
El invierno no avisó. No golpeó la puerta con fuerza ni gritó su llegada. Simplemente se deslizó entre las rendijas del castillo una mañana, tiñendo los cristales de escarcha como si alguien los hubiera acariciado con dedos helados. Los pasillos se envolvieron en un frío delicado, el tipo de frío que no incomoda de inmediato, pero que se cuela poco a poco bajo la ropa y ralentiza hasta los pensamientos. Todo parecía suspendido en una calma blanca, como si Hogwarts hubiese contenido el aliento. Incluso los retratos hablaban más bajo, y el eco de los pasos se perdía antes de llegar al siguiente pasillo.
En la torre más alta, Bella se despertó antes que James. No había luz aún, solo un resplandor azulado que entraba por la ventana cubierta de vaho. El silencio era espeso y suave, roto apenas por el leve crujir de la madera al dilatarse con el frío y el sonido lejano del viento rozando las torres. Tenía los pies fríos, la punta de la nariz un poco helada, y en el estómago, una urgencia insólita, absurda... deliciosa.
Se removió entre las sábanas, notando cómo el calor acumulado bajo ellas contrastaba con el aire frío del cuarto, y estiró un brazo, encontrando el cuerpo cálido de James aún dormido a su lado. Sus dedos, fríos, se enredaron con su cabello revuelto mientras le susurraba al oído, como si su petición no pudiera esperar un segundo más.
—Amor... —murmuró con voz suave—. James, oye... despierta.
Él se revolvió apenas, con los ojos entrecerrados, todavía a medio camino entre el sueño y la conciencia, respirando lento.
—¿Mmm?
—Necesito algo —dijo ella, muy seria, pero con los labios temblando por contener la risa—. Pero no cualquier cosa. Algo con queso. Caliente. Derretido. Y con mermelada. Y pan tostado. Y... calabaza. Mucha calabaza.
James abrió un solo ojo, el ceño fruncido por la confusión aún pegada al rostro.
—¿Todo eso... junto?
—Sí —afirmó ella, como si fuera lo más lógico del mundo—. No me juzgues. Culpa del bebé. Él manda ahora. Yo solo obedezco órdenes.
Una carcajada baja y rasposa escapó de la garganta de James mientras se incorporaba lentamente, con el cabello despeinado cayéndole sobre la frente. Se inclinó hacia ella y le dio un beso cálido en la frente helada, dejando un contraste agradable.
—A la orden del jefe miniatura —dijo, sonriendo con esa mezcla de resignación amorosa y ternura que se había vuelto habitual desde que sabía que iban a ser tres.
Bella rió bajito, encogiéndose bajo las mantas mientras lo veía levantarse, arrastrando las pantuflas por el suelo frío como si el castillo entero siguiera dormido. Se envolvió en su bata, que olía a leña, lavanda y algo que siempre le hacía pensar en casa. Antes de salir, volvió la cabeza con gesto soñoliento.
—¿Algo más, reina de las combinaciones imposibles?
—Sí —dijo ella, con una sonrisa entre culpable y divertida—. Si encuentras algo con chocolate... también lo acepto.
James puso los ojos en blanco con fingida desesperación.
—Este bebé me va a convertir en chef a las seis de la mañana.
—Y yo te voy a amar aún más por ello.
Él le guiñó un ojo y desapareció por la puerta, dejando tras de sí una corriente de aire frío que enseguida se disipó.
Unos minutos después, la puerta se abrió con un suave crujido y James regresó, llevando una bandeja que tambaleaba ligeramente, como si cada paso fuera un pequeño milagro de equilibrio. El aroma le precedía: cálido, dulce, reconfortante. Había pan tostado aún humeante, queso fundido que se estiraba apenas por los bordes, mermelada de fresa brillante como joyas derretidas, calabaza asada con bordes dorados y un toque de canela espolvoreada —probablemente por accidente, aunque el resultado era casi poético. Completando la escena, una taza de chocolate caliente con espuma suave en la superficie y una manzana roja, cortada en rodajas con forma de corazón.
—No estoy seguro de lo que he hecho, pero huele increíble —anunció James, colocando la bandeja sobre las piernas de Bella con una mezcla de orgullo y cautela.
Bella lo miró como si acabara de bajarle una estrella del cielo. Tomó un bocado y cerró los ojos un segundo, saboreando la mezcla improbable y deliciosa, dejando que el calor le recorriera el cuerpo.
—Te ganaste diez mil puntos en mi corazón —sonrió, con la voz teñida de felicidad y hambre satisfecha.
James se sentó junto a ella en la cama, aún desordenada, arropándose con una de las mantas mientras la observaba como si verla comer fuera el evento más fascinante de la mañana.
—¿Desde cuándo sabes que te gusta la calabaza con mermelada?
—Desde hoy. Mañana puede que quiera... no sé, pescado con miel.
James fingió un estremecimiento dramático.
—Perfecto. Lo prepararé con los ojos cerrados.
—¿De verdad?
—Obviamente no —rió él, acariciándole una mejilla con el dorso de los dedos.
Pasaron la mañana entre mantas y risas, compartiendo bocados y sorbos calientes, acurrucados como si el resto del mundo no existiera. Afuera, la nieve comenzaba a caer en silencio, cubriendo los tejados y las cornisas con una capa blanca que parecía salir de un cuento. Desde la ventana, el paisaje parecía inmóvil, como congelado en una escena de paz perfecta.
Bella apoyó la cabeza en el hombro de James, aún con una media sonrisa.
—¿Sabes qué es lo mejor?
—¿El desayuno?
—No, que no me importa no saber lo que querré mañana. Porque sé que tú estarás ahí, con una bandeja y esa cara de "esto es un desastre, pero lo hice con amor".
James besó su coronilla y la estrechó entre sus brazos.
—Siempre. Aunque tengas antojo de calabaza con mostaza a las tres de la mañana.
—Apunta eso. Puede que lo quiera esta noche.
—Por supuesto. Anotado en la lista mágica de locuras que haré por ti.
Más tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse y teñía las piedras del castillo con una luz dorada y suave, caminaban despacio por uno de los corredores que daban al jardín interior. El suelo crujía ligeramente bajo sus pasos, y desde las altas cristaleras se colaban destellos del invierno que brillaban en las hojas heladas. El aire era frío pero no cruel, y Bella, envuelta en un abrigo grueso de lana y una bufanda color burdeos —que James había encantado para que no picara nunca—, se sentía cómoda, protegida.