La primera línea de luz empezaba a morder el horizonte, tiñendo el cielo de un azul profundo y frío.
A mitad de camino entre las dos naciones, el pequeño contingente de Zerakth detuvo su marcha. El desierto, indiferente a la sangre derramada, los recibía con un viento seco que enfriaba el sudor en sus frentes.
Rhaegor tiró de las riendas y descendió de su montura. Se volvió hacia sus hombres, con los ojos cansados pero manteniendo la espalda recta como una columna de mármol.
—Hoy, la gloria caminó a nuestro lado —declaró, mientras empezaba a despojarse de las piezas de su armadura con movimientos lentos—. Y la traemos de vuelta a casa, donde pertenece.
A unos pasos, Vespera ayudó a Halvar a bajar del caballo. El joven aterrizó con un quejido ahogado, arrastrando la pierna herida por la arena. Rhaegor se sentó junto a sus hombres, quedando con el torso descubierto para permitir que su piel respirara tras horas bajo el acero hirviente.
Halvar se dejó caer sobre la arena, su armadura manchada de sangre seca y polvo. Vespera, sin dudarlo, tomó un extremo de su propia túnica blanca con los dientes y arrancó un trozo de tela con un tirón seco.
—No... no hace falta. Ya me siento mejor —murmuró Halvar, aunque su voz temblaba y el sudor frío perlaba su frente.
Vespera se detuvo a mitad de camino con la venda improvisada en la mano y lo miró con una mezcla de severidad y ternura.
—No digas estupideces, Halvar. Esto evitará que te desangres antes de cruzar la frontera —insistió.
Halvar suspiró, cerrando los ojos y permitiendo que ella trabajara. Mientras Vespera enrollaba la tela blanca —ahora manchada de rojo— alrededor de su muslo, el joven clavó su mirada en el brazo de la consejera.
—¿Y tú? ¿Cómo estás de tu herida? —preguntó, con una preocupación que superaba su propio dolor.
—No es nada —respondió ella sin levantar la vista, terminando el nudo del vendaje—. Estoy bien.
Halvar se incorporó apenas, acercándose a ella con un gesto protector.
—No me mientas. Vi el tajo que te hizo Naerys; es profundo. En cuanto crucemos las puertas de Zerakth, pediré que te curen de inmediato. Es una promesa.
Vespera lo miró fijamente, asintiendo en silencio mientras una conexión invisible se sellaba entre ambos. Se mantuvieron así un instante, dos náufragos de una guerra que parecía no terminar.
De pronto, el crujido del metal rompió el momento. Rhaegor ya estaba de pie, ajustándose de nuevo las correas de su coraza.
—Es hora de regresar. ¡Arriba! —ordenó con su voz de mando habitual.
Los soldados obedecieron, moviéndose con la rigidez de los cuerpos agotados. Halvar, conteniendo un grito de dolor, logró subir a la montura con una renguera evidente. Una vez arriba, extendió su mano hacia Vespera, ayudándola a subir tras él.
Los sobrevivientes de Zerakth reanudaron la marcha, avanzando hacia el horizonte donde sus tierras los esperaban, ignorando que el recibimiento de su Rey podría ser más frío que la noche que acababan de dejar atrás.
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El sol comenzó a despuntar sobre el horizonte, bañando las tierras de Valdoria con una luz dorada que contrastaba cruelmente con la desolación del patio.
El silencio era absoluto, roto solo por el sonido rítmico de las palas golpeando la tierra seca. Los sobrevivientes, con los rostros tiznados de ceniza y sangre, enterraban a sus hermanos en una procesión de sombras.
Altheris permanecía de pie, observando cada cuerpo que descendía a la fosa. Su mirada era una máscara de seriedad, pero en el fondo de sus ojos se percibía una fractura profunda, una grieta que amenazaba con desmoronar su espíritu.
Naerys se acercó con paso silencioso y se colocó a su lado. El rey giró la cabeza; sus ojos estaban apagados, como si la llama que lo guiaba se hubiera extinguido con la última vida perdida en la batalla.
Ella buscó consuelo recostando la cabeza en su hombro, y Altheris la rodeó apenas con un brazo, frotando su espalda con un movimiento mecánico, casi ausente.
—No he sido un buen rey —murmuró Altheris, y su voz sonó como el crujir de madera seca.
Naerys se despegó de él, desconcertada por la amargura de sus palabras.
—He dejado caer a mis hombres por culpa de mi propia ignorancia —continuó él, fijando su vista en ella—. Creí que el arrepentimiento de Halvar era genuino, me dejé cegar por la nostalgia... y por ese error casi lo pierdo todo. Pude haberte perdido a ti, Naerys.
Altheris tragó saliva, sintiendo el peso del fracaso en la garganta.
—Gracias a los dioses que no fue así. Pero me temo que siempre seré solo una sombra de mi padre. Valtherion sí era un rey excepcional; él nunca habría permitido que su propio corazón lo traicionara de esta manera.
Naerys extendió sus manos y acunó el rostro de Altheris con una suavidad que parecía la única cosa intacta en todo el reino.
—Eso no es cierto, Altheris. Un hombre noble lo es hasta en sus errores. Los demás quizá no entiendan que el verdadero honor no está solo en la victoria, sino en mantener la bondad en un mundo de lobos. Tu respeto hacia tus rivales y tu piedad hacia los tuyos es lo que te hace diferente, no lo que te hace débil.
Altheris la miró, pero la derrota seguía grabada en las líneas de su rostro.
No respondió. Ambos permanecieron allí, inmóviles bajo el sol naciente, observando la trágica silueta del nuevo cementerio de Valdoria, un recordatorio de piedra y tierra de que la guerra no entiende de buenas intenciones.
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El sol de la mañana bañaba finalmente las murallas de Zerakth, proyectando una luz dorada sobre el pequeño y magullado ejército que emergía del desierto.
Vespera, sentada tras Halvar, se apoyaba contra su espalda, buscando un apoyo que iba más allá de lo físico.
—Ya falta poco —murmuró la consejera, su voz casi un susurro arrastrado por el viento.
—Sí —respondió Halvar, apretando las riendas—. Solo quiero que te curen. Verte con ese brazo manchado de sangre seca es una tortura para mi estado de ánimo.