó? ¿Quién estuvo aquí? ¿Por qué está—?

Gabriel abrió los ojos apenas, sosteniéndola de la muñeca para detener su torbellino verbal.

—Valverde… —susurró, con voz ronca— …no deberías estar aquí.

Renata casi lloró.

—¡Recibí un mensaje! ¡Me dijeron que no subiera!

—Exacto… —dijo él, apretando los dientes—. Era para mantenerte lejos.

Renata lo miró horrorizada.

—¿Quién le hizo esto?

Gabriel presionó un papel arrugado contra su costado. Renata apenas alcanzó a ver que era un documento… rasgado, como si alguien hubiera intentado robárselo.

—No… lo vi bien —respondió él.

Renata sintió la piel de gallina.

—¿Alguien del hotel?

Gabriel cerró los ojos un segundo.

—Valverde… escúchame…

Renata se inclinó hacia él.

—Dígame.

—Quien te envió ese mensaje… —dijo él, respirando con dificultad— …no quería protegerte.

—Ya lo sé.

—Quería asegurarse… —Gabriel la miró fijo— …de que YO estuviera solo.

Renata se quedó inmóvil.

Ese mensaje no era una advertencia para ella.

Era una distracción.

Una forma de apartarla.

Dejar a Gabriel vulnerable.

Dejarlo sin testigos.

Renata se llevó una mano a la boca.

—Entonces… ¿ese mensaje viene del traidor?

—Sí —susurró Gabriel—. Y está más cerca de lo que crees.

Renata sintió un escalofrío brutal.

—Gabriel… ¿debemos llamar a seguridad?

—No —dijo él, agarrándola del brazo con fuerza inesperada—. No confíes en nadie. ¿Me escuchas? En NADIE.

Renata lo sostuvo de los hombros, desesperada.

—¡Pero alguien lo atacó! Necesitamos—

—Renata… —Gabriel levantó la mano hasta su mejilla, casi sin fuerza— …mírame.

Ella lo hizo.

Él sostuvo su mirada, directo, transparente, sin máscaras.




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