Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 12

Había comenzado como cualquier otro día.

La lluvia golpeaba suave los cristales del dormitorio de Gryffindor, deslizándose en hilos finos que parecían seguir una danza antigua sobre el vidrio empañado. Algunas gotas se detenían un instante antes de caer, formando pequeños caminos irregulares que se cruzaban entre sí. El cielo, cubierto por nubes espesas de un gris perlado, filtraba la luz con delicadeza, tiñendo la estancia de un azul apagado. El aire olía a humedad y a fuego dormido, con un leve rastro de madera mojada que se colaba desde las chimeneas del castillo.

Bella despertó despacio, envuelta en el calor mullido de las sábanas de algodón grueso, bordadas con pequeños hilos dorados que brillaban apenas con la luz del amanecer. Su cuerpo estaba entrelazado al de James, cuya piel irradiaba una tibieza reconfortante. Él dormía aún, con la respiración profunda, lenta, el pecho subiendo y bajando bajo la fina camiseta arrugada que apenas le cubría. Tenía el rostro medio hundido en la almohada de lino, el cabello castaño oscuro despeinado, con algunos mechones rebeldes cayéndole sobre la frente húmeda de calor. Las pestañas, largas y oscuras, descansaban sin moverse, y una comisura de sus labios se curvaba apenas, como si estuviera soñando algo que le daba paz.

Una de sus piernas estaba cruzada sobre las suyas, y el brazo le rodeaba la cintura con firmeza, como si incluso en sueños necesitara recordarle al mundo —y a ella— que pertenecían el uno al otro.

Bella no se movió.

Solo lo miró. El silencio se rompía solo con el golpeteo suave de la lluvia, y en esa quietud sentía el corazón volverse más frágil. El cristal estaba ligeramente empañado, y el contraste entre el frío exterior y el calor de la habitación hacía que el aire pareciera más denso, más íntimo. Amarlo así era tan fácil. Tan inevitable.

Pero también estaba el nudo. Ese que no desaparecía. Que se apretaba en lo más hondo del estómago como una cuerda tirante entre lo que sabía y lo que sentía. Una verdad silenciada que no se podía nombrar todavía.

Más tarde, bajaron juntos al Gran Comedor. El olor a pan recién hecho, a mermelada de ciruela y café de caldero lo impregnaba todo. Las largas mesas de madera reflejaban la luz cálida de los candelabros flotantes, y el murmullo matutino de estudiantes medio dormidos llenaba el aire con una vibración acogedora. Las cucharas chocaban suavemente contra las tazas, el vapor del café y del chocolate caliente se elevaba en espirales finas, y el dulzor de la fruta recién cortada se mezclaba con el calor del pan tostado.

James compartió su tostada con ella sin pensarlo, dándole pequeños bocados que dejaban migas sobre sus labios. Su cabello aún algo húmedo por la ducha se rizaba en las puntas, rebelde. Cuando Sirius apareció con el pelo lleno de harina y una expresión ofendida, Bella se dio cuenta de que había estallado una pequeña guerra en las cocinas.

La risa de James fue un estallido claro, limpio, que le rozó la piel como una corriente de aire cálido. Era de esas risas que llenaban un sitio entero, que te hacían olvidar, por un momento, cualquier sombra. Y por un instante, Bella pensó que tal vez... tal vez no hacía falta entenderlo todo. Tal vez sentirlo bastaba.

Pero la duda volvió. Silenciosa. Como una sombra detrás de la puerta que no sabes cuándo se va a mover.

Más tarde, fueron a la biblioteca. El silencio allí era espeso y olía a papel antiguo, a tinta y a madera barnizada. La luz se filtraba por los ventanales altos, formando haces dorados que caían sobre los estantes interminables de libros encuadernados en cuero. Las lámparas suspendidas dejaban sombras alargadas entre las estanterías, y el aire parecía cargado de historias que llevaban demasiado tiempo esperando ser leídas.

James insistió en estudiar pociones, aunque no pasó más de veinte minutos antes de que empezara a doblar pergaminos en forma de avioncitos, lanzándolos entre las estanterías con una puntería discutible. Sus dedos largos, manchados de tinta en las yemas, se movían con soltura mientras disimulaba una sonrisa traviesa cada vez que uno aterrizaba cerca del bibliotecario.

Bella, frente a él, no escribía. Su pluma suspendida en el aire. El pergamino en blanco. La mirada perdida más allá de los márgenes. Afuera, la lluvia seguía repiqueteando los cristales, y adentro, todo estaba lleno de cosas que no sabía cómo nombrar.

—¿Estás bien? —preguntó James, bajando la voz, como si no quisiera romper nada.

—¿Qué? Ah, sí. Claro —dijo ella, volviendo de golpe.

Él la observó con cuidado, sin sonreír, sin forzarla. Solo estaba ahí.

—No pareció muy convincente.

Ella dejó la pluma sobre la mesa y suspiró.

—Estoy distraída, supongo.

James apoyó los codos en la mesa, acercándose un poco.

—¿Distraída por qué?

Bella le sostuvo la mirada. Por un segundo. Luego bajó los ojos.

—No lo sé. Es como si... como si estuviera aquí, pero no del todo. Como si hubiese partes que no encajan.

Él no dijo nada. Solo la miraba, con esa calma que nunca la empujaba, que la dejaba respirar.

—¿Te sientes mal?

—No físicamente. Es más como... como esa sensación de estar en un sitio que se supone que conoces, pero no lo reconoces del todo. O de que alguien te hable como si supieras algo que no sabes. —Bella apretó la mandíbula—. No importa. Olvídalo.

James extendió la mano y la rozó con los dedos, suave. Como si temiera que al tocarla se deshiciera.

—No pienso olvidarlo si te hace sentir así. Quiero que me lo digas. Todo.

Y ella quiso. Quiso contarle que no recordaba su historia. Que había amanecido en una vida que parecía escrita por otro. Pero no lo hizo.

Solo tragó y dijo:

—Estoy bien. Quizás es solo el clima.

Él la miró un momento más. Con esa devoción callada. Con esa especie de certeza que solo tienen los que aman con los huesos.




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