Cenizas de Valdoria

Capítulo 17

La noche se cernía sobre Zerakth, espesa y cargada de una electricidad que ponía los vellos de punta. En el patio de armas, los soldados permanecían en sus puestos, antorcha en mano, esperando una orden de marcha que parecía no llegar nunca.

El silencio de la tropa era el presagio de una tormenta que no estallaría en el campo de batalla, sino en el corazón del palacio.

Rhaegor cruzó el umbral de la sala real con el paso pesado de quien ya no puede contener la indignación.

En el interior, el Rey Dáreion compartía una cena tranquila con algunos invitados, entre risas bajas y el tintineo de los cubiertos. Rhaegor se detuvo junto al marco de la puerta, una figura de hierro proyectando una sombra larga sobre el banquete.

—Señor —dijo, con una voz que cortó la alegría de la sala como un cuchillo.

Dáreion levantó la vista, sorprendido. Tras un gesto rápido para que sus invitados esperaran, se levantó y caminó hacia el general, tratando de mantener la compostura.

—¿Qué ocurre ahora, Rhaegor? —preguntó el soberano con una calma forzada.

—¿Cómo puede estar compartiendo una cena en un momento como este? —escupió Rhaegor, con la mandíbula tensa y una chispa de desprecio en los ojos.

Dáreion soltó una risa seca, casi incrédula.

—Rhaegor, me parece ingenuo que alguien con tu experiencia no lo entienda. Debemos ser pacientes. Debemos esperar, al menos hasta que pase la noche.

—No —sentenció Rhaegor. El tono fue tan definitivo que algo en la postura de Dáreion se desestabilizó.

—Hay que responder ahora mismo —continuó el general, dando un paso hacia el espacio personal del rey—. Está haciendo que toda Zerakth parezca una nación de cobardes. Somos una tierra de honor y de gloria, no un refugio para hombres que se esconden tras un plato de comida mientras su gente sufre.

Dáreion no respondió de inmediato. Retrocedió un paso, observando a su campeón como si viera a un extraño por primera vez.

—Vespera es el pilar de este reino —escupió Rhaegor—. Abandonarla es un acto de bajeza. Ella es valiente, una superviviente nata. Estoy seguro de que si cualquiera de nosotros hubiera sido capturado, ella ya estaría trazando una estrategia para rescatarnos, no estaría sentada cenando con hipócritas.

Dáreion endureció el gesto, y su voz bajó a un susurro peligroso.

—Rhaegor, te respeto y te aprecio, pero no te atrevas a cruzar la línea de la desobediencia. Soy tu rey.

Rhaegor lo miró fijamente, con una claridad gélida en la mirada que heló la sangre del soberano.

—Yo no te sirvo a ti —declaró con firmeza—. Yo sirvo a Zerakth.

Sin esperar permiso ni despedirse, Rhaegor dio media vuelta y abandonó la sala.

Sus botas resonaron con fuerza en el pasillo, dejando a Dáreion de pie, bajo la mirada confusa y asustada de sus invitados, mientras el poder de su corona parecía tambalearse bajo el peso de la verdad.

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Rhaegor caminaba con una determinación que hacía vibrar las piedras del patio. Se ajustó el casco con un movimiento seco, sintiendo el frío del metal contra su piel, y empuñó su lanza y su espada.

Cientos de soldados lo observaban en un silencio sepulcral, paralizados por la autoridad que emanaba de su figura.

El general montó su caballo de un salto y recorrió las filas con una mirada que quemaba más que el sol.

—El que quiera venir a buscar la gloria, que me siga —declaró Rhaegor, con una voz que cortó el aire como una hoja afilada—. Los débiles pueden quedarse a esperar el invierno tras estos muros.

—Pero... eso sería desobedecer las órdenes directas del Rey Dáreion —balbuceó un soldado desde la formación.

Rhaegor clavó sus ojos en el hombre, haciéndolo retroceder.

—Ese hombre ya no nos representa. Somos guerreros de gloria y honor, no cobardes que se esconden en la sombra mientras el enemigo se burla de nosotros.

El general escupió al suelo con desprecio.

—Valdoria profanó nuestro territorio y se llevó a la consejera. Es una humillación que exige sangre. Prefiero morir hoy peleando por el alma de Zerakth que vivir cien años como un cobarde.

En ese momento, el sonido de un casco se acercó lentamente desde la retaguardia. Era Halvar, quien avanzaba con la armadura ajustada y las armas listas para el combate. Su rostro reflejaba una resolución que ya no dejaba espacio para la duda.

—Yo iré contigo, Rhaegor —dijo el joven, sosteniéndole la mirada al gigante—. No puedo tolerar lo que le han hecho a Vespera. No voy a quedarme aquí mientras ella está en manos de Valdoria.

Rhaegor lo estudió durante unos segundos eternos. Finalmente, asintió con un gesto casi imperceptible de respeto.

Inspirados por las palabras del general, varios grupos de soldados rompieron filas, montaron sus caballos y se posicionaron detrás de su líder. Otros, sin embargo, permanecieron inmóviles, atrapados por el miedo a la represalia de su soberano.

Las pesadas puertas de Zerakth se abrieron de par en par. Rhaegor salió primero, galopando hacia el horizonte, seguido de cerca por Halvar y el contingente de rebeldes.

El silencio que quedó tras su partida fue absoluto; un silencio denso y cargado de una vergüenza invisible para los que se quedaron atrás.

En lo alto de la torre, el Rey Dáreion observaba la marcha. Una mirada gélida y de profunda decepción cruzó su rostro al ver cómo su mejor guerrero y su nuevo pupilo le daban la espalda, llevándose consigo el orgullo de su reino.

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La madrugada en Valdoria transcurría bajo una vigilancia férrea. La luz de las antorchas oscilaba nerviosamente en los pasillos, proyectando sombras que parecían retorcerse contra las paredes de piedra.

Altheris y Kaelen permanecían en lo alto de la muralla, escudriñando la oscuridad del horizonte.

—Es extraño... se han demorado demasiado —comentó Kaelen, ajustándose el cinturón de su espada.

—Tienes razón —respondió Altheris, con los ojos fijos en la negrura del desierto—. Es raro que un hombre tan impulsivo como Dáreion no haya aparecido todavía para reclamar lo que es suyo.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 13.05.2026

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