La noche envolvía la sala del trono en una penumbra pesada, rota únicamente por el parpadeo errático de un puñado de velas que se consumían en sus candelabros.
El Rey Dáreion y Rhaegor se encontraban a solas, sus sombras proyectándose contra las paredes como gigantes que guardaban secretos.
—He estado pensando en frío últimamente —comenzó Dáreion, entrelazando sus dedos sobre el regazo y manteniendo la mirada fija en las llamas.
Rhaegor, que permanecía sentado con los brazos cruzados, no suavizó su postura. Su mirada era un juicio constante que el rey ya no podía ignorar.
—Sea lo que sea que esté planeando, majestad, sabe perfectamente que ni yo ni los soldados merecíamos el trato que nos dio tras la batalla del desierto. Cumplimos con nuestro deber; el fracaso no nació de nuestras espadas.
Dáreion soltó un suspiro largo, asintiendo lentamente mientras la luz de las velas subrayaba las arrugas de su frente.
—Sí, tienes razón. Reconozco que se me fue la cabeza; fue un momento de pura desesperación. Ver cómo Valdoria se escapaba entre mis dedos de esa forma... manchó mi honor de una manera que no supe procesar.
Rhaegor tardó unos segundos en responder, dejando que el peso de sus palabras se asentara en el aire frío de la sala.
—Usted sabe que la culpa recae en uno solo de sus hombres. Si él no hubiera intervenido, la corona de Altheris ya estaría en sus manos y la guerra habría terminado.
Dáreion hizo un gesto con la mano, descartando el tema.
—Dejemos de pensar en lo que ya no podemos cambiar. He tomado una decisión: no vamos a atacar todavía.
Rhaegor hizo una mueca sutil, escuchando con escepticismo.
—Vamos a dejar que las aguas se calmen —prosiguió Dáreion, y una sonrisa gélida empezó a dibujarse en sus labios—. Esperaremos a que bajen la guardia, a que crean que el conflicto ha terminado y que pueden volver a sus vidas tranquilas. En ese preciso momento, cuando piensen que la paz ha regresado, atacaremos con toda la furia.
Rhaegor asintió mecánicamente. Por dentro, sentía que el plan era poco más que una estrategia de espera para un orgullo herido, pero conocía su lugar.
—No puedo negarme a su mandato —respondió Rhaegor con una voz desprovista de emoción—. Debemos obedecer lo que usted disponga.
Sin decir más, el general se levantó de su silla, su armadura produciendo un leve tintineo metálico que fue el último sonido antes de que el silencio volviera a reclamar la sala, dejando a Dáreion a solas con sus velas y su sed de venganza.
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El viento arremolinaba el polvo rojizo en el patio de Zerakth, creando pequeñas espirales que danzaban entre las columnas de piedra. Halvar practicaba en soledad; el eco de su acero cortando el aire era el único sonido que rompía el silencio de la tarde.
Ejecutaba cada estocada y cada bloqueo con una concentración feroz, perfeccionando sus movimientos.
A unos metros, sentada sobre un bloque de granito, Vespera observaba.
Tenía los brazos cruzados sobre las rodillas y apoyaba el rostro en sus manos, con la mirada perdida en el rítmico vaivén de la espada del joven guerrero.
Halvar se detuvo en seco, jadeando. Dejó que la brisa le secara el sudor de la frente y caminó hacia ella. Al sentarse a su lado, soltó un suspiro de cansancio que pareció liberar toda la tensión acumulada en sus hombros.
—Últimamente no te he visto con el Rey tanto como antes —comentó Halvar de pronto, rompiendo el silencio.
—Dijo que no quería escuchar a nadie —respondió ella, girando la cabeza para mirarlo—. Y yo simplemente obedezco. Es difícil guiar a alguien que ha cerrado los oídos al mundo.
Vespera hizo una pausa, observando cómo el sol empezaba a teñir las nubes de un color púrpura.
—Pero... creo que, después de todo, sí me escuchó. Ha tomado la decisión de esperar. No habrá ataque, al menos por ahora.
Halvar se acomodó mejor, clavando su mirada en la de ella con una intensidad nueva.
—La ira debe haberle nublado la razón por completo. ¿Quién en su sano juicio no querría escucharte a ti? —soltó Halvar.
Vespera sintió un calor repentino que no tenía nada que ver con el sol de la tarde. Sonrió apenas, desviando la mirada hacia el horizonte para ocultar un ligero rubor.
—Solo cumplo con mi deber, Halvar. No puedo permitir que todo Zerakth se hunda solo porque el Rey tuvo un momento de arrebato.
—Y lo estás haciendo perfectamente —aseguró él.
Ambos se quedaron en silencio, pero esta vez era un silencio compartido, cómodo. Se miraron durante un largo rato, dejando que una sonrisa mutua sellara ese instante de paz en medio de tanta guerra.
En Zerakth, todos suspiraban con alivio, creyendo que las aguas finalmente se habían tranquilizado.
Sin embargo, al otro lado de las dunas, en los salones fríos de Valdoria, el plan para capturar a la consejera ya estaba en marcha, y la calma no era más que una ilusión.
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La madrugada envolvía a Zerakth en un manto de escarcha y silencio. Bajo la luz pálida de una luna que parecía juzgar desde lo alto, dos sombras vestidas de negro se materializaron al pie de los muros exteriores.
Los espías de Valdoria se movían con la fluidez de los espectros. Uno de ellos desenrolló una soga gruesa y, tras balancear el gancho con un ritmo hipnótico, lo lanzó hacia las almenas.
El clac metálico al morder la piedra resonó como un trueno en los oídos de los intrusos, pero el viento de la noche se encargó de dispersar el sonido. Tras tensar la cuerda dos veces, comenzaron el ascenso.
Una vez arriba, se agacharon para fundirse con las sombras de las almenas.
Sus ojos escanearon el patio inferior; la guardia era escasa, relajada por la falsa sensación de tregua que Dáreion había impuesto.
Los espías celebraron con una mirada silenciosa y bajaron las escaleras laterales, midiendo cada paso como si caminaran sobre cristales.