
La tarde caía lentamente sobre Hogwarts, tiñendo el cielo de tonos anaranjados que se colaban por los ventanales altos del ala este como pinceladas vivas. La luz cálida se filtraba entre los cortinajes granate, derramándose sobre las piedras antiguas del suelo y envolviendo todo con una quietud casi mágica. El polvo suspendido en el aire brillaba suavemente al atravesar los rayos de sol, como si pequeñas partículas doradas flotaran sin prisa. En la chimenea cercana, el fuego crepitaba con suavidad, proyectando destellos dorados que danzaban sobre los muros de piedra y arropaban el ambiente con un calor acogedor que contrastaba con el frío que, aun así, se insinuaba en las ventanas.
Sobre una manta gruesa, extendida frente al hogar encendido, Bella se recostaba contra el pecho de James, dejando que su respiración pausada marcara el ritmo de ese instante suspendido. Las piernas de ella reposaban sobre las de él, enredadas con familiaridad, mientras una de sus manos descansaba sobre el vientre redondeado que albergaba su universo entero. James tenía el brazo rodeándola, sus dedos dibujando con calma pequeños círculos sobre su piel, como si su única misión fuera recordarle que estaba ahí, que no pensaba soltarla nunca.
El sonido del fuego llenaba los silencios sin incomodarlos. Era un sonido vivo, constante, casi hipnótico. A lo lejos, en algún punto del castillo, se escuchaban pasos apagados y el eco lejano de una puerta cerrándose, pero allí, en ese rincón, el mundo parecía reducido a ellos dos.
Estaban solos. Por fin.
Sirius había prometido no irrumpir por al menos una hora. Lo dijo como si le costara la vida, dramático como siempre, llevándose una mano al pecho con exageración mientras murmuraba algo sobre estar cometiendo un sacrificio histórico. Lily solo se rio, negando con la cabeza, y lo arrastró fuera antes de que pudiera cambiar de opinión.
—¿Sabes en qué pensaba? —murmuró James, acariciándole el brazo con los dedos, distraído, su voz apenas un susurro entre el crepitar del fuego—. Que pronto seremos tres. Y todavía no sabemos si es niño o niña.
La brisa suave que se colaba por las rendijas de la ventana jugaba con las cortinas, meciéndolas con pereza. El aire tenía ese olor a invierno que se cuela incluso en los lugares más cálidos, mezclado con el aroma de la leña y la tela de la manta.
Bella, con el rostro apoyado en su pecho, sonrió con calma, envuelta en esa luz naranja que lo hacía todo parecer irreal y perfecto.
—Es verdad. Pero... no sé, siento que ya lo conozco. O la conozco. Es como si ya estuviera aquí con nosotros —dijo ella, dejando que la punta de sus dedos dibujara círculos lentos sobre su vientre.
—Sea quien sea —susurró James, rozándole la sien con los labios—, va a ser increíble. Porque va a tener algo tuyo.
—Y tuyo también —dijo ella, mirando el fuego como si en sus llamas pudiera ver el futuro—. Aunque espero que no herede tu sentido para nombrar mascotas.
James fingió indignación, separándose apenas para mirarla.
—¡Ey! “Golpeador” era un buen nombre para una lechuza. Fuerte. Memorable...
—Traumático —lo interrumpió ella con una risa suave, que se deshizo como miel en el aire.
James rió también, esa risa baja y contagiosa que vibraba en su pecho y que Bella sentía directamente bajo la mejilla. Su mano bajó instintivamente hasta el vientre justo cuando sintió un pequeño movimiento bajo la piel cálida.
—¿Otra vez? —preguntó, sus ojos brillando con asombro y ternura.
—Sí... está muy activo hoy. Como si supiera que por fin tenemos un momento de calma.
La barriga se movió otra vez, apenas un empujoncito, pero con decisión. James abrió los ojos con una mezcla de asombro y emoción que lo dejó completamente inmóvil por un segundo.
—Ya está reclamando atención —bromeó—. Sin duda es tu hijo.
—¿Perdona? ¿Y esa melena tuya no cuenta?
James ladeó la cabeza, con una sonrisa traviesa.
—Va a tener el doble de carácter si saca lo mejor de los dos.
Bella se echó a reír, y luego soltó un suspiro largo, casi dulce, mientras se acomodaba más contra él. El calor de la chimenea les acariciaba los pies, y el contraste con el aire más fresco que se colaba por la ventana hacía que cada sensación se volviera más intensa.
James se quedó en silencio, con la mano apoyada sobre el vientre como si sostuviera una joya frágil, como si al dejar de tocarla todo pudiera desvanecerse.
—¿Sabes que ya estamos en el séptimo mes? —dijo Bella, de pronto, con la voz algo baja—. Solo faltan dos.
James giró un poco para mirarla. No como quien observa, sino como quien memoriza. Sus ojos se detuvieron en cada detalle: el brillo en sus pestañas, la forma en que respiraba, la calidez que parecía envolverla.
—No me entra en la cabeza que ya estemos tan cerca... Y tú... no sé cómo haces. Has llevado todo esto con una fuerza...
Bella bajó la mirada apenas un poco, tragando con cuidado.
—No creas. No siempre me siento fuerte. Me duele todo. Lloro si se me antoja algo y no hay. A veces ni me reconozco cuando me miro... Pero tú estás ahí. Sin pedir explicaciones. Y eso me sostiene.
James la abrazó más fuerte, envolviéndola como si pudiera protegerla del mundo entero. Le besó la frente con una ternura lenta, consciente, como si ese gesto fuera un refugio en sí mismo.
En ese instante, la puerta se abrió con suavidad, dejando entrar una corriente de aire tibio que agitó las cortinas con delicadeza. Madame Pomfrey asomó la cabeza, sus ojos atentos, aunque suavizados al ver la escena.
—¿Interrumpo?
—Para nada —dijo Bella, sonriendo desde su rincón cálido.
—A menos que nos prohíbas el chocolate —añadió James.
Pomfrey entró con su bandeja flotante, los frascos alineados con precisión mágica. El leve tintineo del cristal al acomodarse en el aire rompía el silencio de forma agradable.