Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 27

⚠️ALERTA⚠️

Este capítulo contiene una escena de contenido explícito, escrita desde el amor, la ternura... y un poquito de lujuria.

Si no te gusta este tipo de contenido, puedes saltártelo. Tú decides.

Pero si decides seguir leyendo es bajo tu responsabilidad.

No te hagas, estabas esperando este capítulo tanto como yo 😌🔥

Deslízate sin miedo, aquí se respira fuego y se siente con el alma.

Ahora sí... disfruta del caos hermoso que es amar con el cuerpo y el corazón. 💋

La noche había caído sobre Hogwarts como una manta espesa y silenciosa. Afuera, la nieve seguía descendiendo en copos lentos, cubriendo cada piedra, cada rama, cada rincón del castillo con una quietud casi sagrada. El cielo, despejado y oscuro, estaba salpicado de estrellas tan nítidas que parecía que el universo entero contenía el aliento, como si esperara... algo. Un susurro. Un milagro.

El frío del exterior no llegaba a entrar del todo, pero se sentía en el aire, en esa ligera frescura que rozaba la piel y obligaba a buscar instintivamente el calor de las mantas. Desde la ventana, el mundo parecía detenido, cubierto por un blanco que absorbía cualquier sonido, como si incluso el tiempo se moviera más despacio.

Dentro de la torre, el fuego seguía vivo. Crepitaba con suavidad, arrojando reflejos anaranjados sobre los muros de piedra y proyectando sombras danzantes que se estiraban y encogían al ritmo del calor. A ratos, alguna chispa saltaba, y durante un segundo el aire parecía vibrar antes de volver a la calma. El calor no era constante, llegaba en oleadas suaves, envolviendo la habitación con una calidez irregular pero reconfortante.

La habitación olía a leña, a lavanda y a esa mezcla inconfundible de magia y hogar. El aroma se quedaba suspendido en el aire, denso pero agradable, mezclándose con el calor hasta volverse casi tangible.

Y Bella... no podía dormir.

Estaba inquieta.

Se había dado vueltas mil veces en la cama. Primero de lado, luego boca arriba, luego de lado otra vez. Se arropaba, se descubría, apilaba las almohadas y las volvía a mover como si estuviera construyendo una fortaleza de tela en busca de refugio. Pero nada funcionaba.

Las sábanas conservaban el calor, pero a ratos le resultaban demasiado pesadas, como si la abrazaran más de lo que necesitaba. Otras veces, un pequeño espacio dejaba pasar el aire frío y le recorría la piel con un escalofrío leve, obligándola a encogerse de nuevo. Era una lucha constante entre el calor y el frío, entre quedarse quieta o moverse sin encontrar nunca el punto exacto.

Ninguna postura lograba calmar ese leve temblor interno. Su cuerpo se sentía como un volcán, no por el dolor, sino por algo más profundo. Algo que empezaba en la piel, pero que se deslizaba por su sangre como un suspiro contenido, como una verdad que no sabía cómo nombrar.

El embarazo la había dejado especialmente sensible esa noche. El bebé no se movía, pero su presencia era más evidente que nunca. No solo por el peso físico, sino por esa energía nueva, palpitante, que llenaba el aire. Como si los latidos de su corazón se hubieran duplicado, compartiendo ahora el ritmo de otro corazón diminuto que crecía dentro de ella.

El aire parecía más denso, más lleno, como si cada respiración tuviera más peso, más significado. Todo en ella estaba más despierto.

Pero no era solo eso.

Era él.

Era James.

Cada vez que cerraba los ojos, lo sentía. Su respiración profunda a su lado, constante, marcando un ritmo que poco a poco se le metía bajo la piel. El colchón cedía ligeramente hacia su lado, recordándole su cercanía incluso sin tocarlo. Su calor… siempre ahí, extendiéndose lo justo.

Su aroma inconfundible —esa mezcla de invierno, pergamino y algo que solo podía describirse como hogar— llenaba el espacio entre ellos.

James dormía, ajeno a su insomnio, con el rostro sereno, como si nada en el mundo pudiera perturbarlo mientras ella estuviera cerca.

Y, sin embargo, era precisamente esa paz lo que le apretaba el pecho.

Bella se giró una vez más, despacio, como si no quisiera despertarlo, y lo miró.

La luz del fuego dibujaba su rostro a medias, dejando zonas en sombra y otras bañadas por un resplandor cálido. Su respiración era tranquila, profunda, y por un momento, verlo así le pareció casi irreal.

¿Cómo podía alguien como él amarla así?

Con cada gesto. Cada palabra. Cada promesa que no necesitaba decir, pero que se quedaba flotando en el aire, grabada en los silencios.

Ella lo había soñado toda su vida. Literalmente. Y ahora estaba ahí. Dormido a su lado. Esperando un hijo con ella. Sonriendo como si el mundo no estuviera lleno de incertidumbre.

Y en esa oscuridad templada por el fuego, Bella sintió que las lágrimas volvían a llenarle los ojos. No por tristeza, ni siquiera por alegría desbordada, sino por algo más profundo: la certeza de haber encontrado exactamente lo que siempre había estado buscando.

James se movió levemente, como si su alma la hubiera escuchado. Sus dedos, aún dormidos, buscaron los de ella bajo las sábanas, y se entrelazaron sin esfuerzo.

Bella sonrió.

Y algo dentro de ella se calmó.

No sabía si mañana vendría con respuestas, miedos nuevos o más preguntas. Pero en ese momento, bajo ese cielo inmenso, con la nieve en las ventanas y el fuego dibujando sombras sobre la piedra...

Estaba en casa.




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