La tarde se desplomó sobre Zerakth con un aire denso y extraño. A pesar de la victoria conseguida contra Valdoria, no se escuchaban fanfarrias ni vítores; solo un silencio sepulcral que alimentaba la confusión en las calles de piedra. La gloria se sentía como una herida abierta.
En la penumbra de los aposentos, el ambiente era muy distinto. Vespera descansaba en su cama, con el brazo herido ya limpio y envuelto en vendajes profesionales. A su lado, Halvar permanecía sentado, observándola con una satisfacción que borraba cualquier rastro de fatiga de su rostro.
—Te dije que estarías bien —murmuró Halvar, rompiendo el silencio con una suavidad inusual.
Vespera bajó la mirada hacia su brazo y luego lo miró a él.
—Gracias por insistir en que me curaran... pero tú también debes dejarte atender por los médicos. Esa pierna necesita más que un trozo de tela —dijo ella, señalando el vendaje improvisado que aún cubría la herida del joven.
—No hace falta —respondió él con una sonrisa que iluminó sus ojos—. Créeme, tener tu túnica envolviendo mi herida es medicina suficiente para mí.
Un rubor repentino tiñó las mejillas de la consejera, quien desvió la vista por un instante.
—El Rey Dáreion debería estar celebrando esto... no entiendo por qué insiste en castigar a Rhaegor —comentó ella, llevando una mano a su rostro con preocupación.
—Yo me pregunto lo mismo. Aunque quizá solo sea un rumor infundado —dijo Halvar, tratando de restarle importancia para no angustiarla más.
Vespera tragó saliva, sintiendo una opresión en el pecho.
—No lo sé, Halvar. Siento a Zerakth distinta. Normalmente, tras una victoria, el palacio vibra de alegría. ¿Por qué esta vez todo se siente tan sombrío?
—Tranquila —dijo él, acercándose un poco más—. No pensemos en eso ahora. Disfrutemos de este momento. A mí no me interesa lo que piense el Rey; lo único que me importa es que estás a salvo y aquí conmigo.
Ambos se sumergieron en una mirada intensa que pareció detener el tiempo. Lentamente, Halvar deslizó su mano sobre las sábanas hasta que sus dedos ásperos y curtidos por la espada rozaron la piel cálida y suave de Vespera.
Ella sintió el contacto como una descarga eléctrica que disparó su pulso.
—Sabes... yo... yo nunca antes... —balbuceó Vespera, sintiendo que las palabras se le escapaban.
Halvar la escuchaba con absoluta atención, inclinado hacia ella, cuando de pronto el estruendo de la puerta al abrirse de golpe destrozó la atmósfera.
Dos guardias irrumpieron en la habitación con una brusquedad violenta. Antes de que pudieran reaccionar, los soldados sujetaron a Halvar por los hombros y lo levantaron con fuerza.
—¡Arriba! Quedas detenido —sentenció uno de los guardias, forzando los brazos de Halvar detrás de su espalda.
Vespera se incorporó bruscamente, con el rostro pálido por la sorpresa.
—¿Qué? ¿Qué están haciendo? —gritó.
—¡Suéltenme! —rugió Halvar, intentando zafarse.
—Este hombre queda bajo arresto por desobediencia directa al Rey —declaró el soldado con frialdad—. Todos los que marcharon con Rhaegor sufrirán el mismo destino.
Halvar soltó un quejido de dolor cuando lo obligaron a caminar, forzando su pierna herida.
Vespera saltó de la cama y corrió tras ellos, sujetando al guardia por el hombro para detenerlo.
—¡Déjenlo! ¡Basta! —suplicó.
El soldado se giró y le dio un empujón seco que hizo que Vespera retrocediera varios pasos.
—No se meta en los asuntos del Rey, consejera —advirtió antes de arrastrar a Halvar fuera de la habitación.
Halvar sintió una furia ardiente al ver cómo trataban a Vespera, pero la debilidad de su cuerpo le impidió luchar.
Vespera se quedó de pie en medio de la habitación vacía, con el corazón en la boca y los ojos fijos en la puerta por la que acababan de llevarse a su luz en la oscuridad.
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Vespera irrumpió en la gran sala del trono con un paso apresurado que traicionaba su fatiga física.
En el centro del salón, el Rey Dáreion discutía asuntos de estado con un círculo de oficiales; el murmullo de las voces se extinguió en el acto cuando todos los presentes desviaron la mirada hacia la consejera.
—Señor, ¿qué es lo que está haciendo? —demandó Vespera. Su voz, aunque teñida de confusión, cortó el aire con la autoridad de quien ha regresado del abismo.
Dáreion hizo un gesto imperceptible a sus guardias. Estos se retiraron en un silencio tenso, dejando a los dos soberanos de la estrategia frente a frente.
El rey se acercó a ella con una parsimonia estudiada y extendió sus manos para acunar el rostro de Vespera, fingiendo una calidez que ya no convencía a nadie.
—Vespera... es un alivio verte de nuevo —murmuró él con tono paternal—. Es vital para mí tenerte de regreso en estas tierras.
Vespera no se dejó seducir por el gesto. Con un movimiento rápido y seco, apartó las manos del rey de su cara.
—Este no es el momento para protocolos, Rey —escupió ella—. Quiero saber por qué está enviando a las celdas a los mismos hombres que trajeron la victoria desde Valdoria. No es justo, y usted lo sabe mejor que nadie.
El rostro de Dáreion se transformó. La máscara de preocupación se desvaneció para dar paso a una expresión sombría y gélida que endureció sus facciones.
—Ah, así que se trata de eso —dijo, dando un paso atrás—. Esto no es una injusticia, Vespera; es una corrección. No puedo permitir que mis propios hombres ignoren mi autoridad y actúen por cuenta propia. Sí, trajeron una victoria, pero lo hicieron de una forma que deshonra el mando que yo represento.
Un silencio denso, cargado de una tensión eléctrica, cayó sobre la sala.
—Señor, creo que su ego está nublando su juicio —replicó ella con una valentía que rozaba la insensatez—. En lugar de castigarlos, debería estar en el patio honrando a los que dieron la vida por salvarme.
Dáreion le dio la espalda, caminando con paso firme hacia su trono de piedra.