
La lluvia había cesado al anochecer, dejando tras de sí un aire fresco, casi eléctrico, que se colaba por las rendijas de las ventanas con la ligereza de un suspiro. El cielo, aún cubierto por nubes deshilachadas, dejaba filtrar una luz pálida que se mezclaba con la de las antorchas ya encendidas, creando reflejos dorados sobre las paredes de piedra húmeda. Algunas gotas seguían aferradas a los bordes de los cristales, deslizándose lentamente como si no quisieran desaparecer del todo. El castillo parecía respirar más lento, como si también hubiera pasado el día entero conteniendo algo invisible. Una emoción sin nombre. Un presentimiento suave que flotaba entre las escaleras móviles y los techos altos.
La Sala Común de Gryffindor estaba tranquila, sumida en esa calma densa de las últimas horas. Las brasas parpadeaban en la chimenea, lanzando destellos anaranjados que ondulaban sobre los muebles, cubiertos por mantas dobladas y cojines desordenados. El ambiente olía a madera vieja, a humo tenue y a lavanda seca, con un leve rastro dulce que parecía haberse quedado atrapado entre los tejidos de los sofás y las cortinas pesadas que caían a ambos lados del ventanal.
Sirius dormía a medias sobre un sillón de terciopelo rojo, la cabeza inclinada hacia un lado y un libro abierto desordenadamente sobre el pecho, con las páginas dobladas y su respiración acompasada. Peter murmuraba entre sueños desde una alfombra junto al fuego, las mejillas enrojecidas por el calor, envuelto en una manta que ya no cubría del todo sus pies. Remus, en su rincón habitual junto a la ventana, repasaba un pergamino extendido sobre una mesita baja. Su pluma flotaba suspendida en el aire, temblando apenas, como si dudara del siguiente trazo. Pero sus ojos ya no leían. Estaban fijos en el vacío, perdidos en un pensamiento que no compartía con nadie. Afuera, el cristal empañado dejaba ver apenas la silueta difusa del exterior, como si el mundo estuviera a medio borrar.
James había subido primero.
Antes de irse, se acercó a ella sin decir una palabra. Caminó despacio, los pasos apenas audibles sobre la alfombra mullida, que amortiguaba cada sonido como si protegiera el momento. Hasta quedar frente a ella. La miró como si fuera la última vez que tendría ese instante, y con una dulzura callada, le acarició la mejilla con los dedos tibios. Su piel era suave y firme, con la calidez justa para quedarse grabada.
Luego, sin apuro, dejó un beso lento sobre su frente. Un roce lleno de intención. No fue un gesto pasajero. Fue un gesto que decía "te estoy esperando", que decía "te veo", "te entiendo", "vuelve cuando puedas, pero vuelve".
Y entonces, se inclinó a su oído. Su voz, apenas un murmullo, le envolvió con ternura, como una brisa cálida en la nuca, como un secreto confiado solo a ella:
—No tardes... Te espero con las mantas calientes y el hueco en mi pecho reservado para ti.
Bella le devolvió una sonrisa leve, íntima, casi tímida. Una que sólo salía cuando era él. Era esa clase de sonrisa que no se ensayaba ni se ofrecía por costumbre, sino que nacía sola, como un susurro que no necesitaba palabras.
Pero no se levantó.
Se quedó allí, sentada en el borde mullido del sofá, con la manta aún sobre las piernas, mientras lo miraba desaparecer escaleras arriba. Escuchó el eco suave de sus pasos alejarse poco a poco, perdiéndose entre los crujidos lejanos del castillo, y sólo cuando se desvanecieron por completo, se puso en pie. Lo hizo despacio, como si el cuerpo pesara más de lo normal, como si algo invisible la sujetara desde dentro.
No era tristeza. No era huida.
Era algo más profundo. Como si su corazón necesitara moverse para poder respirar. Como si el alma, agitada en silencio, buscara un rincón en el que poder soltarse, aunque fuera por un instante.
Salió de la Sala Común sin hacer ruido, deslizándose entre los muebles dormidos, y cerró la puerta tras de sí con un leve clic, apenas un suspiro de sonido. Y por un instante, se quedó quieta. De pie en medio del pasillo, con las manos colgando a los lados, dejando que el silencio del castillo la envolviera entero, como un abrigo invisible.
Los pasillos estaban dormidos. Las antorchas susurraban con su luz suave, como si supieran que la noche era sagrada. Las llamas lanzaban destellos dorados que temblaban sobre las paredes de piedra antigua, donde la humedad dejaba vetas oscuras que se arrastraban como raíces viejas. El aire estaba quieto, pero vivo. Un murmullo constante flotaba en el ambiente, como si el castillo pensara en voz baja.
Los cuadros dormían también. Algunos respiraban con una vida distinta, otros giraban en sus marcos al sentirla pasar, entrecerrando los ojos, como si quisieran recordarla. O reconocerla. Tal vez lo hacían. Tal vez no. En Hogwarts, las paredes sabían más de lo que decían. Y a veces, miraban sin mirar.
Bajo sus pies descalzos, el suelo estaba frío. La piedra conservaba la temperatura de la noche, y cada paso era una caricia helada que la conectaba con algo antiguo. El eco se expandía por los pasillos vacíos, rebotando en los techos altos, suavizándose poco a poco hasta desaparecer. Cada pisada era un mensaje. Cada eco, una respuesta.
Caminó sin rumbo. Sin prisa. Su sombra se deslizaba junto a ella, alargándose con la luz de las antorchas como si también estuviera buscando algo.
Cruzó el cuarto piso, donde el aire olía a lavanda seca y a pergaminos viejos. Un aroma que parecía salir de las paredes mismas, mezclado con el polvo encantado que flotaba como partículas doradas en los rincones. Subió por una escalera angosta, cuyos peldaños de piedra estaban pulidos por siglos de pasos. Las barandillas crujían con suavidad bajo sus dedos mientras ascendía, guiada por algo que no tenía nombre.
Al final, un ventanal cubierto de hiedra la esperaba.
La noche más allá era de un azul profundo, casi negro. Como tinta derramada sobre el cielo. No había estrellas visibles, solo el resplandor lejano de la luna colándose a través de la bruma. El vidrio estaba helado al tacto. Bella apoyó la frente contra él, cerrando los ojos apenas un instante. El frío del cristal le despejó los pensamientos, como si cada gota invisible que había quedado tras la lluvia le lavara el alma.