
La enfermería olía a eucalipto y a algo dulce que Bella no supo reconocer. Tal vez jarabe de higo... o alguna de esas infusiones que Pomfrey dejaba siempre a medio hacer junto al fuego, como si el vapor de las pociones formara parte del aire. Había también un fondo limpio, casi medicinal, mezclado con el aroma tenue de las sábanas recién cambiadas y la cera de las velas apagadas. El caso es que el olor se le quedó en la garganta desde el momento en que cruzó la puerta, con las manos frías, los dedos cerrados contra las mangas del jersey y la cabeza hecha un lío.
La sala estaba vacía a esa hora. El sol de la tarde se colaba por los ventanales altos y proyectaba sombras alargadas sobre el suelo de piedra, como si pintara líneas de otra época. La luz dorada resbalaba por las patas de hierro de las camas, por los respaldos pulidos de las sillas y por los frascos alineados en los estantes, haciendo que algunos líquidos brillaran con un color casi irreal. Todo allí parecía suspendido en otra dimensión, como si el tiempo caminara más lento dentro de esas paredes. El silencio era espeso, lleno de ecos suaves: el leve chisporroteo del fuego, el crujido de la madera vieja, y el murmullo de una tetera al fondo. Incluso sus pasos, cuando avanzó hacia el centro, sonaban apagados, casi tímidos, como si no quisieran molestar.
Madame Pomfrey estaba en su escritorio, con la espalda recta y el moño perfectamente colocado, ordenando frascos con una calma casi ritual. Sus movimientos eran precisos, como si cada matraz tuviera un lugar exacto según la hora, la luz o el tipo de día. Al ver a Bella entrar, levantó la vista por encima de sus lentes redondos, y sonrió con esa expresión suya tan de “sé más de lo que digo”, la que usaba siempre que algún estudiante pensaba que podía esconderle algo.
—Señora Potter —dijo, con un leve gesto de cabeza—. ¿Qué la trae por aquí?
Bella se sintió incómoda, como si hubiese entrado sin permiso. Cerró la puerta con cuidado y se acercó despacio, sin saber muy bien qué hacer con las manos. El aire allí estaba más templado que en el resto del castillo, pero aun así sentía un frío nervioso subirle por los brazos.
—No lo sé del todo —murmuró—. Solo... algo no está bien.
Pomfrey dejó los frascos. Su expresión se volvió más seria, pero sin perder la calidez.
—¿Qué siente?
Bella se sentó en la camilla más cercana. La tela estaba fría al principio, pero el sol que entraba por la ventana la había calentado un poco. Se acomodó con un suspiro, como si el simple hecho de estar allí ya le diera permiso para aflojar los hombros. La sábana olía a lavanda muy suave, y el colchón cedió apenas bajo su peso.
—Estoy cansada. Mucho. Y tengo náuseas. Hay días en los que no soporto ni el olor del té. Me mareo de la nada... me duele el pecho. Y me siento rara. Como... más sensible de lo normal. Lloro por cualquier cosa. Me molesta todo. No sé, no me reconozco.
Pomfrey la escuchó en silencio. Asintió despacio, como quien ya empieza a sospechar por dónde va la historia.
—¿Desde cuándo está así?
—No lo sé con certeza. Al principio pensé que era por la fiebre. Pero esto no se va. Y últimamente siento que algo cambió en mí... como si no terminara de sentirme yo del todo. No sé cómo explicarlo. ¿Tiene sentido?
Pomfrey no respondió de inmediato. Solo le hizo un gesto para que se recostara. Sus manos eran firmes y tranquilas, con ese tipo de autoridad silenciosa que solo tienen quienes han cuidado a demasiados estudiantes a lo largo de los años.
Bella obedeció, algo temblorosa. El colchón olía a lavanda. Estaba perfectamente estirado, como si nadie lo hubiese tocado en días, aunque ella sabía que eso era imposible. Sobre su cabeza, las vigas del techo se cruzaban en sombras suaves, y la luz de la tarde se detenía en las cortinas blancas que se movían apenas con la corriente.
Pomfrey se inclinó sobre ella con la varita. Murmuró un encantamiento que Bella no reconoció. De la punta emergió una luz blanca y suave, que descendió con lentitud sobre su abdomen. No era invasiva. Al contrario. Se sentía cálida, como si alguien le estuviera acariciando el interior con mucha delicadeza. Como si la magia supiera algo que ella aún no podía decir en voz alta.
Bella cerró los ojos.
Y pensó en James.
En su risa la noche anterior. En cómo le preparó leche con miel sin que ella dijera nada. En cómo la abrazó por la espalda, susurrándole ese “ven aquí, mi Florissa” tan suyo. En sus dedos jugando con los suyos hasta que se quedó dormida. En cómo la miraba, siempre con esa mezcla de certeza y ternura.
El hechizo terminó. Pomfrey se quedó quieta.
Bella no se movió. Se quedó mirando el techo, donde unas grietas mínimas trazaban un dibujo caprichoso. Se concentró en eso, porque mirar otra cosa le parecía demasiado. Esperó que Pomfrey hablara. Que dijera cualquier cosa que no fuera lo que su instinto ya empezaba a adivinar.
Pero no dijo nada.
Solo soltó un suspiro. Lento. Medido.
—Bella... —su voz era suave, casi un susurro—. usted está embarazada.
La frase cayó de golpe. No con ruido. Más bien con peso. Como si algo invisible la arrastrara hacia abajo.
Embarazada.
Bella no respondió. Ni siquiera parpadeó.
La palabra rebotó en su cabeza, suave pero constante, como una gota cayendo en el mismo sitio una y otra vez: embarazada... embarazada... embarazada.
Todo se sintió lejos. La luz, la camilla, incluso Pomfrey. Como si estuviera mirando el mundo desde una pecera, con un vidrio grueso separándola de todo. Hasta el sonido del fuego pareció apagarse por un momento, como si la enfermería entera hubiese contenido la respiración con ella.
Pomfrey se sentó a su lado, sin hablar. No intentó explicarse. No llenó el silencio con frases que Bella no estaba lista para escuchar. Solo se quedó cerca.