Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 23

El día comenzó con una quietud inusual, de esas que no se escuchan, pero se sienten en los huesos. Una calma espesa, pero reconfortante, que parecía flotar en el aire desde antes de abrir los ojos. El ambiente en la torre estaba más tibio de lo normal, como si incluso el frío de Hogwarts hubiera decidido darles un respiro. Y el cielo, más allá de los ventanales altos, tenía esa claridad azul pálida que anuncia un otoño suave, dorado y lento, como una promesa de paz. La luz se filtraba en haces suaves entre las cortinas, dibujando líneas doradas sobre las paredes de piedra y dejando pequeñas partículas de polvo suspendidas que flotaban sin prisa, como si el tiempo también se hubiera ralentizado.

Bella despertó lentamente, con los párpados pesados y el cuerpo aún envuelto en el calor de las sábanas. Se estiró despacio, dejando que su espalda crujiera suavemente, sintiendo cómo cada músculo respondía con una pereza agradable, y alargó un brazo por encima de su cabeza, buscando a tientas el cuerpo cálido que, hasta hacía poco, dormía a su lado.

Pero James ya no estaba.

En su lugar, sobre la almohada ligeramente hundida, había una nota doblada con su caligrafía inconfundible: letras redondas, algo desordenadas, con tinta negra que se veía aún fresca. El papel olía levemente a él, como si lo hubiese escrito con el corazón acelerado y las manos aún tibias, y ese detalle le provocó una calidez inesperada en el pecho.

"No te muevas mucho. Estoy preparando algo.

P.D: No te vistas aún, te quiero en pijama cinco minutos más."

Ella sonrió. Una sonrisa suave, íntima, que nació sin esfuerzo y se quedó flotando. Dejó que el papel se deslizara entre sus dedos como si también fuera parte de él, como si la tinta contuviera parte de su voz. Se quedó un rato abrazada a las mantas, con la mejilla apoyada en la almohada, sintiendo el leve calor que aún quedaba en el lado vacío de la cama, mirando el techo de piedra tallada con la mente en blanco y el corazón lleno. Sentía un murmullo de felicidad silenciosa, como una brisa tibia que se cuela por las rendijas del alma sin hacer ruido.

Cuando James volvió, la puerta se abrió con cuidado, sin chirridos, y entró cargando el aire con una energía que contrastaba con la paz de la habitación. Llevaba la camisa salpicada de pintura —una mezcla de tonos ocres, verdes y algo que parecía azul cielo—, el cabello más despeinado de lo normal, como si el viento le hubiera acariciado con insistencia, y esa expresión inconfundible que decía estoy orgulloso de algo y no puedo ocultarlo, con los ojos brillando como si estuviera a punto de reírse de su propio entusiasmo.

Traía consigo el olor a madera, a tinta, a algo dulce que ella no supo identificar del todo, pero que la envolvió al instante, mezclándose con el aroma cálido del cuarto y el ligero perfume de las telas limpias. Se detuvo al verla despierta, y la sonrisa se le ensanchó aún más.

—¿Lista para algo especial? —preguntó desde la puerta, sonriéndole como si el mundo entero dependiera de su respuesta.

El sol entraba por la ventana y dibujaba líneas doradas sobre las sábanas revueltas. Bella, aún envuelta en pijama, se incorporó despacio, notando el aire fresco en los brazos descubiertos, con una sonrisa somnolienta.

—¿Y si te digo que no me he movido ni un centímetro, tal como lo ordenaste?

—Entonces estás oficialmente lista.

—¿Voy en pijama?

—Solo por cinco minutos más. Confía en mí —dijo, cruzando la habitación para ofrecerle la mano.

Bella entrelazó sus dedos con los suyos. El tacto le resultó cálido y familiar, como si esa mano pudiera guiarla por cualquier parte del mundo sin que ella temiera perderse.

Bajaron por las escaleras más discretas del castillo, envueltos en una burbuja de calma, ajenos al murmullo de los pasillos lejanos. El aire era más fresco allí, con ese olor a piedra antigua, a humedad y a tiempo. James no soltó su mano ni una vez, y Bella, aunque no sabía a dónde la llevaba, no se sintió perdida ni un segundo. A cada paso, el castillo parecía cambiar, como si los pasadizos secretos se abrieran solo para ellos. Algunos tapices parecían moverse levemente al pasar, y las antorchas parpadeaban como si observaran en silencio.

Finalmente, se detuvieron ante una puerta de madera pulida, con un pomo brillante que reflejaba su imagen distorsionada.

—¿Puedo preguntar al menos si es algo que me va a hacer llorar? —murmuró ella, apretando su mano con suavidad.

—Probablemente sí —respondió él, con una sonrisa tímida—. Pero de esos llantos bonitos. De los que te hacen sonreír al mismo tiempo.

Ella rió por lo bajo.

—De esos que te hacen parecer tonta por llorar con cosas bonitas.

—Exactamente esos —asintió James—. ¿Cierro los ojos?

—Cierra los ojos —susurró él.

Ella obedeció. Y entonces oyó el leve chirrido de la puerta al abrirse. Un instante después, el aire cambió. La envolvió con una calidez suave y un olor que le hizo cerrar los ojos más fuerte: madera recién barnizada, lavanda en flor y algo dulce... como galletas recién horneadas.

—Ya puedes mirar —dijo él, en voz baja.

Bella abrió los ojos despacio.

La habitación era pequeña, íntima, pero rebosaba vida. Todo en ella parecía recién creado, como si hubiese nacido esa misma mañana. La luz entraba tamizada por cortinas de lino blanco que danzaban con la brisa. Una alfombra mullida cubría el suelo, invitando a caminar descalzo. Una cuna de madera clara, tallada con cuidado, descansaba junto a una pared pintada de un verde suave, con pequeños dibujos encantados que se movían apenas: estrellas, lunas, ramas que se mecían.

Había una mecedora de respaldo alto junto a una ventana abierta, por la que entraba aire fresco con olor a otoño, y una estantería baja repleta de cuentos, juguetes de tela, frasquitos de esencias y detalles bordados a mano. Encima de una repisa flotaban unos diminutos zapatitos de lana, suspendidos por un encantamiento tenue que los hacía girar como un móvil silencioso.




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