
La mañana se había asentado con una calma inusual en los pasillos de Hogwarts. La luz se filtraba con lentitud por las vidrieras del Ala Oeste, pintando el suelo de piedra con reflejos suaves en tonos miel y ámbar. Los colores temblaban apenas sobre las losas, moviéndose despacio con el paso de las nubes, como si el castillo respirara dentro de esa luz. El aire que entraba por las ventanas abiertas olía a césped mojado y a papel antiguo, una mezcla que parecía propia del castillo, como si aquel lugar milenario respirara junto a ella. Las cortinas se movían apenas, arrastrando consigo ese aroma húmedo que traía consigo promesas de comienzos y páginas en blanco.
Bella caminaba sin prisa, con pasos suaves que apenas resonaban sobre el suelo de piedra. Iba abrazada a una libreta que había encontrado en una de las estanterías del cuarto que compartía con James. No era bonita. La tapa estaba descolorida, las esquinas dobladas, y tenía marcas circulares de tazas antiguas, como huellas de memorias ajenas. Pero por dentro estaba en blanco. Inmaculada. Y eso, sin saber por qué, le pareció perfecto. Como si ese cuaderno también estuviera esperando una nueva historia.
Ese día, por primera vez desde que despertó en ese mundo, sentía que algo se había asentado, aunque fuera solo un poco. Como si el nudo en el pecho se hubiese aflojado, aunque no del todo. Como si, tras tanto miedo, pudiera al fin respirar sin que doliera. Sus hombros, casi siempre en tensión, bajaban por fin con cada paso. Incluso el aire parecía entrar mejor en sus pulmones, como si el castillo entero se hubiera vuelto menos hostil ahora que ya no lo estaba sosteniendo todo sola.
Había pasado la noche con James. Juntos. Sin filtros. Sin máscaras. Por primera vez se habían dicho todo, incluso lo que más dolía. Él le había ofrecido empezar de nuevo, sin condiciones. Y ella, sin tener muy claro cómo se hacía eso, había dicho que sí.
Ahora, sentada en uno de los rincones más vacíos de la biblioteca, en un banco de madera algo desgastado por los años, Bella abría la libreta apoyada sobre sus rodillas. La luz de la mañana entraba de lado por los ventanales altos, dibujando líneas doradas que recorrían el polvo suspendido en el aire. En aquel rincón, alejado del bullicio, el silencio parecía más profundo, más espeso. Tan característico de ese lugar, que hasta el movimiento de su pluma parecía un secreto compartido con los libros que la rodeaban. El olor a tinta seca, cuero envejecido y pergamino se quedaba flotando en el ambiente, mezclado con el leve crujido de la madera vieja de las estanterías. Todo allí parecía quieto, pero no muerto. Más bien expectante.
Pasó los dedos por la primera página, sintiendo la textura áspera del papel. Hizo un leve sonido al rozarlo, un crujido sutil que le recordó que estaba viva, presente. Que ese instante era suyo. Respiró hondo. El aire olía a tinta, a madera vieja, a historia.
No sabía qué escribir.
Se quedó mirando la hoja en blanco como si le hablara. Escuchó su propia respiración. El latido lento. Y entonces, sin pensarlo mucho, escribió:
No sé quién era.
Pero sé quién soy ahora, cuando estás cerca.
Se le encogió el estómago al ver la frase. Era sencilla, casi tímida, pero sentía que ahí, justo ahí, estaba parte de la verdad. La dejó quieta un rato, sin mover la pluma. El corazón le latía con fuerza contenida, como si temiera hacer ruido. Luego siguió, casi sin pensar, dejando que la mano escribiera lo que el pecho no sabía decir en voz alta.
No recuerdo cómo empezó nuestra historia.
Pero cada vez que me sonríes como si aún estuviéramos en ella,
siento que quiero vivirla otra vez.
Aunque no la recuerde.
Aunque haya miedo.
Quiero saber quién soy contigo.
No por lo que me falta,
sino por lo que empieza a crecer en mí ahora.
Al terminar, cerró los ojos. El mundo pareció detenerse por un instante. Una lágrima le rodó por la mejilla sin que se diera cuenta, cálida, lenta, como si no tuviera prisa por caer. No era tristeza. Era algo más quieto, más profundo. Una sensación de alivio, como si esa frase que acababa de escribir le hubiera abierto un espacio dentro del pecho. Uno donde respirar dolía menos. Como si, por fin, pudiera empezar desde ahí. No necesitaba entenderlo todo para sentirse viva.
Pasó a otra página con movimientos suaves, casi ceremoniosos. El papel crujió bajo sus dedos, áspero pero familiar, como si la estuviera invitando a continuar. Comenzó a anotar cosas sin orden, sin título. Solo detalles. Momentos. Fragmentos sueltos de lo que sí sabía. De lo que no venía del pasado, sino del presente.
El olor a café por las mañanas.
Tus dedos buscándome sin que los demás lo noten.
El modo en que dices mi nombre cuando piensas que estoy dormida.
Cómo me tapas aunque te diga que no tengo frío.
Esa mueca concentrada cuando intentas no mirarme y no lo consigues.
Las flores. Siempre las flores.
Tus manos, en mi espalda, cuando no necesito explicarte nada.
Lo difícil que me resulta pensar en otra cosa cuando estás cerca.
Las palabras salían solas. Fluían desde algún rincón cálido dentro de ella que no conocía del todo, pero que reconocía como propio. No eran recuerdos. Eran certezas nuevas. Anclas pequeñas en medio del mar de confusión que a veces la ahogaba. Cosas que no podía explicar, pero que estaban ahí, sólidas y verdaderas.
El sol ya acariciaba el suelo de piedra, proyectando franjas de luz dorada sobre los estantes polvorientos. Las motas de polvo flotaban en el aire como pequeños fragmentos de tiempo suspendido. Afuera, las hojas del bosque se mecían lentas con la brisa, susurrando una calma que se colaba por las ventanas altas. La biblioteca, con su silencio denso y protector, lo envolvía todo como una promesa. Como si ese instante fuera un refugio en medio del vértigo. A lo lejos, alguien pasó una página. Una silla se arrastró apenas contra el suelo. Y luego, de nuevo, el silencio.