Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 26

La nieve seguía cayendo con pereza fuera del castillo, cubriendo los techos con un manto que crujía bajo cada paso. Era uno de esos días en los que Hogwarts parecía una postal invernal: ventanales empañados, bufandas olvidadas junto a las chimeneas, y olor a galletas recién horneadas flotando en el aire. El cielo, de un blanco grisáceo, parecía tan bajo que daba la sensación de que podía apoyarse sobre las torres más altas, y el frío se colaba por los rincones con esa delicadeza engañosa que al principio parece soportable y luego termina adormeciéndolo todo.

Bella se ajustó el abrigo mientras caminaba despacio por el pasillo del séptimo piso, la mano de James entrelazada con la suya. Sentía el peso del embarazo con más intensidad cada día —la barriga ya era imposible de ignorar, sus movimientos más torpes, y los antojos... cada vez más insólitos—, pero no se quejaba. No cuando cada caricia, cada mirada, cada palabra de James estaba teñida de una ternura nueva. El abrigo le rozaba las piernas al caminar, y las botas pesaban un poco más sobre el suelo de piedra, como si el invierno le recordara a cada paso que su cuerpo estaba cambiando.

—¿Estás segura de que te apetece salir de la Sala Común? —preguntó él, mirándola de reojo mientras avanzaban por el corredor, donde las antorchas reflejaban una luz cálida sobre la piedra fría.

—Estoy embarazada, no en la prisión de Azkaban —respondió Bella con una sonrisa—. Además... me dijiste que tenías una sorpresa. ¿Y desde cuándo me niego a una sorpresa tuya?

—Eso fue antes de que tus antojos incluyeran sardinas con mermelada.

—¡Y estaba delicioso!

James fingió una arcada, y ella le dio un codazo suave.

—Cobarde.

Cuando llegaron a la entrada de la Sala Común de Gryffindor, justo frente al retrato de la Dama Gorda, James se detuvo un segundo. La luz dorada de las antorchas oscilaba sobre los muros de piedra, y desde el interior se oían risas apagadas y pasos inquietos, sonidos amortiguados por la madera gruesa del retrato. Bella frunció el ceño, pero no dijo nada. James apretó suavemente su mano.

—Solo prométeme una cosa antes de entrar...

Ella ladeó la cabeza, con la curiosidad brillando en los ojos.

—¿Qué cosa?

—Que no vas a llorar.

—¿Qué? ¿Por qué lloraría?

Él la miró con una mezcla de ternura y resignación.

Florissa... lloraste porque el pan se rompió antes de poder untarle mantequilla.

Bella se cruzó de brazos, fingiendo indignación, aunque la sonrisa ya le bailaba en las comisuras de los labios.

—Fue un momento difícil, ¿vale?

—Lo sé —susurró James con una dulzura que la derritió—. Y estuve ahí contigo, lo recuerdo. Ahora... entra.

Bella apenas tuvo tiempo de respirar antes de que la Sala Común estallara en un grito unánime:

—¡SORPRESA!

Un respingo le sacudió los hombros, pero la sonrisa se le escapó antes de poder frenarla. La sala brillaba con una calidez festiva: guirnaldas doradas flotaban bajo el techo abovedado, entrelazadas con pequeñas luces que parpadeaban como estrellas vivas, cambiando suavemente de color. Había cintas colgando de las vigas, algunas con diminutos leones de papel que rugían suavemente cada cierto tiempo, como si quisieran sumarse a la celebración. El fuego en la chimenea estaba más alto de lo habitual, y lanzaba chispas naranjas y rojizas que parecían bailar al ritmo del murmullo alegre de la habitación.

Sobre la repisa de la chimenea, un cartel encantado parpadeaba con letras doradas que se ondulaban como si flotaran sobre el fuego: “Falta poquito, pequeñín Potter”.

Y en el centro de la sala, como la joya de una mesa festiva, se alzaba una tarta enorme con forma de caldero humeante, burbujeando con lo que claramente no era nata convencional. A su alrededor, montones de dulces de Honeydukes, bandejas de galletas de jengibre con gorros de Gryffindor, chocolates en forma de biberones, y una fuente de ponche humeante que olía a canela y naranja. El aire entero estaba impregnado de azúcar, especias y chocolate, como si hasta las paredes se hubieran impregnado del motivo de la fiesta.

Bella se quedó congelada por un segundo. Una mezcla de sorpresa, emoción y risa le subió a la garganta como una ola tibia.

—¿Qué... es todo esto?

Sirius fue el primero en aparecer, cómo no, con una copa en la mano, una flor en el bolsillo y una sonrisa de quien claramente venía de una cita con su propio reflejo.

—Fiesta de pre-bebé, por supuesto. ¿Pensaste que íbamos a dejar pasar la oportunidad de celebrar que vas a traer al mundo al heredero más poderoso del siglo?

—No sé si será el más poderoso, pero sí el más cabezón —bromeó Peter entre carcajadas, justo antes de que Lily le diera un golpecito en el brazo con una ceja alzada.

Lily se acercó a Bella con esa sonrisa cálida que parecía suavizar todo a su alrededor.

—Estás preciosa, Bella. En serio, se te ve radiante. ¿Cómo te sientes?

Bella asintió, aún algo abrumada mientras se llevaba una mano al vientre.

—Bien... o bueno, lo que se considera “bien” cuando sudas solo por intentar atarte los zapatos, roncas como un hipogrifo y lloras porque se te cae una galleta al suelo. Honestamente, si me pintan de dorado y me sueltan en un campo de Quidditch, más de uno va a intentar atraparme pensando que soy una Snitch. Así estoy.

Todos rieron, incluso el retrato de un mago anciano que dormitaba sobre la pared junto a la chimenea soltó un sonoro “¡hmpf!” entre sueños.

—Normal. Estás cargando a un futuro Merodeador —añadió Remus con una sonrisa tranquila, mientras le tendía una taza humeante de chocolate espeso, coronado con nubes de nata—. Aunque con suerte, saldrá más tranquilo que sus padres... o al menos que Sirius.

—¡Eh! —se quejó Sirius—. Yo aporto caos elegante. No se puede heredar algo tan fino así como así.




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