El galope de los caballos era un trueno rítmico que sacudía la arena bajo el manto de la noche.
Las antorchas, como lenguas de fuego desesperadas, marcaban el camino de una columna de guerreros liderada por la determinación de hierro de Rhaegor.
De pronto, el general alzó la mano y tiró de las riendas; su montura se detuvo en seco, levantando una nube de polvo plateado bajo la luna.
Rhaegor giró su caballo para encarar a sus hombres. Las sombras de su casco ocultaban sus ojos, pero su voz llegó con una claridad cortante a cada soldado.
—No podemos cargar de frente. Apenas unos cientos de metros nos separan de las murallas de Valdoria, y un ataque directo sería un suicidio innecesario —sentenció con firmeza.
Un murmullo de incertidumbre recorrió las filas. Los soldados se miraban entre sí, buscando una grieta en los muros impenetrables de Altheris.
Halvar, que se mantenía cerca del general, sintió el impulso de hablar, pero lo contuvo un instante, midiendo el peso de sus palabras. Finalmente, dio un paso al frente con su montura.
—Se me ocurre una forma —dijo Halvar.
Rhaegor y los veteranos clavaron sus miradas en él, una presión que habría hecho flaquear a cualquiera, pero el joven sostuvo el aire.
—Habla entonces —ordenó Rhaegor, con una impaciencia contenida.
—Conozco Valdoria mejor que nadie aquí. Ustedes lo saben —comenzó Halvar, y aunque un hilo de nerviosismo vibraba en su voz, su mirada era pura convicción—. Puedo adelantarme solo hasta la puerta principal. Me mostraré quebrado, arrepentido... les diré que mi tiempo en Zerakth fue un error y que deseo regresar al hogar.
El silencio se volvió denso mientras los hombres procesaban la idea.
—Ustedes aguardarán ocultos entre las sombras de las dunas —continuó el joven—. En el momento en que crean mi mentira y abran las puertas de par en par para recibirme, esa será la señal. Solo entonces atacaremos con todo lo que tenemos. Entraremos en Valdoria, rescataremos a Vespera y nuestra gloria quedará intacta ante los ojos del mundo.
Las antorchas crepitaban, iluminando los rostros curtidos de los soldados que esperaban la última palabra del líder. Rhaegor estudió a Halvar durante un tiempo que pareció eterno, reconociendo en el chico no solo valor, sino la frialdad necesaria para la guerra.
—Es una buena estrategia —aprobó Rhaegor con un asentimiento seco—. Esperaremos a que Valdoria muerda el anzuelo. Solo cuando esas puertas se abran, avanzaremos.
Halvar esbozó una sonrisa fugaz; sentir el respeto de un hombre como Rhaegor lo recargaba de una confianza eléctrica.
Con el plan trazado y el destino sellado, el contingente volvió a avanzar en silencio, deslizándose como una serpiente negra hacia las luces de Valdoria.
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La noche en Zerakth se negaba a dar tregua. Bajo la luz vacilante de las antorchas, el Rey Dáreion se alzaba frente a los hombres que habían elegido la seguridad de los muros sobre el riesgo de la batalla.
Su rostro era una máscara sombría de ira contenida, pero sus ojos delataban que su verdadera guerra no era contra Valdoria, sino contra el hombre que galopaba lejos de allí.
—Rhaegor me ha desobedecido —comenzó Dáreion, y su voz resonó con una dureza metálica—. Se ha llevado a un puñado de nuestros hombres en lo que no es más que una misión suicida. Al hacerlo, no solo ha ignorado mi mando, sino que ha traicionado la estabilidad de estas tierras.
Los soldados permanecían inmóviles, escuchando las palabras de su soberano, aunque el aire se sentía cargado de una duda colectiva.
—Rhaegor puede ser nuestro mejor guerrero y todos le guardamos respeto —continuó Dáreion, apretando los puños con fastidio—, pero no permitiré que su imprudencia nos hunda a todos. Si desea caminar hacia su propia tumba, que lo haga solo, pero ha arrastrado a otros a su locura.
Un veterano de las filas traseras alzó la voz, rompiendo el protocolo con una inseguridad que nacía de la lealtad al general.
—Señor... con el debido respeto, Rhaegor no obligó a nadie. Los soldados lo siguieron por voluntad propia. Hay hombres que no pueden resistirse al llamado de la gloria cuando su patria es humillada.
Dáreion clavó su mirada en el soldado, silenciándolo al instante.
—Los arrastró con un discurso sedicioso. Sin embargo, no toleraré tal insubordinación. Quiero que se preparen: si Rhaegor regresa de Valdoria, será castigado como merece.
Un murmullo de indignación recorrió el patio. Los hombres se miraron entre sí, incrédulos.
—¿Está seguro, Majestad? —preguntó otro soldado, sin ocultar su asombro—. ¿Castigar a nuestra mayor leyenda justo cuando regresa de pelear por el honor de Zerakth?
—Así es —sentenció Dáreion, dándose media vuelta con una frialdad absoluta—. Recibirá el castigo de los traidores. Permanecerá en el calabozo hasta que se arrepienta de haberme desafiado y de haber puesto en riesgo el futuro de este reino.
Sin añadir una palabra más, el rey se retiró hacia sus aposentos privados, buscando un descanso que su conciencia difícilmente le daría.
En cuanto las puertas se cerraron tras él, el patio estalló en un hervidero de murmullos.
La lealtad de Zerakth estaba dividida: mientras unos temían la ira del rey, otros no podían concebir que su mayor héroe fuera recibido con cadenas en lugar de laureles.
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El silencio de la noche era una sábana pesada que solo se rasgaba con el rítmico golpeteo de los cascos del caballo de Halvar.
Solo, con la luz vacilante de una antorcha proyectando sombras alargadas sobre la arena, el joven se aproximó a los imponentes muros de Valdoria.
En lo alto, un arquero reaccionó con la precisión de un depredador; el arco crujió al tensarse y una flecha de punta de acero apuntó directamente al pecho del jinete.
Halvar sintió el frío de la muerte acechándolo. Tragó saliva, luchando por mantener su pulso firme, y alzó una mano temblorosa en señal de rendición.