
MARATÓN DE CAPÍTULOS
La noche estaba en penumbra. La luz trémula de las antorchas se aferraba a los muros de piedra, proyectando sombras largas que se estiraban a los pies de Bella como sus propios pensamientos. El pasillo parecía más estrecho a esas horas, más silencioso, como si el castillo entero respirara más despacio mientras todos dormían. Caminaba sin hacer ruido, con los brazos cruzados contra el pecho, como si así pudiera sostenerse por dentro. A cada paso, el frío del suelo se filtraba por sus plantas descalzas, trepando por sus piernas, recordándole que estaba despierta. Que esto era real. Que ya no podía seguir escondiéndolo.
James la había notado distinta desde hacía días. Desde aquella mañana en la enfermería, cuando volvió pálida, con la mirada hueca, como si algo se le hubiera descolgado por dentro y aún no supiera cómo volver a sostenerlo. Desde entonces, ella se había ido apagando poco a poco. No lo evitaba, pero tampoco se dejaba alcanzar. Estaba ahí... pero justo más allá del brazo que él extendía. Como si no supiera si quería ser rescatada... o seguir flotando a la deriva.
Y él... no la presionó. No preguntó. Solo esperó. Como siempre.
Subió las escaleras de la torre con el corazón encogido, sintiendo cada peldaño como un nudo en el estómago. La piedra estaba más fría a esa altura, y el aire cambiaba con cada tramo: se volvía más fino, más húmedo, cargado con ese olor a noche cerrada, a lluvia detenida sobre los tejados, a viento que se colaba por las rendijas del castillo trayendo ecos de un silencio denso. Ese tipo de calma que no tranquiliza, sino que pesa. Que anuncia que algo está por decirse.
Sabía que él estaría allí. Siempre volvía a ese rincón cuando necesitaba pensar. Cuando necesitaba sentirse solo... pero no del todo.
Lo encontró sentado sobre una manta, con la espalda apoyada en la piedra antigua de la torre y la mirada alzada hacia el cielo. No había estrellas. Solo nubes bajas, moviéndose lentas como pensamientos difíciles. El viento le revolvía el cabello en mechones suaves, pero él no parecía notarlo. Estaba quieto, demasiado quieto. Como si el mundo se hubiera detenido en torno a su respiración.
Bella se quedó un segundo observándolo desde la puerta.
Y supo que no podía seguir callando.
—Sabía que ibas a venir —murmuró James sin apartar la vista del cielo, como si la hubiera sentido desde el primer paso en la escalera.
Su voz sonó baja, cansada, envuelta en la misma quietud que llenaba la torre. Bella avanzó despacio, como si temiera que sus propios pasos pudieran quebrar algo invisible. El aire nocturno le acariciaba la piel expuesta, y cada crujido de piedra bajo sus pies parecía más fuerte en medio del silencio. Se sentó junto a él, no muy cerca, pero lo suficiente para sentir su calor cercano, como una hoguera encendida a unos metros.
Tardó unos segundos en hablar. La garganta le dolía de tanto contener. Cada palabra era una piedra en el pecho que no sabía cómo soltar.
—No podía seguir callándomelo —dijo en voz baja—. Me estaba ahogando, James.
Él desvió lentamente la mirada hacia ella. Y en sus ojos no había reproche. Solo esa ternura suya que siempre dolía un poco más cuando menos se la esperaba.
—Lo he notado —susurró—. Pero quería que fueras tú quien decidiera cuándo.
Bella bajó la cabeza. Las puntas de los dedos le temblaban sobre las piernas. El viento se colaba por la torre y le movía suavemente el pelo, enfriándole las mejillas húmedas antes siquiera de que las lágrimas llegaran. Sentía la presión apretada en el pecho, como si fuera a romperse justo ahí, justo ahora, con él delante.
—Estoy embarazada.
La palabra quedó flotando en el aire como si el viento no supiera qué hacer con ella. Suspendida, sin peso y a la vez cargada con todo. James cerró los ojos un instante, como si necesitara dejar espacio dentro de sí para que la noticia cupiera sin romper nada.
Cuando volvió a abrirlos, solo la miró. Y en esa mirada, la sostuvo. Sin preguntas. Sin miedo.
—Desde que volviste de la enfermería... lo sospechaba. Pero quería escucharlo de ti.
Ella asintió, apenas. Le dolía respirar. Le dolía estar ahí. Le dolía todo. El cielo seguía inmóvil sobre ellos, esa masa oscura y baja que parecía empujar la torre hacia abajo con su silencio.
—Tengo miedo —confesó, bajito—. No de ti. De mí. Porque no sé si quiero esto. Porque no sé si puedo. No sé si soy suficiente para esto. Y... pensé que si lo decía en voz alta, todo se rompería.
James acercó su mano con la misma suavidad con la que se pasa una página frágil. La dejó sobre la de ella. No para detenerla. Solo para estar. Sus dedos estaban tibios pese al frío del aire, y esa diferencia de temperatura le hizo a Bella cerrar los ojos un segundo.
—No tienes que tener todas las respuestas ahora. Puedes tener miedo. Puedes no saber. Puedes sentir lo que sea. No me estás fallando por eso.
Bella sintió el calor subiendo por la garganta. Los ojos se le llenaron, pero no lloró. Aún no. El horizonte empezaba a aclararse apenas, un azul casi imperceptible detrás de las nubes, como si la madrugada respirara con ellos.
—Pensé en no tenerlo —dijo, con la voz rota—. Pensé en si... en si era mejor no seguir adelante. No sabía si podía decírtelo. Ni siquiera si podía admitirlo yo.
James no se movió. Solo apretó un poco más su mano, como si al hacerlo pudiera sostener también esa duda sin que se desbordara.
—Gracias por confiarme eso. No te juzgo. ¿Cómo podría? Solo quiero que no lo lleves sola. No esto.
Ella lo miró por fin. De verdad. Y en sus ojos había miedo. Pero también una súplica muda de comprensión.
—¿Estás enfadado?
—No, cariño. Para nada.
—¿Entonces estás... decepcionado?
Él negó con la cabeza, despacio. Como si le doliera que ella tuviera que hacer esa pregunta.