Cenizas de Valdoria

Capítulo 22

El sol comenzaba a hundirse tras las dunas, proyectando sombras alargadas que devoraban la luz de Zerakth.

En las profundidades de la fortaleza, Halvar se encontraba hacinado junto a sus compañeros en una celda estrecha. El aire era pesado, cargado con el olor a sudor y la amargura de una victoria que se había transformado en cenizas.

—Esto es una injusticia —masculló Halvar, apretando los barrotes hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

—Jamás imaginé que nuestro propio soberano nos pagaría así —añadió un veterano a su lado, con la mirada perdida en el suelo de piedra—. Le entregamos el honor de Valdoria y él nos entrega cadenas.

Un silencio espeso se apoderó del lugar mientras la oscuridad ganaba terreno.

—¿Cuál será nuestro destino? No puedo aceptar que este sea el final —murmuró Halvar, casi para sí mismo.

—Habrá que esperar a ver qué decide el trono —respondió un soldado cercano—. Pero fíjate en algo: el único que aún no ha sido arrastrado a estas celdas es Rhaegor.

Halvar alzó la vista y una chispa de esperanza, salvaje y eléctrica, brilló en sus ojos.

—Tienes razón. Rhaegor no está aquí.

—Conozco al general desde hace años —continuó el soldado—. Te aseguro que no permitirá que lo enjaulen. Preferiría que el suelo bebiera su sangre antes que someterse a este encierro.

—Estará furioso... —reflexionó Halvar—. Después de haber manchado su acero por esta tierra, recibir este desprecio...

Halvar volvió a mirar hacia la oscuridad del pasillo.

—Volveré por ti, Vespera —susurró a la nada, como una promesa grabada en hierro.

De pronto, el eco de unos pasos pesados y metálicos hizo que todos los prisioneros se pusieran en pie.

Rhaegor emergió de las sombras, con un rostro despojado de toda emoción, como una tormenta que avanza en silencio. Los carceleros reaccionaron de inmediato, rodeándolo con las lanzas en alto, aunque sus manos temblaban.

—¡Detente, Rhaegor! —ordenó un guardia con voz trémula—. Tú también perteneces a esas celdas por orden del Rey.

Rhaegor dejó escapar una sonrisa retorcida que no llegó a sus ojos.

—Supongo que tienes razón. Pero mi espada ha decidido que hoy no será el día en que cumplan su trabajo.

Los soldados retrocedieron ante su mirada depredadora.

—¿Cómo pueden seguir las órdenes de un hombre que los desprecia? —escupió Rhaegor—. Cuando caigan, no habrá gloria para ustedes. Solo miseria y el olvido de un rey que no valora sus vidas.

El general levantó su acero, que aún conservaba restos de la batalla anterior.

—Trajimos la gloria de vuelta y así es como se recibe a los héroes. No se engañen: cuando ustedes dejen de ser útiles, les recibirá con el mismo frío acero.

Un silencio sepulcral cayó sobre los guardias. Se miraron entre sí, y la duda empezó a resquebrajar su disciplina.

—Rhaegor tiene razón... —admitió uno de ellos, bajando la lanza—. Yo no quería hacer esto, solo sigo órdenes.

Sin esperar respuesta, Rhaegor avanzó. Los guardias, paralizados por su autoridad y la verdad de sus palabras, se hicieron a un lado, permitiéndole el paso como si fuera el mismo Dios Valtherion.

El general llegó a las rejas, arrebató las llaves de un gancho y, con un movimiento cargado de una furia contenida, abrió las cerraduras.

La puerta chirrió al ceder. Los guerreros salieron en masa, y un grito de guerra contenido estalló en el sótano.

—¡¡RHAEGOR!! —rugían los hombres mientras recuperaban su libertad.

Halvar salió lentamente, apoyándose en la pared debido a su pierna herida. Sus ojos se clavaron en el general; la forma en que Rhaegor se movía, con una letalidad y una autoridad que no necesitaban corona, lo dejó sin aliento.

Sin pronunciar una sola palabra de agradecimiento o consuelo, Rhaegor dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras hacia el corazón del palacio. La verdadera batalla por Zerakth acababa de comenzar.

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Halvar terminó de subir el último peldaño de la escalera, apoyando todo su peso contra la pared de piedra. Cada centímetro ganado era una batalla contra el dolor punzante de su pierna, pero al emerger al patio, el aire fresco le devolvió el aliento.

Se detuvo en seco, asombrado: el silencio sepulcral de la tarde había sido reemplazado por un estallido de júbilo. Los habitantes de Zerakth, al ver a sus guerreros libres, celebraban en las calles, reconociendo a sus verdaderos héroes por encima de los decretos reales.

En medio del tumulto de soldados y civiles, Vespera buscaba desesperadamente una silueta entre la multitud. Cuando sus ojos se encontraron con los de Halvar, ella se lanzó hacia él como una flecha.

Halvar frunció el ceño por el esfuerzo, pero la sonrisa que iluminó su rostro fue genuina al verla acercarse. Vespera llegó a él sin aliento y acunó su rostro con manos temblorosas.

—Halvar... ¿estás bien? —preguntó ella, con la voz cargada de una urgencia eléctrica.

—Sí, estoy bien —respondió él, cubriendo las manos de ella con las suyas—. ¿Y tú? Vi cómo te trataron esos guardias cuando me llevaron... ¿te hicieron daño?

—No fue nada, no importa —dijo ella apresuradamente, aunque sus ojos delataban un nerviosismo profundo.

Halvar la atrajo hacia sí en un abrazo protector. Vespera hundió el rostro en su pecho, sintiendo el latido acelerado de un hombre que había cruzado el infierno por ella.

—No sé qué va a pasar ahora —confesó ella en un susurro—. Rhaegor se dirige a la sala del trono... tengo miedo de lo que pueda desatarse allí arriba. ¿Y si Rhaegor mata a Dáreion?

Halvar se separó apenas para buscar su mirada, sosteniéndola con una seriedad gélida.

—Tranquila. Todo va a estar bien. No malgastes tu preocupación por la vida de un soberano que desprecia a quienes lo mantienen en el trono.

Vespera tragó saliva, procesando el peso de esas palabras.

—Sé que es duro pensar en la muerte de tu rey —continuó Halvar—, pero a Dáreion esa corona le queda demasiado grande. Recuerda esto, Vespera: él no movió un dedo mientras estabas cautiva en Valdoria. Rhaegor, los soldados y yo... nosotros fuimos los que sangramos por ti.



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En el texto hay: guerra epica, antiguedad, épica histórica

Editado: 13.05.2026

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