
La noche cayó con una lentitud casi ceremoniosa sobre Hogwarts. Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes espesas que ocultaban las estrellas, como si hasta la luna quisiera guardar silencio. El aire olía a tierra mojada y a leña lejana, como si el castillo entero hubiera decidido envolverse en un susurro. Dentro, los corredores estaban ya en penumbra, iluminados apenas por las antorchas que chisporroteaban con un ritmo tranquilo, proyectando sombras alargadas que danzaban sobre las paredes de piedra, como recuerdos antiguos que no querían irse. El aire era fresco, casi inmóvil, como si la noche se hubiera detenido a respirar con ellos.
Bella no podía dormir.
Se removía entre las sábanas, los pliegues del camisón enredándose a veces en sus piernas, buscando una postura que nunca llegaba a sentirse del todo cómoda. Pero no era solo eso. El cuerpo le dolía en sitios extraños: una presión leve en la espalda baja, una sensibilidad nueva en el pecho, una incomodidad que no venía de fuera, sino desde muy adentro. Como si no supiera cómo acomodarse en su propia piel. Y el pecho... el pecho le pesaba de un modo distinto. Una inquietud sorda, sutil, que le recorría los huesos como una corriente fría. Era una sensación sin nombre. Como si su cuerpo estuviera recordando algo que su mente aún no alcanzaba a comprender.
Abrió los ojos. La habitación estaba envuelta en sombras suaves, apenas interrumpidas por la luz temblorosa que entraba desde la torre exterior. El resplandor débil de las brasas que aún sobrevivían en la chimenea dejaba reflejos rojizos en los bordes de los muebles, en la madera del cabecero, en la tela arrugada de la manta. Escuchó el ritmo pausado de la respiración de James a su lado. Él dormía profundamente, boca arriba, una mano extendida hacia ella, rozando apenas su cadera por encima de la manta. Lo miró en silencio. Incluso en sueños parecía protector. Incluso en el silencio, parecía decirle que estaba ahí. Y esa ternura —esa lealtad tan callada— le provocó un nudo en la garganta. Uno denso, inesperado.
Se sentó despacio en la cama, con cuidado de no mover demasiado las sábanas, y llevó ambas manos a su vientre. Todavía era pronto. Apenas una curva leve, más un susurro que una certeza. Pero allí estaba. Una presencia silenciosa. Una pequeña vida que aún no conocía, que apenas comenzaba a intuir. Y sin embargo, ya la llenaba de un miedo inexplicable.
Se levantó con cuidado, descalza, y cruzó el dormitorio con pasos lentos. El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies, y la tela ligera de su camisón se agitó con la brisa que entraba por la ventana entornada. Afuera, el jardín trasero era apenas un susurro oscuro bajo el cielo cubierto, y el lago lejano reflejaba, difusa, alguna que otra luz titilante de las torres altas. Todo estaba inmóvil, suspendido. Ni siquiera las ramas de los árboles parecían moverse del todo, como si el mundo entero estuviera contenido dentro de esa quietud.
Apoyó la frente contra el cristal helado. Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que el aire húmedo llenara sus pulmones. El vidrio estaba empañado en los bordes por el contraste entre el calor del cuarto y el frío de fuera, y su propia respiración dibujó una neblina breve que desapareció enseguida. Entonces, sin aviso, sintió una punzada leve. No física. Era emocional. Como una presión sutil desde el centro de su pecho. Un eco interno, suave pero persistente.
Por un instante, le pareció que no estaba sola. No del todo. Sintió una especie de latido ajeno, pero suyo. Un ritmo suave, delicado. Una vida en miniatura latiendo en sincronía con sus pensamientos, con sus miedos. Y de pronto, sin esperarlo, una lágrima rodó por su mejilla. Tibia. Silenciosa. No era tristeza. Era... miedo.
Miedo a que algo saliera mal.
Miedo a no estar preparada.
Miedo a no ser suficiente.
La punzada creció apenas un poco. No era dolor. No era peligro. Pero era una alerta silenciosa, como si su cuerpo le estuviera diciendo: presta atención. Y ella lo hizo. Llevó de nuevo ambas manos al vientre, con un temblor sutil en los dedos, y trató de calmar su respiración. Inhalar. Exhalar. Pero no funcionaba. Porque aunque no hubiera dolor, el miedo se le había incrustado como un susurro continuo, como una voz que no se apagaba.
Detrás de ella, James se movió en la cama. Como si su cuerpo notara la ausencia antes que su mente. El crujido del colchón, el roce sutil de las mantas al deslizarse. Se incorporó con lentitud, desorientado, pasándose una mano por el rostro.
—¿Bella?
Ella no respondió. Solo se quedó quieta, abrazándose a sí misma, los brazos cruzados sobre el vientre, como si buscara contener algo que no sabía cómo nombrar. La brisa nocturna le acariciaba el rostro y le movía el camisón con suavidad, haciendo que pareciera aún más pequeña, más frágil.
James se levantó enseguida. El colchón crujió suavemente detrás de ella y, en pocos pasos, lo tuvo a su espalda. No dijo nada. Solo colocó la manta sobre sus hombros con cuidado, desde atrás, como si tuviera miedo de romperla. El calor de su cuerpo se deslizó detrás del tejido y la envolvió con una suavidad que casi dolía. Después, rodeó su cintura con los brazos, apoyando el mentón muy cerca de su cuello, con esa forma de abrazarla que no pedía nada, que no exigía, que simplemente estaba.
—Ey... ¿qué pasa, mi Florissa? —susurró, su voz aún ronca, cargada de sueño, pero también de una ternura que le apretó el pecho.
Bella tragó saliva. Tardó en encontrar las palabras. Sentía que estaban ahí, apretadas en la garganta, esperando salir.
—No lo sé... solo... me siento rara. Como si algo pudiera ir mal en cualquier momento.
James apretó un poco más el abrazo. Ella notó cómo le temblaban los dedos contra su vientre, apenas perceptible. No era solo ella la que tenía miedo. Él también lo sentía. Pero lo escondía. Para ella.