Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 29

La habitación estaba envuelta en un silencio profundo, casi reverente. Solo el sonido del fuego chisporroteando en la chimenea llenaba el aire con su ritmo pausado, como un corazón latiendo a lo lejos. Fuera, la lluvia golpeaba los cristales con una cadencia suave, constante, como si el mundo entero murmurara en voz baja para no perturbar la paz que reinaba dentro. A veces, una ráfaga más intensa hacía vibrar levemente los ventanales, y el agua resbalaba en hilos irregulares, dibujando caminos que desaparecían en la oscuridad.

Hogwarts dormía. Y Bella también.

Estaba recostada de lado sobre el colchón mullido, envuelta en una manta gruesa que la cubría hasta los hombros. El tejido, ligeramente áspero pero cálido, parecía abrazarla tanto como el propio silencio de la habitación. El rostro, suavemente girado hacia la luz temblorosa del fuego, parecía aún más sereno bajo su resplandor dorado. Su respiración era lenta y profunda, como si el peso del día se hubiera disuelto por completo, entregándola al descanso. Una de sus manos, relajada, descansaba sobre su vientre redondeado, como si incluso en sueños supiera proteger la vida que crecía dentro de ella.

James, sentado a su lado, la observaba en silencio.

No con ansiedad ni impaciencia, sino con esa clase de quietud que solo nace del amor más hondo. La contemplaba como quien observa algo sagrado. Porque había algo sagrado en verla así. Serena. Completa. En paz.

Era tan distinta a la chica confundida que había llegado a su vida desde un mundo que él aún apenas comprendía. Y, sin embargo, tan ella. Con esa dulzura inesperada, con ese brillo que no venía de la magia, sino de algo más antiguo. Más profundo. Como si su alma, aunque nueva allí, encajara sin esfuerzo con cada rincón de aquel castillo. Como si ese lugar —como él— siempre la hubiese estado esperando.

La luz del fuego pintaba destellos suaves sobre su piel, proyectando sombras doradas que se deslizaban por su cuello y acariciaban los rizos que caían sobre la almohada. Cada vez que la llama parpadeaba, su silueta parecía moverse con ella, como si el tiempo se hubiera rendido por completo a su presencia.

James estiró una mano y le apartó un mechón que le caía sobre la mejilla. Lo hizo despacio, sin apuro. Con esa ternura que no se aprende, que no se busca. Que simplemente está. Como si sus dedos recordaran el camino incluso antes de tocarla.

Se inclinó un poco, y con infinita suavidad apoyó la mano sobre su vientre. El calor que sintió fue inmediato, cálido y sereno. El bebé no se movía. Dormía, como su madre. Pero James sabía que estaba ahí. Escuchando. Viviendo.

Su pulgar trazó un pequeño círculo sobre la tela, lento, constante, casi hipnótico. Como si quisiera decirle algo sin palabras. Una promesa, quizá. O un simple “estoy aquí”.

—Hola, peque —murmuró James, con una sonrisa leve mientras la luz del fuego parpadeaba en sus ojos—. No sé si estás despierto ahí dentro... pero tenía ganas de hablar contigo un rato. Solo tú y yo.

La panza no se movió. Pero no necesitaba respuesta. El silencio también hablaba.

—Solo quería decirte que te estamos esperando. Sin prisas, ¿eh? Tómate tu tiempo. Pero... estamos aquí. Y, mira, no sé exactamente cómo va a ser todo cuando llegues, ni si lo haré perfecto. Solo sé que te quiero ya. Mucho. Igual que a tu madre.

Sus dedos rozaron con suavidad la curva cálida del vientre, como si acariciara algo que aún no podía ver pero que ya formaba parte de todo.

—Ella es increíble, ¿sabes? A veces no se da cuenta. Cree que no puede con todo esto... pero yo la veo. La veo cada día, y juro que eres lo mejor que podríamos haber creado juntos.

James se detuvo. La garganta le ardía. El fuego seguía crepitando al fondo, lanzando destellos que bailaban sobre las paredes de piedra, pero su mundo se había reducido a ese momento.

—Cuando nazcas, prometo estar ahí. No importa si es de noche, si hace frío, si estás asustado. Siempre. Porque no eres solo un bebé. Eres parte de lo que más amo. Eres tú. Y eres ella. Y con eso ya lo tienes todo.

Entonces, la panza se movió.

Leve.

Un empujoncito apenas perceptible, pero suficiente para hacerle contener el aliento.

Una sonrisa se le escapó, temblorosa, y se inclinó hasta apoyar la frente sobre la curva del vientre, cerrando los ojos como si necesitara quedarse ahí un segundo más.

—Gracias por quedarte, por pelear, por moverte cuando ella lo necesita. Y gracias por elegirnos. No sé cómo lo hiciste, pero... gracias.

La lluvia seguía golpeando los cristales con su ritmo pausado, constante, como una canción que nunca terminaba. Y dentro, el calor de la chimenea envolvía cada rincón, como si protegiera ese instante.

El vientre volvió a moverse.

Más lento.

Más tierno.

Como una respuesta.

—¿Sabes? —susurró James—. Al principio no sabía cómo conectar contigo. No te imaginaba. Era raro. Pero ahora... ahora es distinto. Ahora pienso en ti todo el tiempo. Me pregunto si vas a reír como ella. O si vas a tener mis ojos. O esa forma de arrugar la nariz cuando se enfada. Te prometo que vamos a enseñarte muchas cosas. Y a dejarte equivocarte. Y a no soltarte nunca, ni cuando creas que no nos necesitas.

Volvió a acariciar la piel tensada con los nudillos, con cuidado, y luego se inclinó a dejar un beso lento, cargado de emoción.

—Y si algún día te sientes perdido... solo recuerda esto: ya eras querido antes de llegar.

El vientre se movió otra vez.

James dejó escapar una pequeña risa, suave, casi incrédula.

—Ah, ¿te da risa eso?

Apoyó la cabeza junto al vientre y se quedó allí. Sin decir nada más. Escuchando. Sintiendo. Dejándose envolver por ese calor que venía de ella, de él, de lo que estaban formando juntos. La respiración tranquila de Bella a su lado, el murmullo de la lluvia, el fuego que seguía ardiendo... todo parecía estar exactamente donde debía.




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