Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 17

Bella pasó los días siguientes como quien camina bajo el agua: todo era más lento, más confuso, más ajeno. Como si entre ella y el mundo se hubiera interpuesto un velo espeso que distorsionaba cada sonido, cada luz, cada pensamiento. Por fuera, el mundo seguía igual. Los pasillos de Hogwarts vibraban con los ecos de pasos apresurados, con risas lejanas que rebotaban en los muros altos, con el crujido familiar de la madera bajo los pies. En la biblioteca, el olor a pergamino viejo seguía suspendido en el aire como polvo dorado. Y cada mañana, el desayuno caliente que James preparaba para ella —con las manos aún medio dormidas, el cabello revuelto y la sonrisa tranquila— seguía esperándola.

Todo seguía.

Pero ella no.

Ella estaba suspendida en algo que no sabía nombrar. Como si el tiempo ya no le perteneciera. Como si existiera en los bordes de su propia vida, mirando desde fuera. A veces tenía la sensación de que el castillo entero respiraba sin ella, de que Hogwarts avanzaba con su ritmo de siempre mientras ella se había quedado quieta en un punto que no sabía cómo atravesar.

Se despertaba temprano. Siempre antes de que él abriera los ojos.

Y si lo escuchaba moverse, si sentía el colchón hundirse un poco con su respiración, fingía seguir dormida. A veces, sentía los dedos de James enredándose con cuidado en su pelo, haciendo círculos lentos en su cuero cabelludo. O su aliento, cálido, rozándole la mejilla como una pregunta sin voz. Y aun así... no podía responder. No podía abrir los ojos y enfrentarlo. No cuando lo que temía no era su reacción, sino la suya propia.

Esperaba a que se marchara para meterse en la ducha.

Allí, el agua caliente podía ocultar el temblor de sus manos, la presión muda en el pecho, la sensación de habitar un cuerpo que ya no sentía suyo. El vapor llenaba el baño, subía por las paredes de piedra y nublaba el espejo, pero dentro de ella, nada se despejaba. Ni una sola cosa. Se quedaba bajo el chorro, con los ojos cerrados, la frente apoyada en los azulejos húmedos, esperando. No sabía bien qué. Quizá sentir algo más que miedo. Algo más que ese vértigo de estar a punto de cruzar una línea invisible sin saber si quería hacerlo. El agua le resbalaba por la nuca y la espalda en hilos calientes, pero ni siquiera ese calor conseguía aflojar del todo el nudo que llevaba clavado dentro.

Después salía. Se secaba el cabello, se vestía, se peinaba con los dedos con más cuidado del habitual. Y se miraba al espejo. Más de la cuenta. Con una fijeza incómoda. Como si su reflejo pudiera delatar lo que ella no se atrevía ni a decir en voz alta. Buscaba cambios. Señales. Alguna pista que confirmara o negara el torbellino mudo que llevaba días revolviéndose en su interior. El cristal empañado iba devolviéndole poco a poco una imagen borrosa que tardaba en definirse, y a veces esa misma lentitud le daba ganas de apartar la mirada.

No estoy lista para esto.

Lo pensaba una y otra vez, como si repetirlo pudiera convertirlo en una excusa válida. Como si las palabras pudieran volver a cerrarle una puerta que el cuerpo ya había empezado a abrir.

No estaba lista para ser madre.

No estaba lista para tener una vida que no había elegido.

No estaba lista para decirle a James que llevaba algo suyo dentro...

...y que no sabía si quería quedárselo.

¿Cómo le dices a alguien que te ama con locura: “tengo algo nuestro creciendo dentro de mí... y no estoy segura de quererlo”?

¿Cómo le explicas que su amor no basta para espantar el miedo?

Que a veces, ni siquiera el calor más tierno puede alcanzar donde el frío se ha instalado tan hondo.

¿Cómo le dices que tenerlo todo... no significa estar preparada?

Así que no decía nada.

Guardaba silencio como quien sostiene un vaso a punto de romperse. Y lo hacía con tanto cuidado, con tanto miedo de que se le desbordara en las manos, que su alma empezó a dolerle de tanto apretarla.

Pasaba horas en la biblioteca. A veces fingía leer. Pasaba los ojos por las palabras sin absorberlas, sin que se quedaran en su mente. A veces solo caminaba, despacio, sin rumbo, entre los estantes infinitos. Dejaba que los dedos rozaran los lomos de los libros, sintiendo bajo la yema la textura del cuero viejo, del papel encuadernado, como si algo de la calma que esas historias guardaban pudiera quedarse en ella. Como si alguna página supiera cómo respirar por ella. La luz allí siempre parecía más suave, más filtrada, cayendo en haces pálidos sobre las mesas largas y el suelo de piedra. El silencio era denso, pero no hostil. Solo antiguo.

Una tarde, encontró un rincón vacío en el ala más antigua. Las ventanas allí estaban tan cubiertas de polvo que la luz entraba opaca, teñida de gris, como si no quisiera molestar. Era un lugar suspendido en el tiempo, donde el silencio era distinto: más profundo, más acogedor. Las estanterías olían a madera envejecida y a historia cerrada desde hacía años. Se sentaba allí, entre libros olvidados, envuelta por el olor a tinta seca, a papel dormido, a polvo quieto... y simplemente respiraba.

Era el único lugar donde podía hacerlo sin que le doliera.

Allí, lejos de las miradas de James, de las preguntas suaves de Remus, de las bromas de Sirius, de la vida que parecía avanzar sin ella... podía ser solo una chica asustada. Una chica que no sabía qué hacer con la vida que empezaba a latir dentro.

Cada día, los síntomas eran más claros. El mareo. Los olores. El cuerpo más sensible. Los pechos adoloridos, la piel más irritable, la fatiga que no se aliviaba ni con sueño profundo ni con pociones. Todo hablaba un idioma que el cuerpo entendía, aunque su mente aún se negara a traducirlo. Incluso la ropa le rozaba distinto a veces, como si su propia piel hubiera dejado de ser del todo familiar.

Pero lo peor no era eso.




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