Cenizas de Valdoria

Capítulo 19

La furia de Zerakth cayó sobre Valdoria como un alud de acero y fuego. A los defensores no les dio tiempo ni a maldecir; el estruendo de los cascos de los caballos ya retumbaba en el corazón de la entrada.

—¡¡ATAQUEN!! —rugió Rhaegor, manteniéndose firme sobre su montura en el umbral de las puertas, funcionando como un ancla mientras sus hombres se filtraban en la ciudad como una marea negra.

La calma de la noche fue erradicada por un caos absoluto: el chirrido del metal chocando, los alaridos de guerra y el sonido sordo de los cuerpos que caían al suelo de piedra.

En las entrañas de la fortaleza, Vespera se puso de pie de un salto, aferrándose a los fríos barrotes de su celda. Sus ojos brillaron con una chispa de esperanza salvaje.

—Están aquí... —susurró, sintiendo las vibraciones de la batalla en las paredes.

El guardia que la custodiaba la ignoró por completo, desenvainando su espada y corriendo escaleras arriba para unirse a la carnicería.

En el patio, Altheris se vio obligado a soltar a Halvar. Ya no había espacio para reconciliaciones; solo quedaba el instinto de supervivencia.

El rey de Valdoria se lanzó al combate para intentar salvar su ciudad, perdiendo de vista al joven en medio del torbellino de hombres.

Halvar no perdió un segundo. Se movió con la agilidad de una sombra por los pasillos que conocía de memoria, deslizándose entre los combatientes como una rata entre gigantes. Nadie reparaba en él; todos estaban demasiado ocupados intentando no morir.

Mientras tanto, Rhaegor era un faro de destrucción en el patio. De pronto, se detuvo en seco al notar que sus hombres caían bajo una lluvia de flechas proveniente de las murallas.

Un proyectil silbó directamente hacia su cabeza; con un movimiento instintivo, alzó el escudo y la flecha quedó vibrando en la madera reforzada.

Sin inmutarse, Rhaegor tomó su lanza, giró sobre su eje con una potencia inhumana y la arrojó. El arma cruzó el aire y atravesó el hombro del arquero, quien se precipitó al vacío desde lo alto del muro, cayendo como un fardo de ropa vieja.

Halvar llegó finalmente a la zona de las celdas, con la respiración entrecortada y la adrenalina quemándole las venas.

—¡Vespera! ¡Estás bien! ¡Gracias a los dioses! —exclamó al verla.

—Viniste... —respondió ella, con la voz quebrada.

Sus ojos se clavaron en él, reconociendo que, en medio de la política de reyes y generales, solo Halvar había descendido a la oscuridad para buscarla.

—Claro que vine. Vinimos por ti —respondió él, buscando desesperadamente con la mirada.

—¡Las llaves! El guardia las dejó por ahí —señaló Vespera con urgencia.

Halvar las arrebató de un gancho en la pared y, con las manos temblorosas por la tensión, encajó la llave en la cerradura.

El chirrido del hierro al abrirse fue el sonido más dulce que Vespera había escuchado jamás. Salió de la celda y se fundió en un abrazo desesperado con Halvar, quien la sostuvo con una firmeza que prometía protección eterna.

Se miraron a los ojos durante un segundo eterno, un instante de paz en medio del infierno.

—Vamos —dijo Halvar, recuperando la compostura—. No hay tiempo que perder. Tenemos que salir de aquí.

Ambos corrieron hacia las escaleras, preparándose para ascender directamente hacia el corazón del caos.

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La carnicería en los niveles superiores no conocía descanso. Rhaegor, moviéndose con la frialdad de un verdugo, puso su bota sobre el pecho del arquero caído y, con un tirón seco y brutal, recuperó su lanza del hombro del hombre.

Mientras tanto, en los pasillos internos, Halvar emergía de las sombras de las celdas sujetando con fuerza la mano de Vespera.

—¡Por aquí, no te sueltes! —gritó Halvar, guiándola a través del laberinto de piedra. Sentía el pulso tronando en sus oídos, una mezcla de adrenalina y terror puro.

De pronto, un guardia de Valdoria bloqueó el camino, con los ojos inyectados en sangre al reconocer al joven.

—¡Halvar, maldito traidor! ¿Qué crees que haces con la prisionera? —gruñó el soldado, lanzándose al ataque.

Halvar soltó a Vespera y desenvainó su acero. El choque del metal resonó en el pasillo estrecho mientras Halvar luchaba con una ferocidad que no sabía que poseía, bloqueando estocadas y buscando un hueco en la defensa enemiga.

Vespera, lejos de amedrentarse, buscó desesperadamente con la mirada cualquier arma caída; no pensaba ser una carga.

Desde las sombras de un arco, Naerys observaba la escena con el corazón roto. Ver a Halvar, a quien consideraba un hermano de armas, escoltando a la enemiga de su prometido fue el golpe final.

Cuando Vespera se agachó para alcanzar una espada en el suelo, Naerys emergió como un espectro y se lanzó sobre ella.

Ambas cayeron al suelo en un torbellino de túnicas y forcejeos.

—¡Déjame! ¡Suéltame! —gritaba Vespera, pero la futura reina de Valdoria estaba cegada por la ira y la lealtad.

Halvar, atrapado en su propio duelo de vida o muerte, miraba de reojo cómo Naerys derribaba a Vespera una y otra vez.

Vespera logró zafarse un instante, pero Naerys la sujetó del tobillo, derribándola de bruces contra la piedra.

En un movimiento rápido, Naerys extrajo una daga oculta y lanzó un tajo desesperado que encontró la carne del brazo de Vespera. El grito de dolor de la consejera desgarró el aire.

Ese sonido transformó a Halvar. Con un rugido de rabia, lanzó una estocada final que atravesó el estómago de su oponente. Retiró el acero con un giro violento y dejó que el cuerpo del guardia se desplomara.

Jadeando, se giró hacia las mujeres: Vespera presionaba su brazo ensangrentado mientras Naerys se alzaba sobre ella, lista para asestar el golpe de gracia con la daga en alto.

Halvar se movió más rápido que el pensamiento. Se posicionó detrás de Naerys, atrapó su brazo con una fuerza que hizo crujir los huesos y la obligó a soltar la daga. Al mismo tiempo, apoyó la punta de su espada ensangrentada contra la espalda de Naerys.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 13.05.2026

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