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Cuarenta Semanas

SEMANA 1

Catherine

Miré el test.

El test me miró a mí.

Bueno, no lo hizo realmente, pero lo sentí de aquella forma. Las caritas sonrientes me contemplaban como si fueran a abalanzarse sobre mí en cualquier momento. Apoyé la espalda contra los fríos azulejos de la pared del cuarto de baño mientras cerraba los ojos.

—Esto no puede estar pasándome —musité con un hilo de voz.

Instintivamente, descansé la palma de mi mano sobre mi vientre plano. Una nueva vida crecía en mi interior, y yo no podía hacer nada para evitarlo. Bueno, sí que estaba en mis manos el poder para ponerle fin, sin embargo, era una idea más descabellada que la actual situación. Deseé que la oscuridad me engullera durante los próximos nueve meses, pues, ¿cómo continuaría en la universidad con una barriga que aumentaría de tamaño semana tras semana? ¿Qué pensarían de mí?

—¿Qué pone? —Alexia insistió desde el otro lado de la puerta.

No pude responderle debido al estado de shock en el que me hallaba. Lo único en lo que podía pensar era que estaba embarazada con apenas 17 años de edad. ¿Cómo saldría hacia delante? Aparté los mechones cobrizos que cubrían mi frente y los deslicé hacia atrás de las orejas. Todavía recordaba cómo este desastre había sucedido, hace exactamente nueve días:

Se trataba de la fiesta de compromiso del célebre Dimitri Ivanov, el principal heredero de la industria Ivanov’s House of Cars1. Su padre le había cedido una importante cifra de capital con el fin de que festejara por todo lo alto sus últimos días como un joven alocado y sin compromisos en la vida. A pesar de que estaba a punto de cumplir los 28 años, Dimitri seguía comportándose como un adolescente de apenas 19. ¿El motivo? Dimitri odiaba recibir órdenes y conforme aumentaban las cifras de la edad, también lo hacían las responsabilidades.

Esa noche yo trabajaba para él a petición de mis queridas amigas, Alexia y Svetlana. El principal motivo fue el dinero: precisaba de él para pagar el segundo cuatrimestre del primer año de universidad —mis notas me habían permitido adelantar un año de instituto—. A pesar de mis calificaciones tan buenas, la beca otorgada por el Gobierno no era suficiente como para cubrir todos los gastos.

—No entiendo cómo lograste convencerme —refunfuñé al mismo tiempo que aplicaba más brillo dorado sobre la piel desnuda de mis brazos.

—Es una ocasión única y especial —Alexia ensanchó la sonrisa—, además, nos pagarán por servir copas a un par de chicos y luego emplearemos dicho dinero para…

—…Para pagar el último cuatrimestre de la universidad. Sí, lo has repetido unas doscientas veces en las últimas tres horas —puse los ojos en blanco.

Terminé de aplicar el maquillaje y acomodé la blazer sobre mis hombros. El vestuario variaba poco de hombres a mujeres. Básicamente, contaba con unos diminutos pantalones de tonalidades oscuras y una chaqueta azulada que dejaba a la vista un provocativo escote; eso sin tener en cuenta las plumas negras que rodeaban la trenza de espiga que Alexia había hecho en menos de quince minutos. Me repetí una y otra vez el importante motivo por el que me encontraba en esta situación y exhalé un suspiro.

Mis padres no podían permitirse el año completo de universidad desde que Patrick Miller —mi odioso hermano mayor—, se marchó a California para finalizar sus estudios. Desde ese entonces me había visto obligada a buscar pequeños trabajos temporales tanto en cafeterías como en librerías para compensar el excesivo precio de la matrícula. Cuando tuve la oportunidad para trabajar para el futuro dueño de las industrias Ivanov, llevé a cabo un pequeño trato con mi familia en relación con este trabajo. Obvié los detalles más relevantes, pues, si mi padre averiguaba dónde se había metido su hija, realmente sufriría un ataque al corazón.

El local estaba repleto de hombres. También de mujeres con ropa ligera. Svetlana no solo nos ofreció el trabajo, sino que nos encomendó una tarea de vital importancia: vigilar a su prometido y evitar que hiciera cosas de las cuales se lamentaría al amanecer.

—Chicas, es vuestro momento —anunció el coordinador.

Cargué varias copas de Martini en la bandeja y pasé a la gran estancia.

Distinguí al rubio de ojos caramelo al instante: Dimitri Ivanov encajaba con el prototipo de hombre que revolucionaba las hormonas de cualquier mujer. Todas ellas caían como mosquitos muertos a sus pies. Incluso yo lo hice, pero, afortunadamente, no a gran medida. Estuve colada por él durante todo el campamento de verano de hace dos años. Tras ese increíble mes no le volví a ver. Comencé la universidad, me centré en mis estudios y me olvidé completa y absolutamente de él…

…Hasta ahora.

Alexia me propinó un despistado pero fuerte empujón antes de situarse a mi derecha. Tuve que hacer malabares con la bandeja para no derramar las bebidas. Le fulminé con la mirada temporalmente antes de volver a cuadrar los hombros y mirar al frente.

—No está nada mal —Alexia alzó la voz a causa del elevado volumen de música.

—Si tú lo dices… —levanté el mentón—. Centrémonos en hacer esto bien y a las doce podremos regresar a casa. No veo la hora de que esto acabe. Nunca me han agradado estos ambientes.

—¿De verdad vas a seguir ese estúpido horario? ¡Vamos! Únicamente fue establecido para dar un buen ejemplo a la comunidad. ¡La fiesta no terminará hasta el amanecer!

—Me da igual. Haré lo que vea conveniente para mí.

Escuché cómo refunfuñaba antes de encaminarse hacia el primer grupo de invitados con bocas ansiosas de alcohol. Yo imité sus acciones. Aclaré mi garganta y compuse la mejor sonrisa mientras cambiaba el peso de la bandeja de una mano a otra. En cuestión de minutos me vi obligada a regresar al pequeño bar situado tras el escenario para rellenar las copas y, tras eso, volví a la pista de baile.

Distinguí la cabellera rubia de Alexia entablando conversación con uno de los amigos de Dimitri. No supe diferenciar con claridad de quién se trataba a causa de la gran cantidad de luces coloridas presentes en el lugar. Entre la música y los focos terminaría sorda y medio ciega.




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