
El cielo ya no era negro, pero tampoco azul. Estaba en ese punto intermedio en el que la noche empieza a irse, lenta, como si le costara marcharse, y el día aún no se atreviera a llegar del todo. Un velo gris violáceo cubría el firmamento, difuminando los bordes de las nubes que aún flotaban, estáticas, como si observaran en silencio el mundo dormido.
En la torre más alta de Hogwarts, todo seguía en silencio. El castillo, con sus torres majestuosas envueltas en la niebla leve del amanecer, parecía contener la respiración. Solo se escuchaba el viento moviéndose entre las piedras antiguas, deslizándose por las rendijas como un susurro ancestral, y, a lo lejos, el canto aislado de un ave madrugadora que rompía tímidamente la quietud. La humedad de la madrugada se había posado sobre la barandilla de piedra y sobre la manta extendida bajo ellos, dejando pequeñas perlas de rocío que brillaban apenas cuando la primera claridad las rozaba.
Bella no se había movido. Seguía acurrucada contra James, con la cara apoyada en su pecho, los ojos cerrados y el cuerpo rendido. El leve vaivén de su respiración chocaba contra la tela de su camisa, empapada de rocío. No era sueño. Era cansancio acumulado. De haber contenido tanto, durante tanto tiempo. Sus dedos, apenas entrelazados con los de él, temblaban a ratos, aunque no por frío, sino por la extenuación invisible que deja la angustia cuando empieza a ceder.
Él seguía ahí, con ella. No le soltó la mano ni un segundo.
La manta bajo ellos estaba húmeda por el rocío. Algunas hebras del tejido se adherían a la piel descubierta como si quisieran retenerlos. El frío se notaba más: se colaba por los bordes de la ropa, acariciaba la nuca de Bella con dedos helados y mordía los tobillos de James. Aun así, él no dijo nada. No intentó moverse. Como si quedarse ahí, con ella, fuera lo único importante. Su aliento formaba una nubecilla ligera cada vez que exhalaba, pero sus brazos seguían rodeándola con firmeza, dándole calor con la terquedad de quien ha decidido resistir el amanecer si eso significa no romper la calma de ese instante.
—¿Estás bien así, mi amor? —murmuró él, acariciándole el hombro con la yema de los dedos, trazando un círculo suave, apenas perceptible, sobre la tela arrugada de su capa.
Bella asintió, apenas. No abrió los ojos. Solo murmuró un “sí” suave, casi imperceptible, como si no tuviera fuerzas para decir más, pero tampoco necesitara hacerlo. Su voz salió ronca, apagada, como una palabra exhalada entre sueños.
James la acercó un poco más, hasta que no quedó espacio entre ellos, como si con ese abrazo pudiera protegerla de todo lo que la estaba sobrepasando. Sus brazos se cerraron en torno a ella con una firmeza dulce, envolviéndola por completo. El calor de su cuerpo contrastaba con el aire frío que rozaba las mejillas de Bella, y durante un buen rato, no dijeron nada. No hacía falta. El silencio que los rodeaba no era incómodo. Era tranquilo. Casi necesario. Como si, por fin, no tuvieran que fingir que todo estaba bien. Solo se oía el viento, ahora más leve, revolviendo el cabello de ambos, y el lejano aleteo de algún animal entre los árboles.
Cuando Bella se incorporó, lo hizo despacio, con el movimiento torpe de quien ha estado demasiado tiempo en la misma posición. El cuerpo le pesaba, y aun así, el gesto fue sereno. Sus ojos seguían algo hinchados por haber llorado, con las pestañas húmedas pegadas entre sí, y el rostro, aunque agotado, ya no se veía tan tenso. El ceño no estaba fruncido. Las comisuras de los labios, aunque pálidas, parecían menos rígidas.
El cabello le caía desordenado por la cara, con mechones oscuros pegados a la frente por el rocío, y la piel le temblaba un poco por el frío de la mañana. El aire helado le rozó los brazos al moverse, dejándole una estela de escalofríos que se deslizaban por su columna. James, sin decir nada, alargó una mano para apartarle con delicadeza un mechón de la mejilla.
Pero había algo distinto en su expresión.
Todavía estaba cansada. Todavía tenía miedo.
Pero también había una especie de alivio, pequeño, sutil, en su mirada.
Como si, al haberlo dicho en voz alta, el peso ya no fuera tan insoportable. Como si sus palabras, por fin liberadas, hubiesen hecho una grieta en esa armadura invisible que la mantenía contenida, dejando que algo de luz —apenas un hilo— se filtrara dentro.
James la observó en silencio un momento. Sus ojos, oscuros pero encendidos por la calidez del amanecer, recorrían su rostro como si intentaran memorizar cada línea, cada sombra. El aire entre ellos se sentía denso, no por tensión, sino por todo lo que flotaba en lo no dicho. Luego habló, bajito, con la voz apenas rozando el aire.
—Bella... sé que no recuerdas lo que éramos. Lo sé desde aquel día que me lo dijiste... y aun así, desde entonces, cada día contigo ha sido un regalo. Diferente. Raro, a veces. Pero tan bonito que no puedo soltarlo.
Bella tragó saliva. Sentía el nudo en la garganta apretando de nuevo, pero esta vez no dolía. No del mismo modo. Era un nudo caliente, como si algo se abriera paso entre la confusión y empezara, tímidamente, a sanar.
—No quiero que sientas que tenés que obligarte a recordar —siguió él, con la voz aún más suave, como si temiera romper algo delicado—. Ni a forzarte a sentir nada. Pero... si me dejas, me encantaría volver a empezar. Como si recién nos conociéramos. Sin prisa. Sin presión.
—¿Volver a empezar? —susurró Bella, con voz baja, insegura, casi como una niña frente a una pregunta demasiado grande.
James le acarició la mejilla con los nudillos, despacio. La yema de sus dedos dejó un rastro tibio en su piel fría. Fue un roce leve, reverente, como si ese gesto contuviera toda la paciencia del mundo.
—Sí. Conquistarte de nuevo. Con nuevas memorias. Con este “nosotros” que no depende de lo que fuimos, sino de lo que elijamos ahora. Hoy. Si tú quieres.