Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 25

El castillo amaneció cubierto por un silencio blanco. Durante la noche, la nieve había caído sin tregua, como si el cielo hubiese querido envolver a Hogwarts en una manta suave y espesa. Al despertar, Bella notó que incluso los pasillos más ruidosos parecían contener la respiración, como si el castillo mismo se hubiese rendido ante la quietud invernal. Las torres se alzaban inmóviles bajo un cielo de un gris pálido, y los cristales altos estaban bordeados por filigranas de escarcha que brillaban apenas con la primera luz de la mañana.

Se quedó unos minutos acostada, arropada hasta la nariz, observando cómo la luz azulada del amanecer se colaba por los cristales empañados. Cada tanto, una gota de condensación rodaba por la ventana, lenta, silenciosa, como si también el cielo llorara despacio, pero sin tristeza. El cuarto estaba tibio gracias a las brasas que seguían vivas en la chimenea, aunque el aire conservaba ese frescor fino del invierno que se cuela por todas partes. Bajo las mantas, el calor era suave, envolvente, y hacía aún más difícil salir de allí.

A su lado, James dormía boca abajo, una mano extendida hacia ella, rozando la sábana, como si incluso en sueños supiera dónde encontrarla. No lo despertó. Lo observó en silencio, con esa mezcla de ternura y asombro que aún no terminaba de acostumbrarse a sentir. Le fascinaba cada detalle: la curva de su espalda bajo la manta, el cabello revuelto cayéndole sobre la frente, esa paz casi infantil en su respiración. El leve movimiento de sus hombros al inhalar, el desorden hermoso de las sábanas alrededor de su cuerpo, la manera en que parecía completamente ajeno al mundo mientras dormía.

Lo amaba. Desde antes de conocerlo, como si su alma ya lo hubiera elegido en algún rincón del tiempo. Y más aún ahora, con la realidad latiendo bajo su piel, con una vida creciendo dentro de ella. Ese pensamiento, tan claro y tan simple, le dibujó una sonrisa lenta.

El cuarto olía a madera antigua, al perfume suave de James y al humo apagado de la chimenea, que ahora crepitaba solo con brasas tibias. También olía un poco a invierno, a tela limpia, a ese aroma frío que entra desde la ventana aunque todo esté cerrado. El aire era frío, pero la manta aún retenía el calor de los cuerpos.

Con cuidado, Bella se incorporó, sin hacer ruido. Buscó el suéter más grande que encontró —uno de James, por supuesto— y se lo puso. Le llegaba hasta las rodillas y le cubría las manos, pero era cálido y olía a hogar. Bajó descalza por la escalera, sintiendo el contraste entre la tela suave del suéter y la piedra helada del suelo bajo sus pies cubiertos por calcetines gruesos. Cada escalón crujía apenas bajo su peso, y el silencio de la torre era tan espeso que hasta su respiración parecía más fuerte.

En la cocina, ya sabía exactamente lo que quería. Preparó pan caliente con miel, cortó fruta en trozos generosos —manzanas, peras, algo de uvas— y sirvió un vaso grande de jugo de calabaza. Todo lo colocó en una bandeja de madera. El sonido del cuchillo al golpear la tabla, el crujido del pan al romperse, el aroma dulce que empezaba a subir... todo parecía más nítido esa mañana. Como si la calma de la nieve le diera forma a cada gesto cotidiano. El pequeño fuego de la cocina soltaba un calor agradable, y la luz que entraba por el tragaluz pintaba la mesa de trabajo con una claridad blanca y suave.

El tragaluz del pasillo dejaba entrar una claridad pálida. Desde allí, el cielo se veía blanco, cubierto por una neblina que anunciaba más nieve. Hogwarts parecía suspendido en una burbuja de tiempo: callado, inmóvil, perfecto. El tipo de día que uno recuerda sin saber por qué, solo porque sí. Afuera, los tejados se veían cubiertos por una capa limpia y silenciosa, y las ramas desnudas de los árboles parecían trazos oscuros sobre un fondo de nieve.

Cuando regresó con la bandeja en las manos, la habitación seguía tibia y tranquila. James se había sentado en la cama, con los ojos entrecerrados y el cabello más alborotado aún. Bostezaba con pereza, como si no tuviera prisa por volver al mundo real. La manta se le había deslizado a la cintura, y tenía esa expresión medio dormida que siempre conseguía enternecerla un poco más de lo normal.

—¿Me cambiaste por pan? —preguntó, con la voz ronca de sueño.

—Y por jugo de calabaza —respondió ella, apoyando la bandeja sobre la mesita—. No me juzgues. No lo podía evitar.

—¿Es otro antojo o solo codicia?

—Mitad y mitad —dijo, encogiéndose de hombros mientras se metía de nuevo bajo la manta.

James le sonrió, alargando la mano para tirar suavemente de la manga del suéter que le quedaba enorme.

—Ven aquí.

Ella se dejó llevar, riendo por lo bajo. Se acomodó en su regazo con naturalidad, apoyando la cabeza en su pecho, mientras él tomaba un trozo de pan y lo examinaba como si estuviera por participar en una cata importante.

—¿Sabes qué quiero hacer hoy? —preguntó Bella, con voz tranquila, los ojos fijos en las brasas que seguían latiendo al fondo de la chimenea.

—Si me dices que tiene que ver con más comida...

—No —rió ella—. Quiero salir.

James bajó el pan, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Salir? ¿A dónde?

—Al jardín. A caminar. Quiero pisar la nieve. Sentirla. Ver cómo se ve todo con este blanco encima.

James ladeó la cabeza, mirándola con curiosidad.

—¿No hace demasiado frío?

—Sí —dijo ella—. Pero también es uno de esos días en los que el mundo parece nuevo. Quiero recordar este invierno. Quiero que nuestro bebé también lo sienta, de alguna forma.

Él no dijo nada por un momento. Solo la miró. Y luego asintió, acariciándole la espalda por encima del suéter.

—Entonces salgamos a pisar nieve.

Una hora después, caminaban por los jardines cubiertos de nieve, donde cada rincón del castillo parecía transformado en un recuerdo quieto. Las torres parecían aún más altas bajo el cielo blanco, y las ramas desnudas de los árboles cargaban copos que se derretían lentamente, dejando caer gotas que sonaban como susurros. Los arbustos estaban cubiertos de una capa fina y brillante, y los bancos de piedra apenas asomaban bajo la nieve acumulada. Todo tenía ese aspecto limpio y silencioso que vuelve al mundo casi irreal.




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