Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 14

La fiebre llegó sin anunciarse.

No fue un dolor punzante ni un síntoma claro. Solo una pesadez silenciosa, persistente, que se coló en su cuerpo como un murmullo sordo, casi imperceptible. Como una corriente lenta que va empapando todo sin que te des cuenta. Bella lo notó al abrir los ojos: una presión suave pero constante en las sienes, los párpados pesados como si el sueño aún no se hubiera marchado del todo. Los brazos parecían de plomo, inmóviles bajo el peso del calor, y una tibieza incómoda se enroscaba en su cuello, en su pecho, confundiéndolo todo.

La habitación estaba en penumbra. Las cortinas, medio corridas, dejaban pasar una luz grisácea, filtrada por el cielo nublado del amanecer. El aire era denso, cargado con el olor tenue de las sábanas calientes, la madera del cabecero y un leve rastro de humo apagado que venía de la chimenea ya casi extinguida. Todo parecía más lento. Más pesado.

Estaba demasiado caliente. La piel húmeda, la ropa pegada a la espalda. Y su garganta... áspera, cerrada, como si hubiese tragado hojas secas o cenizas. Tragó saliva y sintió que el esfuerzo le arañaba por dentro.

James dormía a su lado.

El rostro sereno, la boca entreabierta en una respiración regular, profunda. Una pierna cruzada sobre las suyas, en ese gesto instintivo que él tenía incluso dormido, como si su cuerpo supiera que debía mantenerla cerca. Su mano reposaba en el colchón, relajada, a escasos centímetros de la de ella, con los dedos ligeramente curvados. Como si pudiera buscarla incluso sin abrir los ojos.

Bella lo observó sin moverse. Incluso en medio del malestar, de la bruma caliente que le rodeaba la cabeza, ver su rostro tan tranquilo le provocó un escalofrío diferente al de la fiebre. Uno que nacía de algo más hondo. De ese amor inexplicable que dolía cuando se mezclaba con la fragilidad.

Intentó incorporarse.

El mundo giró.

Los bordes del techo se curvaron, la habitación se ladeó como un barco y la náusea le golpeó con suavidad, pero con fuerza suficiente para hacerla retroceder. El techo parecía moverse sobre ella, las sombras temblaban en las esquinas, y el aire se volvió más espeso, más difícil de respirar. Se dejó caer de nuevo contra la almohada, con un suspiro rendido que apenas salió de sus labios agrietados. La frente húmeda. El cuerpo rendido. El pecho subía y bajaba con un esfuerzo invisible.

No dijo nada.

Pero James se movió.

No con sobresalto. No con miedo. Con esa alerta callada que sólo nace cuando amas a alguien de verdad. Con ese instinto que despierta antes que la conciencia. Se giró hacia ella, aún medio dormido, con el cabello enmarañado sobre la frente y los ojos apenas abiertos. Al verla, su expresión cambió.

Parpadeó despacio. Se incorporó un poco, con la espalda apoyada en la cabecera, y le rozó la frente con el dorso de la mano.

El contacto fue suave, tibio, cuidadoso. La piel de sus dedos estaba más fresca que la de ella, y ese contraste la hizo cerrar los ojos por reflejo, como si solo eso bastara para calmarla. No fue una pregunta. Fue una confirmación silenciosa de lo que él ya sabía: algo no estaba bien.

—Amor, estás ardiendo —murmuró, la voz aún baja, ronca por el sueño—. ¿Desde cuándo te sientes así?

—Desde que abrí los ojos —susurró Bella, con la voz reseca.

—¿Y no pensaste en despertarme?

—Estabas tan tranquilo... —intentó sonreír—. No quería molestarte por una fiebre tonta.

James la miró con esa mezcla de ternura y reproche que sólo él sabía expresar.

—Molestarme —repitió, bajito—. Como si cuidar de ti no fuera lo más natural del mundo, mi Florissa.

Bella parpadeó. Tenía los ojos ardiendo, y no supo si era por la fiebre o por sus palabras.

—Lo siento —murmuró.

Él le apartó un mechón de la frente, y le acarició la sien con los nudillos, despacio.

—No tienes que disculparte. Solo quédate aquí. No te muevas. Voy a traerte algo.

—James, no hace falta. De verdad, puedo...

—No vas a mover ni un dedo —dijo él, levantándose ya, y arropándola con cuidado—. Te lo ordena tu esposo, tu fan número uno, tu enfermero oficial y proveedor personal de sopa caliente.

Bella rió, suave. Apenas un suspiro con forma de sonrisa. Pero la risa le raspó la garganta como si fuera de papel de lija, áspera y fina, desgarrándole por dentro con la sutileza cruel de la fiebre. El gesto, por pequeño que fuera, le dejó los ojos cerrados y el aliento temblando.

Así que no peleó más.

Dejó que el cuerpo cayera contra las sábanas, que los párpados se rindieran. La piel ardía y el aire le parecía denso, como si cada bocanada tuviera que abrirse paso por una niebla invisible. Pero no se sintió sola.

James volvió al poco tiempo.

La puerta se abrió sin hacer ruido y él apareció con una bandeja entre las manos, sosteniéndola con la delicadeza de quien carga algo más que objetos. Traía una taza de té humeante, el vapor subiendo en espirales finas que olían a jengibre, limón y menta. A consuelo. Un cuenco con sopa caliente, el borde cubierto con una servilleta doblada con esmero. Una pequeña botella de poción —líquido denso, de color ámbar oscuro— y un paño húmedo que goteaba apenas.

El vapor del té se mezclaba con el aire de la habitación, suavizando el ambiente, llenándolo de un aroma cálido que contrastaba con el calor pesado de su cuerpo. Era un olor limpio. Reconfortante. Como si pudiera curar sin necesidad de palabras.

Lo colocó todo con cuidado en la mesita de noche, sin hacer ruido, como si el más leve sonido pudiera romper la quietud que la envolvía. Sus movimientos eran fluidos, precisos, impregnados de esa ternura suya que nunca necesitaba anunciarse.

Luego se sentó junto a ella, en el borde del colchón, con una pierna recogida y las manos aún tibias por el peso de la bandeja.




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