Corazones de Papel

Capítulo 2

Charlotte Ashford

​—... Y como no podía decidir qué prenda comprar, simplemente le pedí a papá que comprara toda la tienda.

​Una carcajada aguda y descontrolada estalló en nuestra mesa. El grupo entero comenzó a reír de forma ruidosa y exagerada, como si la anécdota fuese la obra maestra del humor contada jamás. Sus voces, chillonas y huecas, resonaron con fuerza por todo el restaurante, causando que las miradas de los camareros y, peor aún, de los demás clientes, se posaran sobre nosotras con una mezcla de curiosidad e irritación.

​Forcé una risa débil y de mala gana para disimular el aburrimiento que sentía. Eran las seis de la mañana, Si; la hora donde el clima es perfecto para dormir. Y ahí estaba yo, atrapada en un desayuno forzoso con un grupo de niñas mimadas y malcriadas, a las que mi madre me había obligado a llamar "amigas". Las conocía, sí; desde que era una niña nos encontrábamos en las mismas reuniones sociales, en las cenas familiares organizadas por nuestros padres, en fiestas de cumpleaños y eventos benéficos... pero nunca habíamos sido amigas. Éramos un grupo por obligación, no por elección.

​Britanye, mi prima, la gran comediante, fue la primera en controlar su risa. Tomó con delicadeza un sorbo de su té de manzanilla, que a esas horas parecía más una declaración de superioridad que una bebida, y giró su rostro hacia mí.

​— Charlotte, nena, me alegra mucho que ya vayas a entrar a la universidad. Cuando quieras puedo ayudarte con lo que sea que necesites. Solo llámame —dijo, con una sonrisa demasiado dulce para ser sincera.

​— Tan amable, Britanye. Lo tendré muy en cuenta —respondí con el mismo nivel de falsa cortesía, bebiendo de mi propio zumo de naranja para evitar mirar a sus ojos.

​— Sí... y, por cierto, ¿Qué vas a estudiar?

Reconocí ese tono al instante. Era un tono inquietante y bajo, un ataque camuflado. No era una pregunta; era una invitación a la crítica.
​Sus ojos, de un azul eléctrico me analizaban completamente, viajando desde mi peinado hasta la punta de mis zapatos.

¿Porqué todos hacían esa pregunta?

Estaba segura de que no buscaba una respuesta interesante, sino cualquier cosa que pudiera criticar o menospreciar para convertirlo en el nuevo motivo de burla de la temporada.
No es algo nuevo en ella, entre mi madre y la suya habían creado una rivalidad absurda para ver cuál de sus hijas sobresalía más. Afortunadamente esa plaga no me alcanzó, pero no podía decir lo mismo de Britanye.

Acomode mi cabello, detrás de mis orejas y solté un suspiro, más por el cansancio que por la situación en sí. Ayer casi no había podido dormir y para mi mala suerte mi madre se había encargado de rellenar mi horario con actividades para que “el país viera que estoy cumpliendo”. No sé ni por qué me sorprendo, mi madre parece ignorar el significado de la palabra vergüenza.

— Bueno... — suspire —. Está algo que estamos discutiendo mis padres y yo.

No estábamos discutiendo nada. Yo ya sabía que quería estudiar; el problema era que los planes de mi padre eran completamente diferentes. Él quería que estudiara administración de empresas: la única de la familia con “potencial” para dirigir los negocios en el futuro. ¿Qué quería yo? Arte, sin duda. ¿Cómo decir eso sin provocar que alguien muera? Imposible.

— Ya veo... — murmuró — No importa, sigues teniendo tiempo, a mi también me costó. A todas, ¿no es así?

Todas en la mesa asistieron roboticamente, solía ser asi, la mamá gallina habla y las demas solo la siguen.

— ¿Ves? Así que puedes tomártelo con calma. Igual, si quieres un consejo podría decirte que siempre vayas a lo seguro. No es problema para ti eso, solo mira quién es tu padre.

El resto de la mañana fue exactamente igual. Palabras decoradas, risas escandalosas y presumir todo el dinero que por supuesto ninguna se había ganado.

Apenas terminé todo, salí casi corriendo de allí. Tan rápido como si mi vida dependiera de ello. Quería ir a casa y descansar todo lo posible; esta noche debía asistir a una cena de la empresa de papá, y no quería estar muriéndome de sueño mientras fingía una sonrisa.

Subí al auto y me senté en el puesto del copiloto, como siempre, aunque mi madre insistía en que no debía igualar mi “estatus” al de Carlo. Como si el lugar en el que te sientas en un coche definiera quién eres. Yo, por supuesto, hacía caso omiso a esas ridiculeces.

—Te compré un café. Supuse que no tomaste nada caliente esta mañana —dijo Carlo, pasándome un vaso de café humeante.

Dios, realmente amo a este hombre. Deberían existir más como él.

Le sonreí agradecida. —Ni en un millón de años podría pagar todo lo que haces por mí.

Él también sonrió. —Tus padres ya me pagan, nena. Un dineral.

Estallé en una carcajada; su tono causó la primera risa sincera del día.

—¿Así que solo haces esto porque mis padres te pagan? Qué triste. Pensé que teníamos una hermosa amistad.

—La tenemos —rodó los ojos, intentando ocultar su risa—. Pero eso no me da de comer. ¿Te llevo a casa?

—No, primero iré al centro. Esta noche tengo una cena y necesito comprar ropa.

Mandatos de Lauren, no me juzgues. Tengo prohibido repetir atuendo en eventos públicos. Por eso, cada vez que hay una reunión, debo comprar algo nuevo: acorde a la ocasión, caro y lo bastante exclusivo como para asegurarme de que ninguna otra chica lleve algo similar. Absurdo y excesivo, lo sé. Podría negarme… pero no lo hago.

Fuimos directamente a Bond Street, aunque lo último que quería era pasar la tarde probándome vestidos imposibles.

Entré a Dior, porque mamá confía en esa casa casi tanto como en el protocolo. Al final, elegí un vestido largo de seda color marfil. Simple, pero con esos detalles que la gente nota: tirantes finos, caída suave y un brillo discreto en los bordes. La vendedora aseguró que era de Haute Couture, lo que probablemente significaba que costaba más que mi coche.




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