
Bella no supo exactamente cuándo empezó a sentirse diferente.
No fue algo repentino. No hubo un momento claro, ni un día que pudiera marcar en el calendario. Nada que pudiera señalar y decir ahí empezó todo. Fue más bien como una bruma que se fue extendiendo lentamente, ocupando los rincones de su cuerpo y su ánimo sin pedir permiso. Silenciosa. Persistente. Como una sombra que no se ve, pero que se siente.
Al principio, pensó que era solo cansancio.
Después de la fiebre, tenía sentido sentirse agotada. Su cuerpo aún estaba volviendo a encontrar su ritmo, y James lo había dicho con dulzura una noche, mientras la abrazaba por detrás en la cama, con los labios pegados a su nuca, el calor de su pecho descansando contra su espalda y el murmullo de la lluvia mezclándose con su voz:
—Necesitas descansar más. No estás hecha de piedra.
Y ella había asentido, sin discutir. Se dejó cuidar. Porque a veces —solo a veces— rendirse a sus brazos era el único lugar donde podía respirar tranquila. Donde no necesitaba sostener nada. Donde el dormitorio, con sus cortinas pesadas, el olor a leña apagada y el suave crujido de la madera bajo el viento, parecía cerrarse alrededor de ambos como un refugio.
Pero los días pasaron.
Y esa pesadez detrás de los ojos, ese sueño que no desaparecía ni con diez horas de descanso, seguía ahí. La fatiga se volvió una compañera constante, una presencia callada que la seguía a todas partes. Le costaba levantarse de la cama por las mañanas. No por pereza, sino porque todo el cuerpo se sentía como si estuviera nadando contra algo espeso. Incluso pensar le costaba. Como si sus ideas vinieran envueltas en algodón, lentas, torpes. A veces, al abrir los ojos, la luz gris que se colaba entre las cortinas le parecía demasiado blanca, demasiado presente, como si el día pesara antes siquiera de empezar.
Y luego estaban los olores.
El primer día lo notó con el desayuno.
Sirius había entrado en la Sala Común como una ráfaga, con una sonrisa amplia y un pan relleno de salchicha y queso derretido en la mano. El olor llegó antes que él: fuerte, cálido, invasivo. Apenas cruzó la puerta, el aire se llenó de ese aroma salado y pesado. Se mezcló con el olor de la chimenea, con la tela caliente de los sillones y con el té que descansaba sobre la mesita, invadiéndolo todo.
Y a Bella... se le revolvió el estómago de inmediato.
No de forma sutil. Fue un golpe directo, como si el olor tuviera peso propio. El cuerpo reaccionó solo: frunció el ceño, sintió un nudo en el vientre, y tuvo que esconder el rostro en el cuello de James, apretándose contra él como si su olor —más suave, más suyo, a ropa limpia, pergamino y algo cálido que siempre le recordaba a casa— pudiera protegerla.
—¿Estás bien? —susurró él, girando apenas el rostro para mirarla, con la ceja ligeramente levantada, alerta.
—Sí —respondió ella, tragando saliva, forzando una sonrisa—. Solo... el olor me ha dado de lleno.
—¿Quieres que le pegue?
—Un poco.
Ambos rieron.
Fue una risa breve, real, un alivio momentáneo.
Pero a Bella no se le pasó.
El malestar se quedó flotando en el estómago. No llegó a subir del todo, pero tampoco se fue. Como si algo en ella supiera que no era simplemente un olor desagradable. Como si su cuerpo intentara decirle algo antes que su mente pudiera entenderlo.
En los días siguientes, ciertos aromas que antes le resultaban agradables comenzaron a volverse incómodos, casi insoportables. El té de menta —que solía calmarla— ahora le provocaba una punzada amarga en la garganta. La tinta fresca, con su olor metálico y penetrante, le daba náuseas apenas abría un libro nuevo. Incluso el pan recién hecho, ese que inundaba los pasillos cercanos a la cocina con una calidez reconfortante, le revolvía el estómago como si el olor llevara consigo algo fuera de lugar. Había mañanas en las que el simple aroma de la mantequilla derretida flotando por el Gran Comedor era suficiente para hacerle cerrar los ojos un segundo y respirar despacio antes de sentarse.
No lo decía en voz alta.
Solo tragaba con cuidado, cerraba los ojos y respiraba hondo por la nariz, como si pudiera controlar el mundo desde la quietud. Había mañanas en las que necesitaba sentarse en el borde de la cama durante varios minutos antes de ponerse en pie, esperando que la habitación dejara de girar como si estuviera hecha de agua y no de piedra. Se quedaba allí, con los codos en las rodillas, las manos colgando, los ojos fijos en el suelo... hasta que todo dejaba de moverse. El dormitorio amanecía en silencio a su alrededor, con las sábanas aún desordenadas, la luz pálida trepando por el dosel y el murmullo lejano del castillo despertando piso por piso.
Una tarde cualquiera, mientras caminaban por el pasillo de vitrales, James le contaba algo que Peter había dicho durante Pociones. Algo gracioso, aparentemente absurdo, como casi todo lo que salía de la boca de Peter cuando estaba nervioso.
Bella lo escuchaba. O lo intentaba.
Pero su atención se deslizaba, como si algo dentro de ella la llamara hacia otra parte. Sentía una presión en la parte baja del vientre. No era dolor. No era punzante. Era más bien un cosquilleo sutil, una sensación extraña. Como si su cuerpo estuviera... atento. Más alerta de lo habitual. Como si supiera algo que ella aún no se atrevía a pensar.
El pasillo estaba bañado por una luz de tarde apagada, filtrada a través de los cristales de colores. Sobre el suelo se extendían reflejos rojos, azules y dorados que temblaban con el movimiento de las nubes en el exterior. El aire era fresco allí, más frío junto a los ventanales, y olía a piedra húmeda y a lluvia lejana.
James se detuvo, notando de inmediato que ella había reducido el paso. Su voz se cortó a mitad de la anécdota, y sus ojos se fijaron en los de ella con esa precisión que siempre usaba cuando algo no estaba bien.