Cenizas de Valdoria

Capítulo 16

El amanecer en Zerakth no trajo luz, sino un caos gélido que recorrió la fortaleza como una corriente de aire viciado.

En el centro del patio, la espada de Valdoria permanecía clavada en la tierra, un desafío de acero que brillaba bajo el sol naciente. El Rey Dáreion había convocado a su ejército de inmediato, y la atmósfera estaba cargada de una tensión eléctrica.

Rhaegor permanecía a un costado, como una estatua de hierro; su rostro era una máscara de seriedad absoluta que no dejaba traslucir ni una pizca de emoción.

—Lo que ha ocurrido en la noche es una vergüenza —comenzó Dáreion, con una voz que vibraba con una molestia contenida—. Es una deshonra que mancha cada piedra de estas tierras.

Halvar, presente entre las filas, sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Sus ojos buscaban frenéticamente una túnica blanca que no aparecía por ninguna parte. Su corazón martilleaba con una fuerza dolorosa, negándose a aceptar el vacío que sentía en el pecho.

—¿Cómo es posible que esos infelices hayan cruzado nuestros muros como si caminaran por su propio jardín? —rugió Dáreion, barriendo a sus capitanes con la mirada.

Nadie se atrevió a romper el silencio, hasta que un guardia de la zona de aposentos dio un paso al frente, con la voz entrecortada.

—Señor... hemos terminado de registrar cada rincón. Nadie ha visto a Vespera. ¿Es posible que se la hayan llevado?

Halvar agachó la cabeza, apretando los párpados. La confirmación fue como una estocada.

—Es lo más probable —suspiró Dáreion, sentándose con una pesadez calculada—. Altheris sabe lo importante que es ella para la estrategia de este reino... y para mí.

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó otro soldado, el nerviosismo contagiándose entre las filas.

—Es obvio que esto es un mensaje —declaró el rey, entrelazando sus dedos—. Valdoria nos ha arrebatado a Vespera para humillarnos, para forzarnos a una reacción desesperada. Quieren que ataquemos sus muros sin pensar, cegados por la rabia. Pero no les daremos ese gusto. Mantendremos la calma.

Halvar sintió que el aire se volvía irrespirable. La frialdad de su soberano le resultaba insoportable.

—¿No vamos a ir a rescatarla? —soltó Halvar al fin, con una voz que temblaba por la mezcla de miedo y furia.

El silencio que siguió fue denso. Dáreion se inclinó hacia adelante, fijando sus ojos en el joven.

—Aún no. No podemos lanzarnos a lo loco contra sus murallas. Es mejor esperar a que ellos muevan la siguiente pieza.

—¿Esperar? —replicó Halvar, dando un paso al frente con una molestia que ya no podía ocultar—. Vespera me dijo que Zerakth jamás abandonaba a los suyos. ¿Acaso con ella el honor es distinto?

—Eres muy joven, muchacho —respondió Dáreion con una condescendencia gélida—. No entiendes nada de la guerra. En este momento, la vida de una consejera debe esperar si eso evita que Zerakth caiga en una emboscada fatal.

—¿Y qué nos asegura que no le harán daño mientras nosotros nos quedamos aquí de brazos cruzados? —escupió Halvar.

Sin esperar una respuesta que sabía que no le daría consuelo, Halvar dio media vuelta y abandonó el círculo de la charla, con el alma ardiendo de frustración.

Mientras tanto, en las sombras, Rhaegor seguía escuchando cada palabra, con la mirada fija en la espada enemiga clavada en el suelo, procesando el silencio del rey de una forma muy distinta.

---

Altheris descendía por las escaleras de piedra de la fortaleza principal mientras el primer rayo de sol hería el horizonte. El aire matutino era gélido, pero en su pecho ardía una satisfacción nueva. Al llegar al patio, hizo una seña rápida a uno de sus hombres.

—¿Dónde está la consejera? ¿Ha tenido éxito la operación? —preguntó Altheris sin preámbulos.

El soldado asintió con una reverencia tensa.

—Sí, mi señor. Los hombres que envió han cumplido. La mujer está bajo custodia. Voy por ella de inmediato.

Altheris se quedó esperando en el centro del patio. Sintió una mano firme posándose sobre su hombro; era Kaelen, quien se acercaba con una expresión de alivio que rara vez mostraba.

—La operación ha sido un éxito total, Rey —dijo el general.

—Me alegra escucharlo, Kaelen. Ahora, por primera vez, estamos un paso por delante de ellos.

Finalmente, dos guardias aparecieron escoltando a Vespera.

La sujetaban de los brazos con una firmeza innecesaria; su túnica blanca, antes impecable, estaba ahora manchada de polvo y barro, y su rostro mostraba las huellas del forcejeo nocturno.

Al llegar frente al Rey de Valdoria, los soldados la obligaron a detenerse. Vespera intentó zafarse con un último arranque de orgullo, pero la fuerza de los guardias era absoluta.

Altheris la miró directamente a los ojos, manteniendo un semblante serio.

—Vespera... quiero que sepas que esto no es nada personal contra ti.

Vespera le devolvió una mirada cargada de un desprecio que habría hecho retroceder a un hombre más débil.

—¿Por qué me has traído aquí? Solo has cometido un acto de cobardía pura —escupió ella—. Matarme no les devolverá ni una pizca del honor que han perdido.

—No nos equivoquemos. No vamos a matarte —replicó Altheris con calma—. Eres, simplemente, una pieza fundamental en el tablero que Dáreion ha decidido jugar.

Vespera guardó un silencio gélido por un instante, negándose a sostenerle la cara al hombre que había profanado su hogar.

—Han cometido un error fatal. El Rey Dáreion vendrá por ustedes y no dejará piedra sobre piedra en esta ciudad. Nadie se salvará de su furia.

En un gesto de rebeldía, Vespera escupió a los pies de uno de los soldados. El guardia hizo amago de golpearla, pero Altheris alzó la mano en una señal de calma inmediata.

—No tienes que comportarte de esa manera —dijo Altheris.

—Cállate. Eres despreciable —sentenció ella.

—No, Vespera. Tu rey lo es. Todo esto es por él. Yo jamás quise iniciar esta guerra, pero mientras Dáreion siga respirando, dudo que este conflicto encuentre su final.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 13.05.2026

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