Destinos Cruzados - James potter [terminada]

Capítulo 30

La noche había caído sin ruido, envolviendo Hogwarts en una quietud densa, casi reverente, como si el castillo supiera que algo estaba por suceder. Las antorchas parpadeaban débilmente en los pasillos de piedra, lanzando sombras vacilantes sobre los tapices antiguos, cuyas figuras bordadas parecían observar en silencio desde la penumbra. Fuera, la lluvia seguía cayendo con constancia, golpeando los ventanales con una cadencia casi hipnótica, como un tambor lejano marcando el compás de lo inevitable. El cielo, completamente cubierto, era una masa oscura y cerrada, sin estrellas, sin luna, como si toda la noche estuviera contenida sobre el castillo. Pero en una de las habitaciones del ala este, el tiempo había comenzado a moverse distinto. Más lento. Más real.

Bella despertó con un dolor sordo, profundo, que le cruzó la parte baja del vientre como una ola inesperada, cortando el sueño en dos. Un escalofrío le recorrió la espalda. Parpadeó varias veces, desorientada, con la respiración cambiando de ritmo antes incluso de entender qué ocurría. La habitación estaba sumida en una penumbra cálida: el fuego seguía vivo en la chimenea, lanzando un resplandor anaranjado que temblaba sobre la piedra y le daba al cuarto un aire íntimo, casi suspendido. Una mano se apoyó sobre su vientre —ahora tenso, más pesado que nunca— mientras la otra buscó a tientas el calor de James a su lado, como quien se aferra a un faro en medio de la tormenta.

—James —susurró, apenas un hilo de voz quebrada.

Él estaba allí, profundamente dormido, con el cabello alborotado y una manta a medio caer sobre el torso. Pero su cuerpo reaccionó al instante. Abrió los ojos, desorientado por menos de un segundo, y luego el sonido de su nombre, pronunciado con ese temblor, lo encendió por completo. Se incorporó de golpe, el pecho agitado antes incluso de entender lo que estaba pasando.

—¿Qué pasa? ¿Cariño, estás bien?

Bella intentó responder, pero otro espasmo la dobló hacia adelante, esta vez más fuerte, más claro. Su cuerpo se tensó de forma involuntaria, los labios se le fruncieron en una mueca de dolor que buscaba no asustarlo, pero no pudo evitar soltar un gemido contenido, húmedo de miedo y certeza.

—Creo... creo que está empezando —murmuró, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Duele. Pero no como antes.

James no necesitó más. Se levantó con rapidez, descalzo, en pijama, la manta cayendo al suelo sin que se diera cuenta. Cruzó la habitación en dos zancadas, abrió la puerta y llamó por Madame Pomfrey. No fue un grito, pero tenía la urgencia de quien clama sin pudor, de quien ya no sabe contener el temblor en la voz. Su llamada se perdió por el pasillo oscuro, mezclándose con el eco lejano de la lluvia. Luego volvió a su lado, casi arrodillándose de golpe, con las rodillas contra la alfombra y las manos sobre las de ella, temblorosas, firmes.

—Todo está bien —decía una y otra vez, como un conjuro, con los ojos clavados en los de ella—. Estoy aquí, amor, estoy contigo. Lo vamos a hacer juntos, ¿sí?

Bella asintió. No podía hablar, solo respirar, solo asentir. Sus labios estaban apretados en un gesto de resistencia silenciosa, y su frente comenzaba a perlarse de sudor a pesar del aire fresco que entraba por las rendijas del ventanal. El dolor iba y venía con una lógica propia, ajena a ella, como si su cuerpo se hubiera entregado a un lenguaje antiguo que su mente solo podía seguir a medias.

Madame Pomfrey llegó pocos minutos después, con la túnica arrojada sobre el camisón y la varita ya encendida en su mano. Su rostro estaba sereno, pero cargado de esa tensión reverente que solo tienen quienes han presenciado lo extraordinario una y otra vez sin que deje de conmoverlos. Entró deprisa, y el cuarto pareció ordenarse a su alrededor de inmediato: la luz de su varita, el ruido contenido de los cajones abriéndose con magia, el agua calentándose sola en una palangana cercana.

—Bella, cariño —dijo al acercarse, con voz firme y cálida—, necesito que respires profundo. Vas a necesitar toda tu energía, ¿de acuerdo?

Bella asintió débilmente, su rostro perlado en sudor, los labios temblorosos. Sus ojos buscaron a James con urgencia, como si en su mirada pudiera encontrar una respuesta más precisa que la del mundo entero.

—¿Es ahora? —preguntó, su voz un susurro apenas audible.

—Está empezando —confirmó Pomfrey con calma—. El trabajo de parto puede durar horas, incluso todo el día. Pero estás en buenas manos. En las mejores.

James no soltó su mano. La sujetaba como quien sostiene un conjuro, con los dedos entrelazados, con besos cortos, con murmullos suaves entre contracción y contracción. En los momentos más leves, Bella se permitía cerrar los ojos, suspirar, rendirse un segundo al agotamiento. Pero cuando el dolor arremetía fuerte, cuando todo su cuerpo se arqueaba y temblaba, era James quien sostenía el mundo para que no se deshiciera.

—Estás haciéndolo perfecto, mi amor —le susurraba al oído—. Tan valiente... tan hermosa...

Las horas pasaron pesadas, como un sueño del que no se puede despertar. Afuera, la lluvia seguía cayendo con constancia, envolviendo el castillo en un murmullo continuo que parecía no terminar nunca. Dentro de la habitación, la luz tenue de las velas, el crepitar del fuego, los paños húmedos y el suave burbujeo del agua caliente creaban una atmósfera suspendida en el tiempo. Pomfrey se movía con precisión y cuidado, murmurando hechizos que aliviaban el dolor sin borrar el momento. Cada tanto, revisaba el avance, tomaba su pulso, hablaba en voz baja para no romper el equilibrio frágil del instante.

—¿Cuánto falta? —preguntó Bella con los dientes apretados, apoyando la frente en el pecho desnudo de James, empapada en sudor, agotada.

—Ya casi, querida —respondió Pomfrey, con una sonrisa suave que contenía siglos de consuelo—. Solo un poco más. Puedes hacerlo.




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