
Hogsmeade tenía ese aire encantador que solo existía en los sitios donde el tiempo parecía ir más lento, como si las horas se estiraran con suavidad entre sus tejados inclinados y su aroma a chimenea encendida. Las calles empedradas crujían bajo los pasos de Bella, con ese sonido irregular y acogedor de piedra antigua, mientras caminaba junto a James. Llevaba el abrigo bien cerrado hasta el cuello y una bufanda de lana gruesa que él mismo le había puesto antes de salir del castillo, envolviéndola con cuidado, sus dedos temblando un poco al ajustarla, como si no quisiera soltarla del todo. El aire de octubre le rozaba las mejillas con una frialdad limpia, despertándole la piel y tiñéndole la punta de la nariz de un rosa suave.
A cada lado del camino, los escaparates reflejaban la luz tibia del mediodía, empañados por dentro por el contraste del calor con el aire fresco de octubre. Las vitrinas estaban decoradas con ramas secas atadas con cintas de colores terrosos, calabazas pequeñas en cestos de mimbre, frascos de cristal llenos de dulces dorados, y letreros escritos a mano con tinta temblorosa. Octubre estaba en todas partes, en los aromas a canela y cacao, en el crujido de las hojas bajo las botas, en el aire fresco que enrojecía las mejillas y hacía que el aliento saliera en nubecillas suaves. Incluso el humo que salía de algunas chimeneas subía despacio, en espirales finas, perdiéndose entre un cielo pálido y tranquilo que parecía sostener el pueblo entero.
James no soltó su mano en ningún momento. Sus dedos entrelazados se movían juntos, como si fueran una sola pieza, una pequeña ancla en medio del mundo. Iban despacio, sin rumbo fijo, como si el pueblo aún guardara secretos aunque lo conocieran de memoria. Sus pasos eran pausados, sin urgencia. El ritmo de los que han decidido disfrutar del trayecto y no solo del destino. A veces él rozaba con el pulgar el dorso de su mano sin darse cuenta, en ese gesto distraído y tierno que ya parecía formar parte de él.
Bella se detenía cada tanto, con la mirada prendida de los detalles: una vela flotante en el interior de una tienda, una bufanda bordada a mano colgando en una percha de madera, o un niño que corría con una rana de chocolate saltándole del bolsillo. Observaba las estanterías con curiosidad serena, los escaparates antiguos llenos de objetos que parecían salidos de cuentos. A veces se quedaba mirando a las parejas que paseaban entre risas tímidas, con las mejillas rojas por el frío y las manos enlazadas bajo las mangas. El pueblo entero parecía hecho de pequeños gestos cálidos, de puertas que tintineaban al abrirse y ventanas empañadas detrás de las que alguien reía, servía té o arreglaba flores secas en un jarrón.
Y entonces, volvía a mirar a James. A su lado. Sonriéndole de ese modo suyo, entre torpe y tierno. Como si cada paso con ella fuera una novedad, incluso en un lugar que ya conocían de memoria.
—Nunca me canso de venir aquí —murmuró James, apretándole un poco la mano con los dedos tibios entrelazados en los suyos—. Pero contigo... todo se siente distinto.
Bella lo miró de reojo, sonriendo sin querer. Una sonrisa pequeña, pero sincera, como esas que nacen sin permiso y se quedan flotando. Desde que él le dijo que quería empezar desde cero, no había dejado de sorprenderla. No la agobiaba, no le exigía explicaciones. Solo estaba. Estaba con ella, de un modo tan paciente, tan constante, que a veces, con frases como esa, le desordenaba el corazón sin necesidad de tocarlo.
Entraron a Honeydukes, donde el aire olía intensamente a chocolate caliente, vainilla y azúcar tostada. Todo el lugar era un estallido de colores y formas: estanterías hasta el techo, frascos de cristal que brillaban bajo la luz cálida, caramelos flotando tras burbujas encantadas, y una vitrina que parecía latir con cada nuevo dulce que aparecía. El suelo de madera crujía bajo sus pies y el cristal de los frascos devolvía reflejos suaves en tonos rosados, dorados y rojos. Había envoltorios brillantes por todas partes, cintas, cajas diminutas y pequeños letreros escritos con caligrafías juguetonas. James insistió en comprarle lo que quisiera. Ella no recordaba cuáles le gustaban antes, pero eligió un par por el olor y los envoltorios graciosos —uno tenía forma de rana con sombrero, otro parecía un mini dragón que escupía humo dulce.
Salieron con una bolsita y los dedos un poco pegajosos por el azúcar. James se lamía el pulgar con torpeza mientras ella se limpiaba la yema del índice en la bufanda sin que nadie los viera. El frío exterior les golpeó la cara en cuanto cruzaron la puerta, haciendo que el contraste con el interior dulce y tibio de la tienda le resultara casi cómico.
—¿Te apetece entrar ahí? —preguntó James de repente, señalando una tienda pequeña con un cartel de madera tallado a mano: “La Colita de Dragón”. La pintura era suave, en tonos miel y verde musgo.
Bella parpadeó. Ni siquiera se había fijado. El escaparate era discreto, pero delicado. Había mantitas dobladas con esmero, gorritos diminutos con orejitas de oso y una cuna de madera clara con un móvil flotante que giraba lento, emitiendo una luz tenue en forma de estrellas. También había zapatitos minúsculos alineados sobre una repisa baja y una guirnalda de lunas cosida a mano que colgaba en una esquina del cristal.
Se quedó quieta. El corazón le dio un vuelco extraño. No de miedo. Más bien de vértigo.
James se dio cuenta al instante. Su tono cambió, inseguro, torpe como pocas veces.
—Podemos pasar de largo —dijo rápido—. Solo pensé que tal vez... no sé. Si no quieres, no pasa nada.
—No... sí —respondió ella, un poco atropellada—. O sea... sí quiero.
Entraron. Una campanita suave tintineó sobre sus cabezas, y el aire cambió. Dentro, todo era cálido, silencioso. Olía a madera recién barnizada, a algodón limpio y a jabón neutro. El suelo crujía con cada paso, y las luces flotantes iluminaban sin deslumbrar. Detrás del mostrador, una bruja mayor con el cabello recogido en un moño bajo los saludó con una sonrisa amable, de esas que no esperan nada más que devolver el gesto. El interior estaba decorado con una ternura contenida: estantes bajos, canastos de mimbre, mantas enrolladas con lazos suaves, y pequeñas figuras encantadas que se movían lentamente sobre una repisa alta.